LALENGUA

UN MAR DE ABRAZOS

El silencio puede ser elegido como signo de recogimiento, ofrenda o incluso ser adoptado como gesto de sabiduría, pero cuando se es obligado a callar durante tanto tiempo, incluso con todo el cuerpo, la toma de la palabra produce un acto político. Norma y Pamela, dos generaciones de mujeres, relatan sus historias de amor, y cómo fue romper el silencio a besos, caricias y abrazos desde aquella fría madrugada de invierno, diez años atrás, en que se sancionó la ley de matrimonio igualitario.

 

Por:  Juan Funes y Marcos Príncipi  |  Foto de portada: Sofía Solari Arena  | Fotos: gentileza de Pamela, Mariana y Norma.

Pasadas las cuatro de la mañana del 15 de julio de 2010 la temperatura en Buenos Aires franqueaba los tres grados. Dentro del Congreso Nacional, los senadores y senadores se acomodan en sus bancas para la votación final de la Ley de Matrimonio Igualitario, después de más de catorce horas de sesión; afuera, bajo un cielo helado, una multitud esperaba volver a sus hogares con un nuevo derecho conquistado. Norma Castillo y Pamela Visciarelli   no sintieron el frío de esa madrugada: “Estuvimos desde la tarde hasta las seis de la mañana que nos fuimos a la casa y la verdad que no sentimos el frío”, contó a Lalengua Norma, que entonces tenía 68 años y estaba acompañada por su esposa Ramona “Cachita” Arévalo. Unos meses antes, el 10 de abril, después de un engorroso proceso legal, la jueza Elena Liberatori las había declarado “mujer y mujer”, y se habían convertido así en la primer pareja de lesbianas en casarse en Argentina.
Esa madrugada fue la voz metálica de los altoparlantes la que anunció el resultado de la votación en el Senado: 33 votos a favor, 27 en contra, tres abstenciones y nueve ausentes. Pamela tenía 21 años y había ido sola a la Plaza del Congreso: “El frío que hacía no se sintió porque la gente se abrazaba, se besaba. Nos acabábamos de convertir en un país pionero en igualdad de derechos. Estaba muy emocionada, se me caían las lágrimas. Más allá de no tener a nadie al lado para abrazar, era una causa de todos y todas. Nos mirábamos unos a los otros y no lo podíamos creer. Explotó la plaza en un solo salto, en un solo grito que era ¡Igualdad! ¡Igualdad!”. Lo que no se imaginaba Pamela es que unos meses más tarde conocería a Mariana Blanco y, gracias a esa ley, el 18 de noviembre del año siguiente iban a casarse.
La historia de los dos matrimonios, de distintas generaciones de mujeres, no es otra cosa que dos historias de amor y de lucha colectiva.

“Estuvimos desde la tarde hasta las seis de la mañana que nos fuimos a la casa y la verdad que no sentimos el frío”,

Norma Castillo

“El frío que hacía no se sintió porque la gente se abrazaba, se besaba. Nos acabábamos de convertir en un país pionero en igualdad de derechos. Estaba muy emocionada, se me caían las lágrimas. "Más allá de no tener a nadie al lado para abrazar, era una causa de todos y todas. Nos mirábamos unos a los otros y no lo podíamos creer. Explotó la plaza en un solo salto, en un solo grito que era ¡Igualdad! ¡Igualdad!"

Pamela Visciarelli

Norma y Cachita

“Cuando dieron el resultado… qué te puedo explicar. Estaba la Plaza Congreso llena, y fue un salto unánime, un mar de abrazos. Yo tenía un gorro de piel que lo perdí en el festejo y jamás lo volví a ver. Era algo realmente maravilloso. Los jóvenes explotaron de alegría porque les quedaba todo por delante para vivir como corresponde. Y nosotras porque nos acordábamos de todos los que murieron sin poder decir ‘estoy enamorado’”. Treinta años habían sido pareja Norma y Cachita antes de poder casarse. Sus vidas estuvieron marcadas por el silencio y la discreción, por vivir en una sociedad en la que no podían mostrarse juntas y amarse sin reparos.

El día de la sanción de la ley Norma y Cachita sintieron que se apaciguaba un poco un ardor que desde hace años sentían debajo de la piel. “Calmaba un poquito del dolor que a mí me dura hasta el día de hoy, de la historia de un chico en Colombia”, recordó Norma. Para llegar a esa historia es preciso reponer algunos acontecimientos. Norma y Cachita se conocieron en Colombia en 1977, porque sus esposos eran primos. Pablo – ex esposo de Cachita – y Julio – de Norma – eran colombianos, pero a principios de la década del setenta vivían en Argentina y en Uruguay. Norma se fue exiliada al poco tiempo de iniciada la última dictadura, después de varios años de militancia en La Plata. Cuando llegó a Pivijay, un pueblo de la región del Caribe, Cachita ya estaba instalada allí, desde el año ‘71, luego de dejar su Montevideo natal. Las unió inmediatamente una amistad férrea, y con el tiempo Norma empezó a estar secretamente enamorada de Cachita. Ninguna de las dos había tenido una experiencia lésbica antes. Pasaron dos años hasta que una noche de fiesta en el pueblo el ron le dio a Norma el empujón que necesitaba: estaban solas en el asiento de atrás del auto, esperando a sus maridos que se habían quedado por un último trago, cuando se acercó y le mordió con suavidad la oreja. Cachita se quedó paralizada. Al otro día la llamó y le dijo que tenían que charlar. Unos días más tarde pudieron encontrarse a solas y estuvieron juntas por primera vez. 

Vivieron muchos años en Pivijay, una comunidad chica de la que eran tan parte como cualquier nativo. En aquel país católico, su orientación sexual se respetaba siempre y cuando no hubiera sobresaltos. Fue otra noche de fiesta cuando a Norma se le acercó un joven de 18 años, hijo de una de las familias más acaudaladas de la región. Había ido a estudiar a Bogotá, pero cuando sus padres se enteraron que era gay, lo arrastraron de vuelta al pueblo. El joven, alentado por el alcohol, al igual que Norma en aquella noche de audacia, se acercó sin poder esconder su dolor para pedirles ayuda, para preguntarles cómo podía hacer para vivir tranquilo y fiel a su deseo. Norma recuerda con claridad lo que le respondió: “no eres distinto a ninguna persona. Ahora te pasas la fiesta, te tomas tu agua de panela para pasar el guayabo -resaca- y te vas a mi casa así hablamos, para enseñarte, para decirte que tienes que quedarte tranquilo y tratar de luchar”. Pero al otro día el joven no golpeó la puerta de Norma. Lo encontraron frente a la casa de sus padres, muerto. Se había suicidado.

Norma y Cachita con su perro.

En 1998 la pareja decidió volver a Argentina. La vuelta fue acompañada con la militancia por los derechos de las persona LGBT, en una lucha que les permitió casarse el 9 de abril de 2010, días antes de que la Cámara de Diputados empezara a tratar lo que aún era un proyecto de ley. El proceso judicial fue arduo, con los abogados antiderechos impugnando cada fallo a favor de la pareja, hasta que la jueza Liberatori tuvo la última palabra. “La verdad es que podríamos habernos quedado así, sin casarnos, porque ya habíamos hecho nuestra vida y nuestro entorno lo fue aceptando. Lo hicimos por la gente que viene detrás nuestro y por los que quedaron, que tuvieron que esconderse como si fueran delincuentes, como si fueran un enfermo, un incapaz, un aberrante; por todas las palabras que nos decían y que hacían hasta odiarnos a nosotras mismas”, apuntó Norma. Después de una pausa agregó otro motivo: “Nosotras como mujeres viejas lo que quisimos mostrar también fue que los viejos tenemos derechos a seguir enamorados”. Un año antes, en 2009, habían impulsado la inauguración del primer centro de jubilados LGBT en Argentina, de la organización Puerta Abierta, en el barrio de Almagro. 

Cachita murió el 26 de octubre de 2018. El día que habló con Lalengua, Norma había encontrado minutos antes una nota de su esposa, que escribió ya estando enferma: “Lo que hicimos fue por el amor y el coraje, escribió Cachita. Me dice que me ama, que va a tratar de mejorar por mí y por todo lo que hemos hecho. Que el haberme encontrado fue lo más grande que le pasó en la vida. Y que se acordaba de cuando una señora una vez nos dijo: ‘gracias a ustedes se pudo casar mi hija’”.

Pamela y Mariana

Pamela Visciarelli estaba harta la noche del 15 de julio. Había visto por la televisión el debate de la Ley en la Cámara de Diputados del 5 de mayo; se había emocionado con algunas intervenciones, se había indignado con otras; había registrado cómo los medios de comunicación se hacían eco de los argumentos antiderechos de la iglesia, “que repetían que las personas homosexuales íbamos a destruir la familia”; había contemplado absorta cómo un grupo de personas se movilizaba para impedir que los y las homosexuales pudieran casarse. “La movilización en contra me hizo definir: ‘yo tengo que ir a defender mis derechos, yo tengo que salir de donde estoy y contarle a toda esta gente que no le hago mal a nadie eligiendo con quién me quiero casar, que puedo formar una familia y que voy a hacer lo mejor para mis hijas’. Desarmar todo ese relato que venía desde la iglesia, desde los sectores más conservadores, eso fue lo que más me movilizó. Es el día de hoy, diez años después, que sigo día a día tratando de visibilizar que una familia de dos mamás es una familia más”, apuntó.

Pamela vivía sola en Buenos Aires. Había llegado dos años atrás de Arrecifes, su pueblo natal en la provincia de Buenos Aires, para estudiar periodismo deportivo. Salir esa noche de su departamento y tomarse el 64 para ir al Congreso ya implicó para ella una sensación de libertad. “Fue como una salida del closet, por decirlo de alguna manera. Era el lugar en el que quería estar, rodeada de gente que había peleado y militado un montón por los derechos de los homosexuales y la verdad que me sentí totalmente libre”, sostuvo. Después de los festejos se compró un pin con los colores de la bandera del orgullo y volvió a su departamento “con una sonrisa de oreja a oreja pero también con ese miedo de cuando una es más chica y vive en una ciudad tan grande después de venir de un pueblo”. Al otro día, cuando se levantó para ir a la facultad, sintió una felicidad plena: “tenía los mismos derechos que la persona que se estaba tomando el colectivo o el subte conmigo. Teníamos todos los mismos derechos y ahí pensé ‘acá me quiero quedar y acá quiero armar mi familia’”.

 

Pamela y Mariana el día de su casamiento. Esta es la foto que le regalaron a Cristina Fernández.

Mariana atravesó el proceso de manera muy distinta. “Lo viví de lejos, no me involucré. Me hacía muy mal escuchar a la gente que en los noticieros opinaba de nosotros diciendo cualquier cosa. Me daba mucha bronca y angustia que ese mensaje horrible estuviera presente y más me dolía cuando lo escuchaba de los representantes del pueblo”, contó. El día de la votación final no siguió la sesión. Trabajaba de noche en el club Atlanta dando clases de futsal femenino, y recién cuando volvió a su casa se enteró del debate en el Senado. Cuando se aprobó la ley se sintió orgullosa y aliviada, “festejé más por dentro que para afuera”. “Me ayudó a sacarme un montón de mochilas que cargaba. Yo si podía ocultar mi sexualidad, lo hacía, y a partir de ese paso tan grande que dió el país, donde la sociedad se expresó y los diputados y senadores votaron, fue clave. Me sentí, no solo con los mismos derechos que otros sino también más libre”, recordó.

Pamela y Mónica se conocieron en un partido de fútbol, pero separadas por la línea de cal: Pamela como jugadora, en su puesto de arquera, y Mónica como directora técnica. Coincidieron en un mismo equipo más adelante, cuando Pamela atajó en el River que dirigía su esposa. Fue un amor intenso desde el principio. Pamela era la más joven e impulsiva; Mariana, 12 años mayor, más reservada “más directora técnica”, según su esposa que fue quien puso un plazo: si seguían juntas un año más adelante, se casaban. La relación con sus familias no era un detalle menor. En el caso de Pamela, su madre se había dado cuenta de su orientación sexual desde que era chica y la apoyaba. Para Mariana, en cambio, contarle a la madre había desatado un choque, y la echaron de la casa. “Ese proceso, que su familia no la acepte en un principio le costó para el desarrollo de su vida. Cuando nos pusimos de novias ella no me quería dar la mano en la calle, no me quería dar un beso. No se animaba a todo eso que fuimos rompiendo no solo nosotras, sino por el conjunto de derechos que se conquistaron para las minorías”, afirmó Pamela. “Yo no soñaba con casarme”, admitió Mariana, y continuó: “viví mi sexualidad diferente a Pame y eso fue lo que después nos terminó uniendo. Su libertad en cada paso que daba me llevó a soltarme un montón y ahí pude empezar a ver un poco más y a soñar cosas que antes no”.

Se casaron el 18 de noviembre de 2011. Dos años más tarde, la sanción de otra ley les cambió la vida. El 5 de junio de 2013 se aprobó en la Cámara de Diputados la ley de fertilización asistida, que garantiza la igualdad del derecho para tener hijos. La pareja ya había intentado distintos tratamientos pagos que no habían funcionado, hasta que Mariana pudo quedar embarazada con óvulos de Pamela, y el 7 de mayo de 2016 nació su primera hija, Juana, por Juana Azurduy, aunque nació el mismo día que Eva Perón. Guardaron el nombre Eva para la segunda hija, que nació en 2018. “Fue un proyecto de familia atravesado por dos leyes importantísimas”, apuntó Pamela. 

"Yo no soñaba con casarme. Viví mi sexualidad diferente a Pame y eso fue lo que después nos terminó uniendo. Su libertad en cada paso que daba me llevó a soltarme un montón y ahí pude empezar a ver un poco más y a soñar cosas que antes no"

 

Mariana Blanco

Cuando estaban embarazadas de Juana, decidieron ir a ver personalmente a Cristina Fernández para agradecerle por liderar el proyecto político que les permitió formar su familia. “Teníamos el deseo ferviente de que Cristina vea de lo que nosotras habíamos logrado gracias a un proyecto político que nos incluyó. Era nuestro sueño que ella pueda ver lo que se logra cuando hay un proyecto político que iguala y que le da derechos a las minorías”, recordó Pamela. Mariana estaba cansada, con la panza de ocho meses, pero Pamela la convenció de ir hasta el Instituto Patria. No tenían cita para ver a la expresidenta; su recurso no fue otro que el de esperar en la puerta y poder hablar con alguien que entrara al edificio. Ese alguien fue Oscar Parrilli. En pocos minutos, Parrilli consiguió que subieran a ver a Cristina. La ahora vicepresidenta les preguntó cómo se iba a llamar la bebé, “le dijimos que se iba a llamar Juana, y nos contestó: ‘¡que lindo nombre, Juana! Esto es igualdad de derechos para todos y para todas’. Después nos preguntó para cuándo teníamos fecha de parto, nos dio un beso, nos abrazó, y le regalamos nuestra foto que ella después puso en su escritorio. He visto en algunas fotos que han subido que nuestra foto todavía está ahí”, contó Pamela.  

A 10 años de la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario, Pamela y Mariana siguen luchando porque la sociedad alcance culturalmente lo que ya marca la ley. “En 2020 los formularios todavía son obsoletos, necesitamos formularios inclusivos. No quiero que me hagas un formulario que diga ‘nombre de mamá’ y ‘nombre de mamá’, quiero que haya uno que diga ‘nombre de responsable 1’ y ‘nombre de responsable 2’. Hay familias que no tienen ni siquiera mamá y papá. Falta esa vuelta de tuerca”, sostuvo Pamela. Ella no se olvida de aquellas personas que el 15 de julio marcharon en contra de un derecho básico de igualdad, pero espera que ahora, o en el futuro, piensen distinto: “que hayan abierto la cabeza, que les haya crecido el corazón y que hoy puedan entender que las familias se construye desde el amor, que es lo más importante”.