LALENGUA

EL MESÍAS DEL FONDO

DOS INFERNOS

El presidente brasileño, Jair Messías Bolsonaro, parece caminar con un bidón de nafta en medio de un incendio. Frente a la pandemia global, su liturgia exige «no parar» y promete la salvación para un Brasil que está «acima de tudo» . Pero el ascenso al cielo se asemeja más a un infierno. Mientras el país está a días de alcanzar las diez mil personas fallecidas por COVID-19, la crisis económica y política no dejó de encender nuevas chispas en este incendio. Lejos de incomodarse, el ex capitán del Ejército se muestra a gusto con el caos.

Por:  Bruno Levy  |  Foto de portada:  Gianluigi Gurgigno

“E daí? Lamento! Quer que eu faça o quê? Eu sou Messias, mas não faço milagres” (¿Y qué? Lo lamento! ¿Qué querés que haga? Soy Messías [de segundo nombre] pero no hago milagros”) fue lo que respondió Jair Bolsonaro cuando días atrás una periodista le pidió una explicación por la multiplicación de las muertes por coronavirus en el país. La posición del Presidente -mezcla de irresponsabilidad y desinterés- en algunos produjo una sensación que parece resumirse en el título del editorial de una de las periodistas estrella de O Globo, Miriam Leitão: “Bolsonaro renunció”. Una lectura que coincide con el deseo del ex presidente Fernando Henrique Cardoso en Twitter, cuando le pidió a Bolsonaro que renuncie para ahorrarle al país el costoso proceso de un Impeachment. Sin embargo, el Presidente no sólo no renunció sino que se muestra decidido a sostenerse y, al igual que el Joker, parece estar a gusto con el caos. Como afirmó Igor Carvalho, periodista del sitio Brasil de fato, “Bolsonaro no sabe gobernar si no es en medio de un clima de guerra, no sabe gobernar si no es en la adversidad”. Amar el caos más que el desenlace.

Bailaré sobre tu tumba

Según el Ministerio de Salud federal, Brasil registraba al 6 de mayo 114.715 casos positivos de COVID-19, mientras que el número de muertes por causa del virus era de 7.921. Durante varias semanas los indicadores se mantuvieron al alza, a tal punto que el flamante ministro de Salud, Nelson Teich, reconoció que, de mantenerse la tendencia, se podría llegar a las mil muertes diarias. Sin embargo, caben algunas especificaciones con respecto a las cifras oficiales.

Son varios los estudios que apuntan que el nivel de subnotificación en los registros es muy alto. El Centro de Operaciones e Inteligencia en Salud (NOIS por sus siglas en portugués), compuesto por investigadores y especialistas de distintos institutos y universidades, indica que para tener una estimación más ajustada a la realidad habría que multiplicar por 12 la cifra oficial de infectados. Lalengua conversó con Eleonora D’Orsi, Doctora en Salud Pública en el área de Epidemiología por la Fundación Oswaldo Cruz y, actualmente, profesora del Departamento de Salud Pública de la Universidad Federal de Santa Catarina, que si bien no certificó aquella cifra, confirmó que se trata de un problema que existe y que la causa principal es la falta de testeos masivos, y aseguró: “hay investigaciones que dan cuenta de una subnotificación de muertes en, al menos, el 30%, ya que los registros civiles están mostrando ese aumento en relación al promedio de los muertos de los últimos cinco años”. Vale destacar que, hasta hace pocos días, el estado de San Pablo aún tenía 30 mil exámenes sin procesar, varios de ellos pertenecientes a pacientes que fallecieron sin conocer sus resultados.

En este contexto, asusta el impacto de la pandemia en algunos sectores de la sociedad en particular. El periodista especializado en ciencia Bernardo Esteves dio un dato muy relevante en Foro de Teresina, el podcast de la revista Piauí: los ciudadanos brasileños afrodescendientes representan el 45% de las muertes registradas y el 35% de las hospitalizaciones. Dos semanas antes, el porcentaje de muertes que representaba esta población era casi la mitad: 23%. Esta cifra se corresponde también con la diferencia en las tasas de mortalidad que muestra el avance de la pandemia según el poder adquisitivo del territorio. Un informe del Instituto de Comunicación e Información de Salud (Icict/Fiocruz) refleja una tendencia a la      “interiorización” de la epidemia, que muestra cifras crecientes en ciudades chicas, generalmente del interior del país. Esto genera preocupación en los investigadores ya que esos territorios son los que cuentan con menor cantidad y capacidad de servicios de salud.

Algo muy similar se estuvo discutiendo las últimas semanas cuando se publicaron algunas cifras de la pandemia en la periferia de la ciudad de San Pablo. Hay un caso ejemplar: Brasilândia. Este distrito de la zona norte paulista, además de ser uno de los más pobres del país, es también el que muestra mayor cantidad de muertos dentro de la ciudad capital de Estado. Y cuando se comparan los datos con las zonas ricas, los números asustan. Un informe de The Intercept muestra que la tasa de mortalidad en Brasilândia es 25 veces mayor que en Morumbi, barrio rico de la zona sur del estado: en Brasilândia, el 51,5% de las personas infectadas mueren; en Morumbí, el 2%.

“Hay investigaciones que dan cuenta de una subnotificación de muertes en, al menos, el 30%, ya que los registros civiles están mostrando ese aumento en relación al promedio de los muertos de los últimos cinco años”.

Eleonora D’Orsi
Doctora en Salud Pública y profesora del Departamento de Salud Pública de la Universidad Federal de Santa Catarina

Escape perfecto

La pandemia llegó a Brasil a mediados de Marzo. Coincidió con el regreso de Bolsonaro y su comitiva desde Estados Unidos donde mantuvo una reunión con Donald Trump en el estado de Florida. De las 45 personas que regresaron en el mismo avión que el Presidente, 22 terminaron con diagnósticos positivos por COVID-19. A partir de ese día, Bolsonaro comenzó un tironeo con la opinión pública y distintos sectores del poder político. Una batalla que llegaría a momentos álgidos y, sin duda, caros para su gobierno.

Hay un asunto que estuvo agitando el avispero desde aquel día, que parece menor pero que a la brevedad puede cobrar mayor relevancia. Jair Bolsonaro dice haberse hecho dos tests después del viaje y que ambos dieron negativo. Sin embargo, durante todo este tiempo el Presidente se mostró reticente a hacer público los resultados, generando un gran manto de suspicacia a su alrededor. Esto podría ser una triste anécdota más a las que acostumbra Bolsonaro si no fuera porque desde aquel viaje, decidió conminar a la población a no seguir las indicaciones de la Organización Mundial de Salud de procurar el aislamiento preventivo. De hecho, en este tiempo el mandatario se mostró en dos manifestaciones, de convocatoria considerable, a favor del cierre del Congreso. Estas actitudes le valieron una denuncia en La Haya y otra en la Corte Suprema brasileña (STF por sus siglas en portugués): en el tribunal internacional por poner en riesgo la salud de la población; en el STF, por participar en actos contra la democracia.

Pero la actitud de Bolsonaro contra el aislamiento encontró escollos imprevistos. Casi la totalidad de los gobernadores de los estados que componen la federación, más varios alcaldes, decidieron implementar cuarentenas y aislamientos preventivos en sus territorios. Varios de los gobernadores, que habían sido aliados electorales del presidente (como Wilson Witzel y de João Dória, gobernadores de Río de Janeiro y San Pablo, respectivamente), entraron en una disputa pública contra Bolsonaro. El presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia, el presidente de la Cámara de Senadores, Davi Alcolumbre, miembros del Poder Judicial y la inmensa mayoría de los medios de comunicación salieron públicamente a acompañar la rebeldía de los caciques provinciales. Para Eleonora D’Orsi, “si Brasil no hubiese tomado las medidas de aislamiento que fueron tomadas, la curva de crecimiento estaría mucho más acentuada. De hecho, ya mostró dos desaceleraciones que coinciden con la época en que en San Pablo se decidió a hacer cuarentena. Esas medidas no fueron tomadas de la misma manera en todos los lugares y donde no se implementaron, la situación empeoró mucho más rápido”.

Seguidores de Bolsonaro, esperan al ex capitán del Ejercito en la puerta de la escuela Rosa da Fonseca, en la Villa Militar de Río de Janeiro, el día de la votación que lo consagraría presidente en octubre de 2018. Fotos: Lalengua

Todos quienes se decidieron a enfrentar al Presidente desde una posición sanitarista, vieron crecer su imagen positiva. Sucedió con todos los gobernadores, aunque el de mayor visibilidad es João Dória. Es el caso, también, del ex Ministro de Salud Henrique Mandetta, que se atrevió a ir en contra de la línea presidencial no sólo detrás de escena sino públicamente, lo que le valió ser echado del gobierno. Pero cuando parecía que no podía haber mayor escándalo que el de un Presidente echando a su ministro de Salud, en medio de una pandemia, por querer que la población se aísle tal como está haciendo la inmensa mayoría del planeta,  apareció Sergio Moro, hoy ex ministro de Justicia, y le sumó nafta al fuego.

El ex juez de la causa Lava Jato renunció a su cargo en el gobierno el viernes 24 de abril. Aunque lo suyo se pareció menos a una renuncia que a una declaración de guerra. El conflicto se desató Bolsonaro echó a Maurício Valeixo, ahora ex Director General de la Policía Federal (PF) y persona de confianza del ex juez de Curitiba, que fue quien lo había indicado para el cargo. Moro argumentó que esa decisión violaba la promesa de darle absoluta autonomía para hacer su trabajo en el ministerio y que no había recibido  ninguna razón que justifique el desplazamiento. Pero el carozo del asunto estuvo en que, según Moro, Bolsonaro le había informado que “tenía preocupación con investigaciones en curso en el Supremo Tribunal Federal [Corte Suprema] y que el cambio en la PF sería oportuno por ese motivo”. Y se dio el lujo de largar una chicana, dando a entender que ni Lula ni Dilma se habían atrevido a interferir en las investigaciones como pretendía Bolsonaro. Como si fuera poco, luego dijo no haber siquiera visto el Decreto que oficializaba la salida de Valeixo cuando, en el Boletín Oficial, el documento incluía su firma: horas después del discurso de Moro, el gobierno volvió a publicar el decreto de exoneración pero esta vez ya sin la firma del ex juez.

La defensa de Bolsonaro fue en una conferencia de prensa la tarde del mismo viernes. Acompañado por 24 funcionarios de alto rango, escoltado a su derecha por el Vicepresidente Mourão, y a su izquierda por Fernando Azevedo e Silva, Ministro de Defensa, tanto uno como el otro pertenecientes al Ejército, apuntó, primero, a afirmar que su posición le permite indicar en cargos a personas de su confianza, algo de lo que carecía Valeixo. Por otro lado, dijo haberle propuesto a Moro un cambio en la conducción de la PF y que el ex juez curitibano le pidió, a cambio, el sillón en el STF que quedará vacante en noviembre cuando se jubile Celso de Mello.

La renuncia de Moro implica la salida de uno de los feudos que Bolsonaro había construído para ganar las elecciones. Si bien su popularidad se mantiene en niveles para nada desdeñables, la mayoría de los analistas coinciden en que el gobierno pierde mucho más de lo que gana. “De modo esquemático, el bolsonarismo puede ser dividido en tres grandes grupos”, afirma William Nozaki, cientista político, economista y profesor de la Fundación Escuela de Sociología y Política de San Pablo: “la fracción orgánica conocida como olavismo, compuesta por militantes y adeptos del pensamiento de Olavo de Carvalho  (que pregonan el oscurantismo y el negacionismo); un amplio sector del lavajatismo, compuesta por los simpatizantes del ahora ex ministro Sergio Moro, que adhieren también a la agenda anti-Estado y a un neoliberalismo más progresista; y una base difusa, el anti-petismo, compuesta por todos aquellos indignados o decepcionados con las prácticas políticas de los gobiernos del PT. La renuncia de Sergio Moro explicita una fisura en la base social de ese edificio”

"El bolsonarismo puede ser dividido en tres grandes grupos: la fracción orgánica conocida como olavismo (...); un amplio sector del lavajatismo, con simpatizantes del ahora ex ministro Sergio Moro, que adhieren también a la agenda anti-Estado y a un neoliberalismo más progresista; y una base difusa, el anti-petismo (...). La renuncia de Sergio Moro explicita una fisura en la base social de ese edificio”

William Nozaki
Cientista político, economista y profesor de la Fundación Escuela de Sociología y Política de San Pablo

Mirá lo que quedó…

Eso que Moro llama lealtad a principios superiores, es una jugada maestra de táctica política. Ninguno de los analistas sensatos del país vecino tiene dudas de que en el movimiento del curitibano hay menos honestidad que astucia. El ex juez siente que “la lucha contra la corrupción política” es un campo que le pertenece y ya no es negocio concesionárselo a un político que no para de cosechar rechazos, ni siquiera en medio de una pandemia mundial, cuando casi todos los líderes del mundo ven crecer su imagen. “Llama la atención que la renuncia haya sucedido en un momento en que el gobierno y el presidente sufren tanto un aislamiento institucional como un principio de caída en la popularidad”, dice Nozaki. “La salida de Moro se da porque sabe que aún tiene capital político. La crisis por el coronavirus no ha sido todavía muy fuerte en Brasil, estamos esperando que la curva siga aumentando. Moro sale para reservar ese capital político que le queda”, coincide Esther Solano Gallego, Doctora en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, especialista en sociología política y hace varios años viviendo en Brasil, donde da clases en la Universidad Federal de San Pablo.

Sin embargo, mientras Moro disfruta del centro de la escena y pone a la defensiva a todos los actores políticos, queda saber hasta cuándo podrá gozar de esta comodidad y hacia dónde se quiere mover. Las opciones que se barajan son dos: la candidatura presidencial en 2022 o un lugar en el STF, tal como se comenta hace tiempo y denunció Bolsonaro ahora. La opción presidencial parece, en principio, la menos probable: si bien es una figura determinante del presente, la investigación que lo tuvo como juez complicó a casi todo el tablero político y a muchos empresarios; además, no posee un partido y, si bien podría ser algo solucionable, no parece tan fácil que personajes como el mencionado Doria o la eterna promesa del famoso presentador de televisión Luciano Huck se bajen de la carrera sin reparos. ¿Será el STF o, como algunos comentan, la vicepresidencia de alguno de los recientemente mencionados?

Por otro lado, queda saber cómo actuará la Justicia para ayudar a resolver estas incógnitas. Esto afecta a Moro, que está incluido en el pedido de investigación que el Procurador General de la República (PGR), Augusto Aras, elevó al STF, por las denuncias que el ex juez hizo al momento de su renuncia. Hasta ahora, sus movimientos fueron exactamente los mismos que durante el Lava Jato: filtrarle material privado a la prensa (incluso a los mismos actores que fueron los pilares mediáticos de la causa que lo elevó al estrellato, como Jornal Nacional, noticiero nocturno de Globo, y la revista Veja). Hace pocos días tuvo que prestar declaración en esta causa y lo que se supo no lo deja muy bien parado. CNN Brasil obtuvo la declaración íntegra de Moro y, allí, el ex juez declara que Bolsonaro se mostró interesado en modificar al jefe de la PF de Río de Janeiro desde agosto de 2019 y que fue insistente en presionar a Valeixo. Esto expone gravemente a Moro, que quedaría al borde de un caso de corrupción pasiva y/o incumplimiento de funcionario público.

¿Por qué Bolsonaro tendría tanto interés en modificar el comando de la Policía de Río de Janeiro en particular? Lo que indica la declaración de Moro es que Bolsonaro estaba preocupado por investigaciones que alcanzaban a diputados de su fuerza política. Pero hay que recordar que el Ministerio Público de ese Estado y la PF tienen investigaciones fuertes contra dos de sus hijos. Flávio Bolsonaro, el mayor de sus hijos y actual Senador, es acusado de recibir parte del salario de sus asesores en la Cámara Legislativa del Estado de Río de Janeiro por más de un millón de reales; una investigación reciente de The Intercept indica que parte de ese dinero desviado financió predios ilegales de las milicias. Además, Carlos Bolsonaro, el segundo de sus hijos, también está siendo investigado por los organismos de ese estado, sospechado de la misma maniobra de la que es acusado su hermano mayor.

“La salida de Moro se da porque sabe que aún tiene capital político. La crisis por el coronavirus no ha sido todavía muy fuerte en Brasil, estamos esperando que la curva siga aumentando. Moro sale para reservar ese capital político que le queda”

Esther Solano Gallego
Doctora en Sociología y profesora en la Universidad Federal de San Pablo

Malabarismo en un tornado

Justamente, el frente judicial es uno de los factores clave del escenario político brasileño en el futuro inmediato. Son varios los procesos abiertos que pueden tener inquieto al Presidente y su gobierno y habrá que ver en qué terminan y cuánto impactan.

Al cierre de este artículo, el STF aceptaba que el PGR citara a varias personas en la causa por la supuesta intención de Bolsonaro de interferir en las investigaciones de la PF. Entre ellas, se destacan tres actuales ministros del gobierno y una diputada de la fuerza oficialista, Carla Zambelli, que fue señalada inicialmente por Moro, en la primera filtración de conversaciones, como quien le acercó la propuesta de ceder a Valeixo a cambio de un lugar en el STF. Además, continúan en proceso las dos causas en poder del STF que involucran al círculo Bolsonaro: la que investiga una organización “paraestatal” encargada de esparcir noticias falsas y ataques virtuales sobre distintas autoridades políticas, conocida como la causa de las fake news o del gabinete del odio (en la que todo apunta a Carlos Bolsonaro), y la ya mencionada en relación a las manifestaciones antidemocráticas. A esto se suma el impacto que puede generar la resolución del caso por su posible infección con coronavirus: frente a la negativa del Presidente de hacer público los resultados, el diario O Estado de São Paulo se presentó ante la justicia, apelando a la Ley de Acceso a la Información Pública, para que Bolsonaro mostrata los resultados: si bien aún no lo ha hecho, la presión sigue creciendo.

Otro frente que habrá que seguir de cerca es al interior de su propia fuerza. Los pedidos de Impeachment se acumulan en la mesa de Rodrigo Maia en la Cámara de Diputados que, por lo pronto, no se muestra dispuesto a aceptar ninguno. Pero como el ambiente no favorece y los motivos sobran, Bolsonaro se dispuso a conversar con la “velha política” que tanto desprecia. Conducidos por Maia, los diputados del famoso centrão (constelación de personajes con pocos principios pero mucho poder de veto por su considerable número) negocian con el Presidente su continuidad a cambio de cargos. A su vez, los estados y municipios se ponen firmes, ante la debilidad del gobierno, para exigir recursos extraordinarios que den oxígeno fiscal ante el gran déficit que está dejando la pandemia: el martes, la Cámara de Diputados ya aprobó el giro.

Todos estos movimientos también revelan una tensión creciente con el Ministerio de Economía encabezado por Paulo Guedes, el único “superministro” civil que continúa en el gabinete, fuertemente ortodoxo en su concepción económica. Hace pocos días, el gobierno anunció el lanzamiento del Proyecto Pró-Brasil, que supone una inversión de 300.000 millones de reales que irían, en principio, a obras de infraestructura de participación público-privada. Durante el anuncio del plan no hubo ni un miembro del ministerio: quien lo anunció fue el Jefe de Gabinete, Walter Braga Netto. Los rumores sobre la renuncia de Guedes y sus colegas de ministerio son crecientes: habían llegado con la idea de achicar el gasto y, aparentemente, su concepción está siendo dejada a un costado para habilitar medidas tímidamente expansionistas que estarían administradas por el sector militar. El único guiño que consiguió Guedes en el último tiempo parece haber sido el  congelamiento de los salarios de empleados públicos hasta fines de 2021 (con la excepción de las fuerzas de seguridad y los trabajadores de la salud).

Ante semejante inestabilidad, ¿cuán probable es que avance un juicio político? En lo inmediato pareciera que hay pocas chances y hay varios motivos para suponer eso. Los sectores financieros no lo verían con buenos ojos porque consideran que un proceso de ese tipo podría repercutir de manera negativa en una economía ya muy golpeada. La pandemia impide que haya grandes movilizaciones que empujen a los congresistas a juzgar al presidente y, a su vez, si bien sufre cierto desgaste, algunas encuestas indican que el Presidente aún cuenta con la aprobación de un tercio de la población. Además, ¿no convendría acompañar de cerca las investigaciones judiciales, que de por sí pueden esmerilar al presidente, en lugar de exponerse ellos mismo a un enfrentamiento con el Ejecutivo?

Pero hay unanimidad en relación a que, lo que es pan para hoy, será hambre para mañana. Una vez que haya pasado lo peor de la pandemia y el país recobre cierta normalidad, Bolsonaro podría estar en un virtual jaque: se asume que las consecuencias sociales y económicas que dejará la pandemia serán muchísimo peores, la mayoría de los grandes medios son poco complacientes y, de la Justicia, hay motivos para suponer que pueden llegar malas noticias.