LALENGUA

“LEER Y ESCRIBIR ES DE LO MÁS SANADOR QUE EXISTE”

En su última novela, Ultra Tumba, Leonardo Oyola se abocó a una de las realidades más sórdidas y veladas de nuestra sociedad: las cárceles. Su experiencia como jurado de concursos literarios y su participación en talleres en pabellones de distintas partes del país, su escucha atenta a los universos orales, la escuela con el gran Alberto Laiseca, fueron algunas de las líneas que convergieron en esta novela, contó en esta entrevista con Lalengua.

Por: Pilar Molina, Emiliano Benito Montelongo y Matias Luchetta  | Fotos: Melisa Molina

“Leer y escribir es de lo más sanador que existe, por eso tiene que estar presente dentro de una unidad penitenciaria”. En conversación con Lalengua, el escritor Leonardo Oyola compartió reflexiones acerca de Ultra Tumba, su última novela publicada. La importancia de la ficción para narrar las historias de vida en situaciones de encierro, el trabajo sobre la jerga carcelaria y la importancia que cobran los talleres dentro de estas instituciones, fueron algunos de los temas abordados. “Se necesita visibilizar más la realidad de nuestras unidades penitenciarias. La deshumanización que sufre la gente que está cumpliendo condena… mostrar los huecos que tiene el sistema penal y nuestras leyes para poder hacer zafar a la persona que tiene dinero: todo lo que se juega si no tenés plata para acceder a un abogado privado y para todas las cosas que se tienen que gatillar”, sostuvo Oyola, quien fue invitado a talleres de narrativa dentro de distintas cárceles. 

-En la jerga de los personajes de tus libros se nota el trabajo que hacés sobre el lenguaje, ¿nos podrías comentar sobre este proceso?

Lo que aprendí y lo que más me interesa respecto a escribir y crear personajes tiene que ver con el habla. Vos escuchás alguna expresión y decís «esto se lo puedo poner a tal personaje». Aprendés a anotar esas cosas, pero no in situ. Con cierta gente me pasa que se ponen mal o desconfían; o lo opuesto, empiezan a actuar porque saben que sos escritor y se avivan. Empiezan a exagerar y se pierde esa naturalidad que a mí me interesa. Gracias a los libros que escribí puedo recorrer el interior del país y conocer jergas distintas. Te encontrás con gente muy linda, y en el “after”, cuando charlás, terminás siendo vos oreja del otro. Es ahí cuando aparecen esas cosas que son geniales. Por ejemplo, en la jerga penitenciaria -que usé mucho para Ultra Tumba– veo que hay algunas cuestiones de código que son en algunas partes iguales y en otras no. Para mi escritura eso es importante: unificar cuando es necesario, pero privilegiar cuando usan un término en tal lado y en otro no. Me pasó en la novela con el pabellón de “las infanto”. Ahí están las mujeres que mataron a un hijo, una hija o a algún chico. Dentro de sus códigos, ese es el peor crimen. En Ezeiza era la única cárcel que decían «las infanta», porque sostenían que había que igualar el femenino incluso en el mal. En el resto – esto es una interpretación mía- se les seguía diciendo “las infanto”,  no solo porque así se les dijo siempre, sino porque todo lo masculino y lo malo asociado a eso, lo que tiene que ver con el machismo y el poder de la fuerza bruta, está exacerbado. 

Sobre esto me contaron una historia tremenda. Cuando dejó de haber pabellones trans y  pasaron a estar todas juntas, la que mandaba en el pabellón no alojaba a una de las pibas trans (“La nueva”). Se peleaban mucho y la trataban como a un hombre. Estuvieron lastimándose mal y “La nueva” la venía ligando, hasta que la última vez que le tocó estar en “el buzón” directamente “se tiró a hombre” y la reventó a la otra a trompadas. Ni se afeitó ni se montó. A lo que voy, es que esta chica tuvo que dejar de pensarse mujer tal como se había asumido, para ir a romperle la cara a la otra. En las novelas de ficción que escribo, y con el ritmo que quería lograr para Ultra Tumba, no me podía detener a explicar todo esto, pero sí hay algo adrede ahí, en «las infanto» que yo quise mantener con esa «o».

-Está claro que Ultra Tumba no es solo un producto de tu imaginación, sino también tu contacto con este tipo de instituciones.

Sí, pero llevado a la ficción. Porque yo soy un escritor de ficción. Además, se necesitan muchos más libros de los que hay -y muy buenos, como las crónicas que tiene Marta Dillon- para contar estas experiencias. Se necesita visibilizar más la realidad de nuestras unidades penitenciarias. La deshumanización que sufre la gente que está cumpliendo condena… mostrar los huecos que tiene el sistema penal y nuestras leyes para poder hacer zafar a la persona que tiene dinero: todo lo que se juega si no tenés plata para acceder a un abogado privado y para todas las cosas que se tienen que gatillar. Estar privado de tu libertad es pagar un precio muy alto por una equivocación y, sobre todo, ¿cuál fue la equivocación y qué pasó? Yo cuento ficción y eso es lo que me interesó de coquetear con el género carcelario. No sólo me considero un escritor a secas, sino un escritor de policiales que le gusta meterse con los géneros literarios. 

-¿Cómo fue ese acercamiento como escritor a personas privadas de su libertad? 

Kike Ferrari y Juan Mattio son dos escritores que en su momento daban para leer en los talleres mi novela Kryptonita. Ellos estaban en el Instituto Agote, en Palermo. Después de leerla, los chicos pidieron conocerme. Tengo una gran amistad con Kike, él me llevó y fue un momento fundacional respecto a lo que luego continué haciendo. Son cosas que te quedan tatuadas, se daban charlas muy lindas. Empecé a ir de sorpresa. Lo que más disfruté fue el intercambió. Escucharlos y escucharlas, compartir anécdotas. Pasé un día de la primavera muy lindo adentro, en Rosario. Fui jurado de concursos que se dan dentro de las cárceles. Se tejió una red con los talleristas que trabajan rejas para adentro, fueron pasando mi contacto y fuimos haciendo encuentros. Siempre que se podía viajar a una cárcel del interior, lo hice. Son actividades que no están financiadas. Directamente me quedo a dormir en la casa del profe que me invite. Voy donde me lleva el libro y tengo muy claro quién me tiene que pagar y a dónde tengo que ir. Me cargo la sube y voy. 

-¿Hay forma de acceder a los escritos que se producen dentro de las instituciones?

Depende de las personas que lo publiquen, como con cualquier escritor. Deciden quién  lo va a publicar y quién no. Hay una editorial que hace un gran trabajo, Tren en Movimiento se llama. No sólo publican a personas privadas de su libertad porque estén en esa situación, sino que publican a escritores, que están haciendo una transición lógica, donde lo primero que tienen para largar es todo lo que les tocó vivir adentro y después hacen como una transición en su escritura. Se afirman. Cabrera, por ejemplo, es una poeta excepcional, quitándole la etiqueta de «poeta tumbera». Ella es poeta, a secas. No  hay que ser ingenuos, mucha gente se acerca porque son personas que están o estuvieron presas. Es una etiqueta que en algún momento hay que dejar; es como cuando a un libro mío le ponen «Autor de Kryptonita». Entiendo que es un suceso, que en un punto suma, pero creo que hay que dar la oportunidad de que se lean más allá de eso. Si hay un encuentro de poetas, por ejemplo, yo recomendaría que no pongan en la biografía «Estuvo privada de su libertad». 

“Lo que más me interesa respecto a escribir y crear personajes tiene que ver con el habla. Vos escuchás alguna expresión y decís ‘esto se lo puedo poner a tal personaje…’. Aprendés a anotar esas cosas”

Leonardo Oyola
escritor

“Gracias a los libros que escribí puedo recorrer el interior del país y conocer jergas distintas. Te encontrás con gente muy linda, y en el ‘after’, cuando charlás, terminás siendo vos oreja del otro”.

Leonardo Oyola
escritor

-¿Qué papel juegan los talleres de escritura y la literatura en las instituciones de encierro?

El mismo que con cualquiera, pero a un nivel amplificado. Todo lo bueno y todo lo malo se amplifica. Nosotros leemos por evasión y también para conocer otros mundos, otras realidades posibles; para salir de toda la mierda o de un mal momento. Son cosas que en los talleres se espera. Adentro es poco lo que se puede elegir y lo que se puede hacer. Nosotros tenemos un lujo enorme. Leer y escribir es de lo más sanador que existe, por eso tiene que estar presente dentro de una unidad penitenciaria.

-¿Como posibilidad de acceder a cierta libertad?

Sí, totalmente. La mayoría de las devoluciones tienen que ver con algo que les hace “click” de lo que leyeron, y eso los lleva a recordar situaciones que ocurrieron afuera. Me acuerdo de una situación, donde estábamos con Miguel Vitagliano en Devoto y ni bien nos saludamos con uno de los chicos, le agarró la mano, la olió y después le dijo «qué olor a calle, tenés olor a libertad». Me agarró a mi y me dijo: «vos también tenés olor a calle». Ahí ya empezamos con eso, con la calle y el extrañar la calle. El tema de los cielos, de ver el cielo en plenitud, ver fuegos artificiales… Esas cosas están en el personaje de Córdoba de Ultra Tumba, inspiradas en alguien real. Los chicos del Agote se trepaban de las rejas para ver a la gente volviendo de laburar; extrañaban esa especie de hormigueo que nosotros no nos bancamos. Creo que por eso una de las formas que mejor se desarrolla adentro es la poesía.

“Se necesita visibilizar más la realidad de nuestras unidades penitenciarias. La deshumanización que sufre la gente que está cumpliendo condena... mostrar los huecos que tiene el sistema penal y nuestras leyes para poder hacer zafar a la persona que tiene dinero: todo lo que se juega si no tenés plata para acceder a un abogado privado y para todas las cosas que se tienen que gatillar”.

Leonardo Oyola
escritor

-¿Podés contarnos cómo influyeron en tu formación los talleres de Alberto Laiseca?

Mirá, si yo hablo acá con ustedes es porque fui a los talleres con él. Me dio toda una vida nueva. Había perdido uno de los trabajos que tenía en la crisis del 2001 y empecé a asistir a grupos de apoyo, donde nos decían que aprovechemos a realizar las asignaturas que teníamos pendientes. Fue un amigo quien empezó a picarme el seso con que teníamos que hacer talleres literarios. En realidad, el loco no se animaba a ir, viste, no la quería jugar de visitante solo. Un día me dijo: «hay un tipo que narra increíble y que va a estar en una librería”. Era un evento a la gorra, como muchos de los que había en ese momento, y ahí lo fuimos a ver a Lai (por Laiseca). Fue impresionante… Fue antes de que haga una gira enorme donde salía a narrar para juntar el mango. Mi amigo me dijo «da talleres literarios, yo le pido el teléfono». Acepté porque había quedado muy conmovido al ver la pasión que tenía Laiseca hacia los escritores que había leído. Antes de leer hacía una introducción que te metía en otro mundo. Recuerdo que cuando salí de ese evento tuve una sensación muy extraña, como cuando escuchás una banda que te gusta por primera vez. Me compré dos novelas de él completamente diferentes entre sí y muy distintas a lo que él narraba. Él amaba el terror, quería hacer una novela de terror y siempre se iba al carajo. Siento que es lo mismo que me pasa a mí cuando me dicen «¿por qué no te quedás solo con lo social, sin la ficción?». Yo no puedo. Las editoras me decían «sacás las zombies y esto re funciona», pero le llego a sacar las zombies y no puedo escribir más. Yo pienso «¿quién va a leer una historia de separación dentro de una cárcel de 200 páginas?”. ¡Tengo que tirar un par de petardos! Lo que me di cuenta con Chamamé en adelante, es que no me interesa escribir «estos son los buenos y estos son los malos». Una cosa es ponerse más la camiseta de uno que de otro, pero lo que me interesa es que el que hoy es héroe, mañana puede ser un personaje secundario, el principal, el mejor o el peor de los soretes. Será que yo leí de grande… leí Los mosqueteros con 23 años y para mí Aramis, Athos y Porthos eran de Isidro Casanova. No me importaba que estuvieran defendiendo a la monarquía, a un francés, o lo que sea. Yo lo leía y pensaba que eran tres tipos con los que saldría a la cancha, lo sentía así y por eso me gusta que los personajes divaguen, que no sea como en la vida real.

-En Ultra Tumba tiene mucho protagonismo el pabellón de las Evangelistas, ¿a qué se debe?

Hay unidades penitenciarias que están copadas por el Evangelismo. Hay una escena que la saqué directamente de uno de esos pabellones: cuando la Oreiro va caminando y escucha un zumbido. Bueno, cuando te bajás del bondi en la ruta y tenés que caminar 400 metros hasta la unidad, ya escuchás ese zumbido también. Al entrar te das cuenta que es un rezo. Todos los pabellones están rezando a la vez. Esa es una energía muy poderosa… es un mantra tremendo.  Hay un cuento de Laiseca que es bárbaro. En un ascensor un señor le toca a otro el hombro con una pata de pollo. El hombre lo agarra del cuello y le dice «¿Qué hace, me está ensuciando?». «No» -le contesta el otro- lo estoy marcando. En este momento hay más de 50 personas rezando y deseándole el mal». Algo que de algún modo se muestra es el poderío de la Iglesia Evangelista en nuestro país. El tema del poder político que tienen me interesa y eso quería que este en mi novela.