EL TEJIDO DE LA ORGANIZACIÓN POPULAR

EL TEJIDO DE LA ORGANIZACIÓN POPULAR

En diálogo con Lalengua, mujeres que paran la olla y se ponen al hombro la organización de los barrios, el secretario de extensión de la Facultad de Trabajo Social de la UNLP, Pablo Allo, y el concejal platense por el Frente de Todes Guillermo «Nano» Cara, contaron cómo funciona en La Plata el tejido de solidaridad y organización en el marco de la pandemia.

Nota y  Fotos:  Soledad Allende

En la ciudad de La Plata existe una región que se extiende más allá de la circunvalación, y que viene desarrollando acciones y redes para paliar la crisis social y sanitaria. Desde el comienzo de la cuarentena se puso en evidencia que los mecanismos de supervivencia desarrollados por los sectores populares a lo largo de las distintas crisis económicas atravesadas por nuestro país, tendrían como corolario la acción mancomunada de una red sostenida fundamentalmente por el trabajo de mujeres, que involucra organizaciones de la sociedad civil y sectores del Estado comprometidos con la supervivencia, mientras se ensayan y exploran soluciones de mediano y largo plazo.

La pandemia presenta la oportunidad de pensar un nuevo paradigma de desarrollo hacia adentro, autosostenido y ecológicamente sustentable, en línea con los debates por la soberanía alimentaria, y encarnados en los acuerdos de aprovisionamiento realizados con la Unión de Trabajadores de la Tierra y la controvertida intervención estatal de Vicentin. Mientras tanto, las ollas populares siguen siendo la respuesta de corto plazo que permite amesetar la curva del Hambre.

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Comedor La Granja, en 524 y 140, La Plata

El Hambre es un Crimen reza una bandera enarbolada durante el ciclo de intenso endeudamiento externo y fuga de capitales auspiciada por la gestión de Cambiemos. La dolarización de las tarifas y la especulación inmobiliaria y financiera hicieron otro tanto para destruir la matriz productiva cuyas consecuencias sociales redundaron en el aumento de las tasas de desocupación y los índices de pobreza y el desfinanciamiento del Estado. 

En palabras de Pablo Allo, secretario de extensión de la Facultad de Trabajo Social de la UNLP y coordinador del movimiento Patria Grande del Frente Barrial CTA Región Capital: «Estalló una situación que ya se venía arrastrando de los años anteriores, y que se agudiza con la pandemia, que es como otra pandemia: Una pandemia del hambre, que encuentra al gobierno arrancando con políticas que estaban muy bien y que tienen que ver con el Consejo contra el Hambre».

El movimiento sostiene un trabajo comunitario en Villa Elvira, Los Hornos, Los Olmos, coordinando 70 ollas donde el rol de las mujeres es fundamental. Son ellas quienes administran con mucha dificultad los recursos que consiguen del Estado, de las donaciones de privados, y los insumos de alcohol y lavandina que produce la Universidad. «Los recursos que llegan del Estado son insuficientes, y a veces se generan más problemas que soluciones porque lo que llega no sabemos cómo repartirlo, por eso estamos recurriendo a donaciones y colectas. La predisposición es muy buena en general y por supuesto la Asignación Universal por Hijo, las cooperativas, las jubilaciones y pensiones de emergencia están amortiguando, pero la realidad de los comedores es que la demanda se ha triplicado. Comedores que antes recibían 80 familias ahora alimentan a 200”, estima Allo. 

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Comedor La Granja, en 524 y 140, La Plata

Comenzaron a participar de los comités de crisis, una experiencia impulsada por las organizaciones sociales y que intenta darle un marco institucional a la coordinación de esfuerzos de la comunidad para combatir el hambre y la propagación del covid-19, a través de una ordenanza municipal obtenida por las organizaciones sociales. También articulan con Desarrollo de la Comunidad y con el Ministerio de las Mujeres, políticas de Géneros y Diversidad sexual de la provincia de Buenos Aires.

Los comités de Crisis reúnen en cada delegación platense a las personas y organizaciones que participan de las Ollas y los testeos de Covid-19. Realizan una mesa plenaria  a las que asisten tres concejales (uno por cada bloque), un miembro del Poder Ejecutivo municipal y representantes de la sociedad civil de cada zona, miembros de organizaciones sociales, de la Iglesia católica, de las evangélicas, los clubes locales y las cámaras empresariales.

El concejal Guillermo «Nano» Cara, del Frente de Todes, que participa de éstas reuniones y cuya organización está a cargo de 28 Comedores populares, coincide en la evaluación de que los comedores están funcionando con una demanda que se amplió en un 200 o 300 por ciento. Respecto de los recursos que recibían por parte del Estado afirma: “Luego de la polémica que se desató en torno a los precios de los alimentos adquiridos por el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, los problemas de resolver las compras con los proveedores chicos se dio fundamentalmente descentralizando los recursos, porque las compras centralizadas implican una demanda que sólo los grandes proveedores pueden satisfacer, y fijan precios desorbitados previendo el atraso cambiario que suele afectar los desembolsos del Estado».

Sucede que, a pesar de los convenios de asistencia financiera con los intendentes, tanto para atender la cuestión salarial, como el fondo de emergencia Covid-19, entre otros fondos que la Provincia transfiere a los municipios, y que para el concejal rondan en los 400 millones de pesos, aún no saben en qué utiliza la municipalidad de La Plata esos recursos.

Otro tanto sucede con el poder de policía otorgado a los municipios con el fin de controlar los precios. No se observa en la región el uso de esa facultad para detener la traslación de recursos desde de los sectores asalariados y más afectados económicamente por la recesión, hacia los sectores empresariales que especula con la crisis.

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Entre tanto, la oposición avanza en los proyectos de crear una red sanitaria en la región, en la elevación de impuestos para los 500 mayores entidades empresariales platenses cuyas ganancias han aumentado enormemente durante estos meses, y en la reconversión económica de algunos sectores productivos de la región, a los fines de cubrir la demanda alimentaria y revertir algunos efectos contaminantes.

Vanesa De León está en el barrio El Triunfo y se organizan en torno al comité de crisis de Los Hornos, que se reúne en la iglesia de 149 y 62. Se reparten los días para cocinar, a garrafa cuando se puede, y a leña cuando no, para 120 familias. Además asisten a las personas que se encuentran en la toma de tierras de 149 y 80. «Estamos trabajando sin bandera, el Club La Ponderosa, Barrios de Pie y nosotras, desde la organización Descamisados», cuenta. Reciben ayuda de la UOCRA para complementar los alimentos secos que reciben.»Del municipio sólo recibimos la promesa de gestionar una donación del mercado central, que nunca llegó», aclara luego. 

La Unidad de Pronta Atención (UPA) N°6, en 66 y 152, provee cada día de los elementos de higiene y seguridad necesarios para sostener las ollas (guantes, barbijos, delantales, alcohol y lavandina) se llevan y los desinfectan para volver a usar. Les dieron una capacitación para que puedan desarrollar la tarea en las condiciones sanitarias que corresponden. También coordinaron una campaña de vacunación con el hospital San Juan de Dios y la entrega de medicamentos.

Vanesa viene de Ellas Hacen, un programa desmantelado por la gestión Cambiemos. Siente que esa política pública le dio las herramientas para poder ponerse a la cabeza, y también las amistades, la contención, una red con mujeres de barrios distintos con las que sostienen el anhelo de retomar sus proyectos de autoconstrucción. «Las paredes de mi casa las levanté yo. Las mujeres paramos las ollas porque somos las que tiramos para adelante y sabemos las necesidades de la gente y de nuestras familias. También sabemos que, aunque recibamos las piñas de todos lados, seguimos adelante. Nos dimos cuenta que somos capaces y la solidaridad de la gente nos sorprendió», cuenta.

Verónica Julián tiene a su cargo el comedor Los Pekes de 515bis y 116, que pertenece al Comité de crisis de Ringuelet. El comedor se formó hace cuatro años, atendía las necesidades alimenticias de 25 familias y en la actualidad recibe a 40 familias, elaborando 300 viandas por día. Como la mayoría de los comedores están con muchos problemas para conseguir carne y verdura para complementar los alimentos secos que consiguen para cocinar. Pero día a día consiguen los recursos a través de una red de vecinas y de mujeres de otros barrios: «Las mujeres somos las que estamos en las casas, las que más sufrimos y las que administramos los gastos. Muchas veces, lamentablemente, también somos mamá y papá”, sostiene Verónica.

Al igual que en Los Hornos, se turnan con otros comedores para cocinar todos los días, y constituyeron una Mesa Barrial de Emergencia que nuclea los esfuerzos del barrio el Churrasco, El mercadito y La Unión. A los problemas sanitarios de covid-19 se agregan los problemas de infraestructura del barrio “que está lleno de ratas que entran a las casas de durlock, y terrenos baldíos con yuyales que pasan el metro y medio”. La salita n° 15, en 520 y 11, dejó de realizar la atención pediátrica por despidos de personal, motivo por el cual el 12 de junio cortaron las calles 520 y 11.

Su comedor no está inscripto en la municipalidad, por lo cual no recibe alimentos por parte del gobierno local a pesar de los petitorios presentados ante la funcionaria responsable de Desarrollo de la Comunidad. El delegado de Ringuelet tampoco responde a sus reclamos.

Duham está en contacto con ellas desde antes de que se desate la pandemia, dando talleres de circo y danza para los chicos del barrio. Actualmente organiza colectas de dinero para contribuir a la olla. Se organiza con otras amigas para cubrir cuatro puntos de la plata: «Aunque a veces los varones sigan en los lugares de referencia, son las mujeres son las que sostienen las ollas y muchas veces son autoorganizadas. Para la clase media fue una crisis tremenda no poder proyectarse. Para estas mujeres resolver el día a día de su familia y su barrio siempre fue parte de su cotidiano, desde la ropa hasta la comida», afirma.

Mariela Orieta coordina el Comedor La Granja, en 524 y 140, hace cuatro años: “Antes por la fuga de capitales y la destrucción de la economía, ahora seguimos por la pandemia…La gente no se imagina todo el trabajo que es cocinar para tanta gente, los accidentes que podés tener cocinando, porque a veces te quemás, por ejemplo, las ollas son pesadas”, advierte. Hace poco comenzaron a recibir más familias debido al cierre de algunas ollas debido a los contagios y no reciben ningún recurso de la municipalidad. En su barrio hay problemas de infraestructura graves como en toda la periferia de la ciudad, y una parte no tiene acceso al agua potable que agravan la crisis sanitaria. Pero además la tarea no se agota en las ollas: “También llegan problemas de violencia de género, y a los niños, que a veces no tienen donde ir. Tuve que poner internet para ayudar a los vecinos a hacer los trámites para la IFE y otras pensiones, porque muchos no saben hacerlo, a veces no saben leer y escribir”.

Así se va armando, pieza por pieza, un rompecabezas que muestra la imagen de la otra ciudad de la Plata, la que se organiza del otro lado de la circunvalación, para combatir la crisis social y sanitaria desatada por la pandemia. A fuerza de solidaridad y organización, en los 170 asentamientos que rodean el casco urbano y donde residen por lo menos 200 mil personas que, en su enorme mayoría, han perdido la posibilidad de conseguir su sustento cotidiano, resisten y tejen las redes que les sostienen.

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