LALENGUA

SER MUJER EN AMAZONÍA

Yusley Kafiana Olaya creció en la comunidad indígena de Wariramba, en la Amazonía colombiana. Su vida está marcada por las tradiciones originarias de la región y el rol de las mujeres en las comunidades. “La mujer indígena es una mujer nueva en el liderazgo, es una mujer que se está retroalimentando de otras mujeres del país”, sostuvo en diálogo con Lalengua. Con 25 años, Yusley impulsó distintos proyectos de protección ambiental, soberanía alimentaria y para la transmisión de los saberes ancestrales de las mujeres indígenas. 

Por: Daniela Suarez Rivera y Maria Paulina Vasquéz Rivera | Fotos: gentileza Yusley Kafiana Olaya 

Tuvieron que arder más de dos millones y medio de hectáreas en 2019 para que el mundo prestara atención a la región de Amazonía. Todas esas miradas trajeron a escena un sujeto históricamente relegado: las poblaciones indígenas. Yusley Kafiana Olaya representa el rostro de algunas jóvenes indígenas que se replantean el mundo que habitan y que, con el ejemplo de fortaleza y resistencia heredado de sus ancestras, transitan largos caminos para agarrarse fuerte de sus raíces. Como explica Yusley en diálogo con Lalengua, las jóvenes mujeres indígenas están ejerciendo diferentes formas de liderazgo según la región. “En otras partes de Colombia las mujeres tienen otra forma de liderar aún más fuerte y tienen su forma más feminista y más activista, en cambio, la mujer indígena es nueva en el liderazgo, es una mujer que está aprendiendo, que se está retroalimentando de otras mujeres del país y que está recogiendo información y enriqueciendo sus conocimientos para aplicarlos en sus territorios indígenas y liderar. Eso es como tal el liderazgo en la mujer indígena”, apunta la joven de la etnia Kurripaca del departamento del Vaupés, Colombia.

Aunque los ojos del mundo se posaron el año pasado en Amazonía, Yusley denuncia que “la atención del gobierno colombiano se queda corta”. “Deberían fijarse más en nuestras comunidades del Amazonas, ya que somos el pulmón del mundo y estamos aportando mayor oxígeno al país”, sostiene. Como muchos jóvenes indígenas de la Amazonía colombiana que se ven obligados a dejar sus comunidades en búsqueda de escenarios con otras oportunidades, la vida de Yusley Kafiana tiene un antes y un después. Durante su niñez habitó en la comunidad indígena de Wariramba, cerca al departamento del Guainía; en su juventud estrenó su vida citadina en el municipio de Mitú, Vaupés, vivencia que marcó su destino profesional y vocacional. Su vida, su lucha, está teñida por el cuidado de la naturaleza y del rol central de la mujer en la comunidad. 

Mujeres Chagreras de las comunidades indígenas de Santa Cruz. Izquierda: Magdalena Ramos Trujillo, de la etnia Desana. Derecha: Cecilia, de la etnia Cacua. Amazonía Colombiana, Departamento del Vaupés. Julio de 2020.

En medio de la selva, a orillas del río Isana – cauce que divide el territorio de Brasil y Colombia y serpentea entre la espesa vegetación hasta desembocar en el caudaloso río Amazonas -, rodeada por hombres y mujeres indígenas dedicados a actividades de subsistencia como la pesca, la caza, los cultivos y recolección de frutos, Yusley escuchó de boca de sus ancestros las historias de su comunidad. “Dicen que ellos practicaban el canibalismo: mantenían los colmillos afilados y se comían a otras etnias, entre ellas a los Cubeos, incluso comentan que por esa razón esa tribu hoy le tienen cierto miedo a los Kurripacos, porque quedó sembrado el temor a que le hicieran daño”, cuenta. 

La comunidad Wariramba tiene alta presencia de la etnia Kurripaca, de la que son originarias su mamá y su abuela. Pero las cosas han cambiado desde los tiempos antropofágicos. Yusley cuenta que actualmente esa comunidad se rige por la religión cristiana evangélica. Es un rasgo de los últimos años, iniciado cuando un grupo de evangélicos del Movimiento Misionero Nuevas Tribus, en la segunda mitad del siglo XX, llegó a la comunidad y logró imponer su religión. “Hoy solo creen en Jehová”, dice. Con la llegada de los evangélicos perdieron buena parte de la cultura que inicialmente tenían, hasta prácticas tradicionales como el consumo de chicha – tradicional bebida indígena-  y de mambe, derivado de la hoja de coca.

      Maloca, comunidad  indígena de Pueblo Nuevo, Amazonía colombiana, departamento del Vaupés. Julio de 2020.

Después de convivir con su etnia originaria durante cuatro años, Yusley y su madre regresaron a la ciudad de Mitú, donde nació Yusley, para que allí pudiera acceder a la educación de básica primaria y emprender un camino de formación con otras oportunidades. “En mi casa no cubríamos necesidades básicas y yo me planteaba la esperanza de que no iba a ‘aguantar hambre toda la vida’, sino que algún día iba a estudiar, salir adelante y cumplir mis sueños. Eso es lo que hoy en día me hace admirar y valorar las cosas que he podido vivir: el hecho de la pobreza y necesidad en la niñez es lo que impulsa que uno desee salir adelante”, añade Yusley.

En las comunidades indígenas que habitan el Amazonas, las mujeres cumplen un rol fundamental. Es tradición que en estas comunidades los saberes se transmitan de abuelas a nietas, de madres a hijas. Mientras el mundo “occidental” asiste a una cuarta ola feminista, en las comunidades indígenas también son las mujeres quienes lideran las luchas en defensa de sus territorios y derechos. Con sólo 25 años, Yusley encabezó diversos proyectos de protección ambiental, prevención de enfermedades, soberanía alimentaria y  salvaguarda de saberes ancestrales de las mujeres indígenas. Por estos trabajos la fundación CAFAM la premió como la Mujer Cafam Vaupés en 2019.  “Es como un tesoro escondido conocer la labor de una mujer indígena y conocer todo lo que hace dentro de su comunidad y cómo ha venido liderando escondidamente y en silencio tantas cosas en su familia”, expresa Yusley, que actualmente vive en Mitú, la capital del Vaupés. 

Mujer artesana de la etnia Maku. Izquierda: rallando yuca brava para el casabe, Derecha: confeccionando un cesto. Comunidad indígena de Pueblo Nuevo. Amazonía colombiana, Departamento del Vaupés. Julio de 2020.

Yusley es una de las pocas de su comunidad que tuvo acceso a la educación superior. En gran parte fue por una decisión de su mamá, quien no tuvo la posibilidad de escolarizarse. “En mi tiempo nunca tuve educación, no había escuelas, ni colegios y por eso yo me quedé sin estudio”, recuerda a Lalengua, su mamá, Marucha Yepes Tesaahi. Lo que hace pensar que Yusley, como pocas, tuvo suerte, y como dice ella, “el privilegio” de poder estudiar y conseguir de alguna manera aplicar sus conocimientos para el beneficio comunitario. Para conseguirlo tuvo que elegir quedarse en la ciudad capital, el Mitú, y renunciar a su comunidad originaria, Warirambá, puesto que los sectores indígenas en Colombia estuvieron siempre marginados del derecho universal a la educación. Según el último censo nacional, sólo un seis por ciento de la población indígena accede a la educación superior.  El informe agrega además que el 81 por ciento de mujeres y niñas indígenas es analfabeta. Las mujeres indígenas que tienen acceso a la educación son pocas, no solo por las dificultades que se presentan en sus territorios a causa de la ausencia estatal, el acceso en las vías, y la poca cobertura de tecnologías de la información, sino porque muchas de estas mujeres son ofrecidas a otras familias para casarlas a muy temprana edad, con no más de 13 o 14 años. La tradición es que pronto queden embarazadas y con el tiempo se dediquen a la actividad de la chagra (huerta caseras de las comunidades indígenas) y labores agrícolas, limitando así la oportunidad de estudiar.

Yusley se graduó como profesional de Administración en Salud Ocupacional por la Universidad Uniminuto en 2018. Logró hacerlo mediante una beca que ofrece la universidad de manera exclusiva para jóvenes indígenas. A la par que cursaba sus estudios, trabajó en dos proyectos en la comunidad indígena del Guamal, la puerta a la selva espesa y a otros asentamientos indígenas que hay río abajo. En 2014 lanzó un proyecto de protección del medio ambiente y prevención de enfermedades, con el que se buscó identificar los factores de riesgo biológicos que afectan las fuentes hídricas de esta comunidad y así trazar una ruta para la prevención de enfermedades. 

      Una chagra, cultivo tradicional de yuca brava. Comunidad  indígena de Santa Cruz. Amazonía Colombiana, Departamento del Vaupés. Julio            de 2020.

Cinco años más tarde, ya graduada, continuó velando por los derechos territoriales y la soberanía alimentaria con enfoque de género a través del Proyecto Chagra Integral. En este segundo desafío el objetivo fue empoderar a un grupo de 15 mujeres del Guamal y trabajó en torno a la importancia de preservar la chagra y las prácticas alimentarias ancestrales, sembrando todos los cultivos tradicionales que se dan en la región y que son, a su vez, los más consumidos por los hogares indígenas colombianos: la yuca brava o yuca venenosa con la que se realiza el casabe, la fariña, el chibé y la chicha. “Este proyecto es una muy buena iniciativa para todo nuestro departamento y es muy importante que no sólo yo, sino también otras jóvenes mujeres del departamento se empoderen en sus comunidades y empiecen a sembrar o hacer cultivos en sus casas con huertas caseras, por eso la idea es incentivar y creer en esto realmente”, reflexiona Yusley. 

La mujer chagrera

El rol de la mujer indígena es fundamental en la seguridad alimentaria para sus poblaciones. Si bien el hombre tumba el monte bravo, quemándolo y sembrando, pesca y caza, es la mujer quien engloba la mayor parte de las actividades comunitarias. En el caso de la chagra, la mujer es la encargada de elegir la semilla, distribuir los productos, definir el modo de cosecha y la manera de almacenar y gastar los productos. Una chagrera enseña a sus hijas y nietas cómo hacer estas tareas, procurando dar un buen uso a todos los productos para que no haya épocas de escasez. “La agricultura indígena podría ser un enemigo para el cambio climático”, lanza Yusley y explica que la técnica de siembra ancestral requiere de la quema de árboles. Sin embargo, agrega que si bien la construcción de chagras provoca la extinción de algunas especies de árboles y plantas, indica que hablar de  soberanía también implica el desarrollo de cultivos de una manera moderada, inteligente y recursiva. “Una manera en que se le muestre al indígena la importancia no solo de sembrar cultivos para consumo, sino también cultivos maderables, árboles maderables para contribuir a la conservación del medio ambiente”, sostiene.   

Izquierda: Yusley Kafiana Olaya trabajando en la chagra y derecha: su madre, Marucha Yepes. Amazonía colombiana, departamento del Vaupés.  Mayo de 2020.

Los pueblos originarios indígenas tienen por derecho, según el artículo 26 de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los pueblos indígenas,  desarrollar y controlar las tierras, territorios y recursos que poseen en razón de la propiedad tradicional u otra forma tradicional de ocupación o utilización. Por ello aferrarse a sus prácticas tradicionales, asegurar la soberanía alimentaria  y cuestionar sus prácticas de siembra continúa siendo una muestra digna de resistencia.

En las familias indígenas es posible encontrar abuelas y madres aguerridas, artesanas, sabedoras de su propia cultura, de la medicina tradicional y del uso de plantas medicinales para la protección de su población. Conforme pasan los años la tarea de proteger los bosques de las mafias deforestadoras y salvaguardar las tradiciones indígenas se ha convertido en una tarea titánica, en la que no solo la figura de guardabosques toma importancia, si no que también otros roles son fundamentales. Es por eso que la mujer chagrera, desde la soberanía alimentaria y su papel en la preservación de los derechos territoriales, contribuye significativamente a la protección de la tierra y la seguridad alimentaria a través del cultivo tradicional y consciente de las comunidades indígenas. 

Yusley comenta a Lalengua que siente gran admiración por todas las mujeres indígenas y su fortaleza en el proceso de sostenimiento y crianza dentro de sus comunidades. Dice que desde muy chica se referenció en aquellas mujeres de su comunidad que lideraban la lucha por la protección del territorio. “Tengo el principal referente en casa que es mi mamá, Marucha. Ella es una mujer artesana y médica tradicional, tiene mucho conocimiento en plantas medicinales, ha preservado mucho su cultura y en diversas ocasiones ha curado de enfermedades y patologías con sus remedios naturales a muchas personas. Me gustaría seguir sus pasos y continuar aprendiendo, para aplicarlo a nivel personal y profesional, aprovecharla a ella y obtener mayor conocimiento.” 

     Fuente hídrica Caño lata. Amazonía colombiana, departamento del Vaupés. Julio de 2020.

La defensa del territorio indígena

En 2014 Yusley lideró un proyecto de protección del medio ambiente y prevención de enfermedades en la comunidad del Guamal. Con los años trabajando en esta comunidad, Yusley denunció la ausencia de cloacas y agua apta para el consumo humano, lo que con el paso del tiempo desató enfermedades con graves afectaciones para los indígenas, vulnerando su derecho a la salud y una vida digna. El Ministerio de Salud identificó en el Vaupés enfermedades como Tosferina, Malaria, Dengue, Leishmaniasis, Tuberculosis y Lepra, además del flagelo que actualmente vive el departamento y esta comunidad por el Covid-19. “Hasta hace unas pocas semanas en toda la región indígena del Vaupés teníamos un sólo respirador para atender los casos más graves de coronavirus”, advierte Yusley. La preocupación por la cercanía con Brasil y la poca asistencia estatal para enfrentar la pandemia, envía una alerta sobre los grupos que se ven más afectados en Colombia por el virus y la dificultad para hacerle frente. “Si muchas veces no tienen para comer, mucho menos para comprar productos de aseo y mantener lavándose las manos”, explica. 

En 2018 la región del Vaupés perdió 1.123 hectáreas de bosque, cifra que lo posicionó dentro de los 20 departamentos más afectados de Colombia. Estos números son consecuencia directa del acaparamiento de tierras, la ganadería extensiva, la minería ilegal, y la plantación de cultivos ilícitos. En el último trimestre del año pasado, según datos del Ideam, el Vaupés ingresó por primera vez al listado de los cinco territorios con mayor cantidad de alertas tempranas por deforestación. Entre octubre y diciembre del año pasado se perdieron cerca de 28 mil hectáreas de bosque en esta zona de Colombia, y en lo que va de 2020 -y a pesar de la  pandemia del Covid-19- la deforestación sigue creciendo

Izquierda: Yusley y Carolina “Mujeres chagreras”, comunidad indígena de Pueblo Nuevo. Derecha: Yusley reparando Casabe en la Comunidad de Pueblo Nuevo. Amazonía Colombiana, Departamento del Vaupés.

Aunque las grandes afectaciones a los bosques amazónicos no son efecto de las prácticas de siembra ancestral de las comunidades indígenas, proyectos como el de Yusley en el Guamal apuntan a mantener un equilibrio ambiental con la siembra de árboles maderables para proteger la rivera del río Vaupés y de esta manera también mitigar el impacto de la deforestación y contaminación.  El Guamal, al ser la comunidad más cercana al casco urbano, es una de las que recibe más impactos negativos de la contaminación, el turismo y de como lo llaman los grupos indígenas “las enfermedades de los blancos”, dejando en evidencia la huella dañina de la colonización.