LALENGUA

¿Qué piensan las personas antivacunas?¿Cuáles son sus motivaciones y sus lineamientos políticos?¿Cuánto tiene que ver este fenómeno con una caída en la credibilidad de la ciencia y la medicina? En conversación con Lalengua, los sociólogos Florián Cafiero y Daniel Feierstein, y la licenciada en psicología y especialista en salud pública, Alicia Stolkiner, reflexionaron sobre estas preguntas y acerca de los modos en que desde los gobiernos se puede generar confianza en la sociedad para aplicar políticas públicas sanitarias efectivas contra el coronavirus.

Por: Marcos Principi y Pilar Molina  |  Fotos: Martina Solari Arena

Hasta hace no mucho tiempo el debate entre “antivacunas” y “provacunas” era un tema que pasaba relativamente desapercibido. Pero en los últimos 20 años estos movimientos fueron aumentando en intensidad y visibilidad, y tras la irrupción de la pandemia del coronavirus la discusión se convirtió en uno de los centros de polémicas científicas y políticas en todo el mundo. Para comprender el fenómeno antivacunas, Lalengua dialogó con el sociólogo de la Sorbona e investigador en el Centro Nacional de Investigación Científica, Florián Cafiero, coautor de tres trabajos sobre la desconfianza ante las vacunas, realizados en 2011, 2019 y 2020; con la Licenciada en Psicología Alicia Stolkiner, investigadora y docente de la Cátedra II Salud Pública y Salud Mental de Facultad de Psicología (UBA) y de la Maestría en Salud Mental Comunitaria de la Universidad Nacional de Lanús, y con el sociólogo Daniel Feierstein, doctor en Ciencias Sociales por la UBA y director del Centro de Estudios sobre Genocidio de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

¿Quiénes integran los grupos antivacunas?

Florian Cafiero sostiene que los movimientos antivacunas están compuestos por grupos heterogéneos: “existe una gran diversidad entre las personas que creen que las vacunas son peligrosas. Las fuertes creencias religiosas, la convicción de que la medicina alternativa es la mejor manera de tratar enfermedades o la adhesión a las teorías conspirativas suelen estar muy presentes en estos grupos”, explicó el sociólogo francés.

Cafiero señaló que, además, dentro de estos grupos hay sectores críticos moderados que piden “ecologizar las vacunas”, retirando solo alguno de los elementos que las componen. Estos sectores moderados suelen tener un mensaje menos radicalizado, por lo que llegan a los medios de comunicación con mayor facilidad. “Es fundamental entender que una gran parte de la población que se niega a vacunarse no necesariamente se adhiere a las teorías de los antivacunas. A menudo son víctimas de una información difusa en torno a la vacunación. Una controversia escuchada en los medios de comunicación puede ser suficiente para sembrar la duda”, advirtió el sociólogo.

Por motivos religiosos o políticos, creencias vinculadas a teorías conspirativas, fundamentos ecologistas o por mero escepticismo, ciertos sectores han sido detractores de las vacunas negándose a la aplicación de las mismas. Estos discursos ponen en riesgo la situación sanitaria debido a que, el acto de vacunarse, es una decisión individual que incide en el entorno social. Elegir no hacerlo o fomentar el miedo y la desconfianza hacia su aplicación, priva la posibilidad de lograr la «inmunidad de rebaño» que se está planteando como meta sanitaria en la actualidad, además de exponer a la desprotección y el riesgo para aquellas personas que, por diferentes motivos, no se pueden vacunar. Entre los principales argumentos, los antivacunas juegan principalmente con la desestimación de la enfermedad, el miedo a los efectos secundarios o con teorías conspiratorias.

Los efectos secundarios suelen ser uno de los argumentos más esgrimidos por estos grupos. En muchos casos, las conclusiones de un artículo del gastroenterólogo Andrew Wakefield publicado en 1998 –en el que sostenía que la vacuna triple vírrica, formada por virus inactivos de sarampión, rubéola y paperas, podría causar no solo desequilibrios intestinales, sino también problemas psiquiátricos en niños– son las más utilizadas, aunque al poco tiempo de su publicación se probó que la investigación no era rigurosa. En Alemania o Francia, por ejemplo, se centran sobre todo en la presencia de aluminio en las vacunas, acusado por los antivacunas de desencadenar miofascitis macrófaga. Lo cierto es que los efectos secundarios graves de las vacunas son casos excepcionales y ocurren como algo intrínsecamente ligado a cualquier intervención médica: ninguna está libre de riesgos. En el caso de las vacunas, lo que prima es la relación riesgo beneficio entre estos efectos, menor y marginales, frente a la inmunización masiva de la sociedad.

En cuanto a las teorías conspirativas, los seguidores de las mismas ven a las vacunas como el resultado de negociaciones entre los gobiernos con «Big Pharma» para obtener ganancias a costa de la población. También hay teorías más descabelladas como la afirmación de la presencia de chips en vacunas o la inmediata modificación de nuestro material genético tras su aplicación. Cafiero explica que en el caso de la vacuna contra el coronavirus se agregan otros argumentos: “los partidarios de la cloroquina, una molécula popularizada por Donald Trump, piensan que la vacuna es inútil porque ya existe un remedio efectivo contra la enfermedad. Otros también dicen que los gobiernos sobreestiman el peligro de Covid-19 para controlarnos mejor. Según ellos el coronavirus no es ni más ni menos que una gripe, por lo cual no vale la pena vacunarse tampoco”.

Crisis de la ciencia y la medicina

La base de estos y otros argumentos radica, entre otros aspectos, en una crisis de confianza en la ciencia y la medicina. “La relación entre ciencia y verdad es una relación complicada, porque la ciencia también se equivoca. La ciencia avanza en la construcción de conocimiento ligado a lo empírico y puede tener errores”, indicó Alicia Stolkiner en conversación con Lalengua. Luego afirmó que “hay una ruptura fuertemente producida por el modelo biomédico de asistencia. A medida que se ha ido transformando en este mercado mundial del complejo médico, industrial, financiero, se ha producido una disociación entre las prácticas cotidianas de la vida y el cuidado de la salud, generando una pérdida de confianza en la dimensión institucional”.

Por su parte, Cafiero sostuvo que la desconfianza en la ciencia, las instituciones, los medios de comunicación y las autoridades en general es uno de los temas fundamentales de esta crisis. “Esto es lo que vuelve pesimista la idea de tener resolución de este problema a corto plazo. Las causas de la suspicacia con la vacuna del coronavirus se relaciona con una manifestación de incredulidad en las instituciones. Restaurar esa confianza perdida puede ser un proceso largo y complicado”, opinó el sociólogo.

La desconfianza hacia la medicina crece inexorablemente. Nace de diversas crisis y escándalos en los que la disciplina ha perdido su brillo. La creciente mercantilización de la medicina en algunos países, su alto costo, la impresión de que las instituciones médicas tienen como objetivo el lucro antes que la salud, son todos componentes que influyen en la pérdida de confianza. En este marco, los medios de comunicación y las redes sociales juegan su partida.

“ensalzarse en la discusión contra las vacunas es dejar de lado los problemas centrales, que son pensar qué cuidados implementaremos hasta que logremos vacunar a la población y cómo haremos para conseguir la mayor cantidad de dosis”

Daniel Feierstein
Doctor en Ciencias Sociales por la UBA y director del Centro de Estudios sobre Genocidio de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

Antivacunas, comunicación y posverdad

Los grupos antivacunas están muy presentes en internet en general y en las redes sociales en particular. Los más radicales suelen publicar cualquier contenido, sin importar de dónde venga, siempre que haya al menos una oración en contra de las vacunas. “Hay mucha actividad antivacunas en internet. Son contenidos muy vistos y cotizados. Sin embargo, no es seguro que todos los que comparten los distintos contenidos los crean plenamente”, explicó Cafiero.

A la potencia y el alcance de las redes sociales, se le suma un relativismo cada vez más absoluto que, según Daniel Feierstein, creció en las últimas dos décadas y hace inviable cualquier funcionamiento social o el desarrollo de cualquier lógica científica. “Muchos de los movimientos que han aparecido, entre ellos los antivacuna, conviven con esta lógica de salir a plantear una serie de argumentaciones muy circulares y conspirativas que no necesitan, para ser expuestos, una ratificación concreta o la necesidad de probar empíricamente lo que uno está diciendo”, puntualizó el sociólogo.

En países como Argentina, los medios tradicionales de comunicación también han alimentado la retórica antivacuna, desplegando sus estrategias para dañar y desprestigiar la gestión de la pandemia que lleva adelante el actual gobierno de Alberto Fernández. “Los medios son corporaciones. Tienen intereses, operan políticamente y pasan por encima de la verdad sin ningún reparo. Al margen de eso, gran parte de la información ha sido falsa”, dijo Stolkiner. “Al hablar de la vacuna soviética o de ‘vacunas decentes y no decentes’, están convocando a la población a un proceso de desconfianza absoluta con respecto a un producto que normalmente nadie se preguntaría en dónde se hizo”, afirmó.

“Yo siempre hablo de los procesos de captura de determinadas prácticas. Si una persona quiere ir y tomar una dosis x de una sustancia porque piensa que eso lo previene del coronavirus, a mí no me parece mal. Lo que me parece mal es que se transforme una sustancia, como por ejemplo la cloroquina, en un baluarte político en contra de las medidas de cuidado que han podido ser eficaces”, dijo la especialista. “No estoy de acuerdo en que se lo transforme en una campaña política y que por detrás de eso venga el no uso del barbijo y el no respeto del distanciamiento,es decir, la oposición a la política de cuidado que lleva adelante el gobierno”, agregó.

¿Quién está capitalizando estos movimientos contra las vacunas?

Antes de la pandemia resultaba bastante difícil caracterizar políticamente a los antivacunas. Los sectores más radicales podían provenir tanto de la extrema derecha, como de ciertos sectores ecologistas o de extrema izquierda. Cafiero sostuvo que esa tendencia fue cambiando con la llegada de la pandemia del coronavirus. “El rechazo a vacunarse suele ser una negativa a cumplir las instrucciones de los gobiernos que se considera que están gestionando mal la crisis en general. Por lo tanto, los partidos de oposición, especialmente los más radicales, pueden verse tentados a capitalizar la retórica antivacuna”, explicó el sociólogo. “En Francia, el 75 por ciento de los partidarios del presidente Emmanuel Macron dicen querer vacunarse contra el coronavirus; entre los simpatizantes de Marine Le Pen, en cambio, menos del 40 por ciento planea vacunarse”, ejemplificó.

Stolkiner afirmó que con los movimientos antivacunas hay una apropiación política ligada a determinadas tendencias ideológicas con intenciones necropolíticas. “No es casual que hayan alimentado ese perfil presidentes de países importantes como es es el de Estados Unidos o de Brasil”, apuntó.

Un estudio del Instituto de Estudios sobre la Democracia y la Sociedad Civil de Jena sostuvo que en Alemania, en aquellas regiones donde el partido político ultraderechista de Alternativa para Alemania (AfD) tiene una mayor proporción de votos, existe también una mayor incidencia de coronavirus. Dicho partido fue durante toda la pandemia uno de los principales actores en protestar contra la obligatoriedad de usar barbijo o en criticar las restricciones que aplicó el gobierno alemán para frenar el avance de la pandemia. De hecho, el comisionado para Asuntos del Este del gobierno alemán, Marco Wanderwitz, vinculó ambas cuestiones y aseguró que quienes rechazan las medidas de contención contribuyen a la difusión del virus. “Naturalmente nadie se contagia por votar por AfD, pero si los votantes y simpatizantes del partido de ultraderecha siguen sus consignas y no respetan las restricciones, están facilitando que se produzcan más contagios”, sostuvo Wanderwitz en declaraciones a la prensa.

¿Qué estrategias se pueden para contrabalancear los argumentos antivacunas?

Cafiero afirmó que lograr una posición crítica en personas de creencias radicales no es sencillo y lleva mucho tiempo. Ante esto sostuvo que se debe tener en cuenta que la mayoría de las personas radicalmente hostiles a las vacunas no cambiarán de opinión. “Incluso cuando la realidad persista en demostrar que están equivocados, estos grupos van a seguir creyendo en lo que eligieron creer y que han defendido públicamente”, advirtió. 

Respecto a las políticas posibles de llevar a cabo para movilizar estas creencias y estos discursos, que minan las redes sociales y que finalmente pueden llegar a perjudicar la salud de una población, Cafiero argumentó que convencer a la parte de la población que mantiene una postura dubitativa es crucial. “Refutar firmemente los argumentos en contra de las vacunas es parte de la solución. Pero es aún más importante crear un clima de confianza en torno a las instituciones y los médicos. Hay que dar a la población buenas razones para confiar en las instituciones”, aseguró.

Respecto a este tema, Stolkiner, quien asesoró al gobierno en distintos momentos de la actual pandemia, afirmó que, la campaña política y mediática en contra de la vacunación contra el coronavirus está basada en argumentos ilógicos y hasta peligrosos. Pese a esta campaña anti vacuna, la especialista sostuvo que la política de boicot hacia la vacunación fracasó. “Se esperaba que la gente no acepte vacunarse y la gente está esperando desesperadamente para hacerlo”, explicó. 

Por otra parte, la psicóloga hizo fuerte hincapié en que desde los gobiernos se deben fomentar las políticas de cuidado por sobre la punición y el castigo, y comentó que parte de su trabajo como asesora del gobierno ha sido remarcar esto. “Ahora aparecen algunos spots publicitarios que no están centrados en la muerte, el miedo o el temor, sino que están en fortalecer, particularmente entre los jóvenes, a aquellos que tienen conductas de cuidado”, indicó, en referencias a las propagandas oficiales de los «Cuidadanos». En la misma línea, afirmó que se deben replantear los mecanismos sociales que hacen que siempre se busque un chivo expiatorio, un culpable. Se refirió específicamente a “los jóvenes”, que son presentados como una unidad homogeneizable, y acusados de ser generadores de un rebrote de covid,  y sostuvo que mejor sería enfocarse en pensar el mundo que se les está dejando. Para finalizar, la licenciada en psicología marcó la importancia y responsabilidad de los gobiernos en enunciar un mensaje y normas claras de cuidado que deberán sostenerse probablemente por mucho tiempo.

  Feierstein, en tanto, afirmó que sería un error entrar en discusión con los antivacunas, porque el problema real y de todo el mundo hoy en día es conseguir las dosis necesarias de vacunas y poder implementar la logística necesaria para vacunar al conjunto de la población. Respecto a este tema, sostuvo que hay mucha más gente dispuesta y con la voluntad de vacunarse que la cantidad de dosis disponibles. Frente a esto concluyó que “ensalzarse en la discusión contra las vacunas  es dejar de lado los problemas centrales, que son pensar qué cuidados implementaremos hasta que logremos vacunar a la población y cómo haremos para conseguir la mayor cantidad de dosis”.