LALENGUA

ASEPSIA SOCIAL

«¿Cómo fue que nos normalizaron?» se pregunta el filosofo e investigador del CONICET José Ignacio Scasserra en este texto escrito para Lalengua donde traza siete pistas para pensar la pandemia de COVID19 desde Foucault, «sin volverse anti-vacunas en el camino». Propone valerse del padre de la biopolítica para pensar si en el contexto de aislamiento social existen márgenes para las «prácticas de libertad» y las  «vidas vivibles».

Por: José Ignacio Scasserra*  |  Foto: Melisa Molina

1) Lo sabemos: todo lo que los gobiernos hagan en relación a la pandemia puede ser comprendido como una biopolítica, es decir, una política sobre lo vivo. Su objetivo: la población, el “cuerpo-especie”. Ésta puede ser medida, calculada, cuantificada; se le predicen sus movimientos, se establecen sobre ellas leyes científicas. Su polo amigo: la anatomopolítica. Política sobre lo anatómico, lo minúsculo, lo capilar. La invasión, por parte del poder, de cada aspecto de la vida, por más insignificante que sea, en pos de administrarlo hacia un fin determinado (aún no sabemos cuál).

2) Biopolítica y anatomopolítica, entonces. El presidente dice algo y eso repercute en miles de escenas que se multiplican a lo largo del país. “No salgas, quedáte en casa” es dicho a la población argentina, y por todos lados se configuran escenas microscópicas con respecto a esa premisa. Que te saques las zapatillas al llegar a tu casa es un efecto anatómico de la biopolítica masiva impuesta sobre la sociedad argentina. La más llamativa: la vigilancia mutua, activada en un santiamén. A lxs ciudadanxs les ha costado adaptarse a quedarse en casa, pero en absoluto les resultó dificultoso poder señalar con el dedo y denunciar a quien no lo hace. 

3) Cualquier acción tomada por los estados en la actualidad es un “hacer vivir”, es decir, que no puede sino ser una biopolítica sobre la población. Se nos hace vivir como consumidores, como emprendedores, como beneficiarios o como sujetos con o sin derechos. Ahí, una trampita: se nos supone de esa manera y luego se nos produce de esa forma, en un malabar donde el huevo y la gallina, como siempre, se confunden. El Estado asume que somos “sujetos de derecho” por ejemplo, y al hacerlo, nos constituye como tales. Cambia el gobierno, y el Estado asume que no somos más sujetos de derecho (“les hicieron creer que…”) e, inmediatamente, dejamos de serlo.

4) El poder lo invade y dictamina todo. No nos inhibe ni nos reprime (o al menos, no principalmente): al contrario, nos incita, nos estimula, nos administra de determinada manera. Al poder no le interesa golpearnos si salimos de casa; lo que le interesa es que nos quedemos en casa. Su foco está puesto en producir ciudadanos que acepten quedarse en su casa, (“romanticen su cuarentena” le dicen ahora), y compartan en redes sociales el último pan de masa madre que hicieron con su tiempo libre.

5) Nótese lo más importante: hasta aquí, ningún juicio de valor. Foucault mismo en cierta entrevista una vez se sorprendió: “¿Cuándo he dicho yo que el poder era malo?” O al menos “¿Cuándo he dicho yo que el poder era malo en principio?” No olvidemos lo fundamental: como telón de fondo, el poder se está pensando como una relación, no como una cosa. Nuestras preguntas aquí son sobre sus mecanismos de funcionamiento, no sobre valoraciones morales. Nadie dijo que el poder que todo lo invade sea bueno o malo. No todavía, al menos.

"Denunciar la biopolítica y al saber-poder médico/psiquiátrico como malos a priori es ir contra todo el espíritu foucaultiano. De ahí a ser anti-vacunas, hay solo un par de pasitos". 

"Quizás, sólo quizás, el “mal” no está tanto en el “poder-saber médico”, sino que habita en nosotrxs mismxs".

6) Denunciar la biopolítica y al saber-poder médico/psiquiátrico como malos en sí es ir contra todo el espíritu foucaultiano. De allí a ser anti-vacunas, solo un par de pasitos. Se imagina a la pobre población víctima del “saber bio-médico” que quiere reprimir sus instintos más naturales. Es necesario desalentar ese tipo de lecturas; no hacen sino contribuir en la idea de “anti-ciencia” que usualmente se le atribuye (injustamente) a pensadores como Foucault. Se trata, por el contrario, de ser críticxs con esas instancias; y la crítica busca dar con la historia, la cadena de eventos que hizo que determinada situación sea posible, para desprender de allí la posibilidad de que ya no sea de esa manera. Si se critica la medicina, Foucault lo ha dicho, es para crear otra medicina, no para anularla y destruírla.

7) Dicho todo esto; ¿cuáles son los efectos de las biopolíticas de estado adoptadas a partir de la pandemia? ¿son deseables y protegen a la población? ¿protegen a todxs por igual? ¿qué modos de vida posible habilitan, que vidas virtuales permiten, qué situaciones inhiben? ¿son para defender a un puñado de ricos solamente? ¿son para aumentar ganancias, o llenar arcas lejanas? Y, sobre nosotrxs mismxs: ¿Cómo fue posible que estuviéramos tan preparadxs para la atomización social? ¿Y para el control mutuo? ¿Dónde aprendimos tanta regulación, tanta denuncia? ¿Cuándo naturalizamos la presencia policial? ¿Cómo se logró que acatemos felizmente las órdenes del estado, aunque fuera en detrimento de nuestras economías? ¿Cómo se produjeron ciudadanxs ilustres y dóciles que se sacan selfies para apoyar las políticas actuales? En definitiva: ¿Cómo fue que nos normalizaron? Y más aún; esa normalización: ¿genera prácticas de libertad, genera vidas vivibles, o genera muerte en algunas zonas y riqueza en otras? He allí preguntas propiamente foucaultianas que parecen fértiles para el pensamiento pues nos hacen jugar en la incomodidad. Quizás, sólo quizás, el “mal” no está tanto en el “poder-saber médico”, sino que habita en nosotrxs mismxs. Abandonemos, pues, el dedito que con reproche se levanta contra algo por ser “bio-política”, al menos antes de hacernos estas preguntas. Las preguntas morales vienen después, y tienen que ver con el registro de los efectos. En primera instancia es necesario comprender lo que tenemos en frente: el estado haciéndose cargo (o no) de las vidas para enfrentar una pandemia. Una vez hecho esto, podemos volver a pensar si queremos compartir un meme tan desafortunado:

*  Filosofo y becario doctoral CONICET, especializado en Ética y Subjetivación, y el problema de la crítica en Michel Foucault.