LALENGUA

LA VOZ Y EL CUERPO: PSICOANÁLISIS EN CUARENTENA

Los psicoanalistas Alexandra Kohan, Luis Salamone y Mauricio Beltrán conversaron con Lalengua sobre los modos de abordar el análisis durante la cuarentena, el impacto que tendrá el confinamiento en la subjetividad, la importancia de la angustia ante el imperativo de productividad, y reflexionaron acerca del modo en que las personas saldrán al mundo una vez terminada la pandemia. 

Por Pilar Molina y Emiliano Montelongo |  Fotos: Melisa Molina

¿Cómo se están llevando adelante las terapias psicoanalíticas en medio de la cuarentena obligatoria?; ¿cómo pensar la presencia del analista en la modalidad virtual?; ¿qué efectos causa y causará el confinamiento en los vínculos entre los sujetos?; ¿qué puede aportar el psicoanálisis ante el “imperativo de productividad” que está en boga? Estas y otras preguntas respondieron los psicoanalistas Alexandra Kohan, Luis Salamone y Mauricio Beltrán consultados por Lalengua para analizar los efectos  en las subjetividades que está causando la cuarentena obligatoria decretada por el Gobierno Nacional frente al avance de la pandemia de Covid-19.

Como muchas otras y otros analistas, Kohan se encuentra atendiendo a sus pacientes de manera virtual. Para ella no es una experiencia demasiado extraña, ya que se trata de una práctica que realizaba anteriormente, pero sólo “en casos excepcionales con pacientes que viven a distancia”. En ese sentido, sostuvo que “estoy llevando a cabo la práctica por teléfono y por videollamada. Por supuesto no son lo mismo porque la presencia, aunque sea a través del vídeo, cambia la situación. En el teléfono actúa la presencia de la voz, la cual suspende un poco todo lo que tiene que ver con las pantallas y produce algún efecto más que el video. La voz tiene que ver con la presencia del cuerpo, en el video hay una pregnancia de la imagen”.

En esa misma línea, Salamone, quien además de psicoanalista es responsable del departamento de Toxicomanías y Alcoholismo de la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL), indicó que también era común para él atender por teléfono a pacientes que viven lejos -incluso algunos en otros países- y que, frente a la situación de la cuarentena, lo que más está utilizando son las llamadas telefónicas. “Las videollamadas las utilizo en casos excepcionales, en general, para gente que está en las primeras entrevistas, que es cuando uno en el consultorio ve al analista cara a cara”, explicó. Asimismo, afirmó que debido a esta situación no solo su consultorio pasó al teléfono, sino también las clases que da habitualmente en institutos de formación psicoanalítica. “Lo que nos está pasando a mi y a varios colegas es que pensábamos que íbamos a disponer de más tiempo y ocurrió al revés, hay mucho para hacer. Estoy trabajando no sólo al nivel que lo venía haciendo, sino aún más”, explicó

Beltrán aportó su experiencia como analista de niños diagnosticados de psicosis y autismo, y sostuvo que “con los niños no es una novedad el uso de estas tecnologías porque ellos requieren, en general, de algún tipo de trabajo donde apelan a la circulación de audios, vídeos o llamadas por WhatsApp”. Respecto al debate entre videollamada o teléfono comentó que, “a diferencia de otros colegas, yo ofrecí ambas posibilidades y lo que se terminó dando en su mayoría fueron las videollamadas. Hay algo de la imagen, yendo específicamente al trabajo con niños con autismo y psicosis, que hace anclaje, que entusiasma y que interesa más que la palabra”. En ese punto, el psicoanalista agregó que “en el caso de los niños hay algo de la imagen que capta, que organiza, encuadra y enmarca mejor que la palabra. Me parece más operativo, más ordenador e incluso se generan diálogos más estables con la imagen en el teléfono”. 

Beltrán destacó que con estas nuevas modalidades virtuales aparecen datos muy interesantes para analizar: “hay niños que se acomodan de una manera particular en relación con esa imagen que los capta; niños que se corren de cuadro, otros que quieren ver mi imagen pero no ser vistos o niños que se tapan el rostro. La presencia de mi imagen en general es requerida, pero ellos hacen un uso particular de su imagen en la pantalla”, enumeró. También detalló que algunos chicos “están con un grado de tranquilidad mayor al que se observa habitualmente”, aunque “no es una experiencia que pueda llevar adelante con absolutamente todos mis pacientes, hay niños con los que trato de estar presente de alguna manera, pero también rehúsan a esta modalidad. Hay que ser muy creativo y apelar a la invención para hacer frente a ese no consentimiento de algunos pacientes”.

En relación a la pregunta sobre cómo pensar y poner en juego la presencia del analista bajo la modalidad de atención a distancia, las opiniones fueron diversas. Kohan opinó que “no podemos definir a priori sí ésto es o no es psicoanálisis, como tampoco podríamos asegurar que la sola presencia de dos cuerpos genera una situación analítica. Hay que ver los efectos que se producen o no en cada caso”. Además, apuntó que “lo que sí me parece es que, ante la ausencia total del cuerpo presente -por la situación de aislamiento obligatorio-, la voz es un buen representante del cuerpo”. La psicoanalista remarcó que “si bien no están los cuerpos, eso no significa que no vaya a haber efectos analíticos”. En ese sentido, aclaró que “la presencia de los cuerpos y el encuentro producen algo, pero ese ‘encuentro’ no está garantizado por ser una sesión presencial, si no pensaríamos que el dispositivo funciona perfecto y no es así”. Kohan cuestionó el hecho de que el “consultorio y los dos cuerpos presentes ya garantizan que hay psicoanálisis. ¿No lo habría en un hospital o cualquier otro ámbito? Allí también trabajan los psicoanalistas y justamente Lacan fue crítico con los post-freudianos en este punto”. Para ella “el psicoanálisis no depende del encuadre, depende más bien del deseo del analista”. 

Salamone opinó, sobre este aspecto, que “la presencia física del analista -si bien es y tiene una función importante-, también se puede jugar en el teléfono”, aunque no está de acuerdo “en plantear que sea lo mismo”. “No creo que sea imposible y tampoco que sea lo mismo. Creo que hay cosas que se pierden ante esta ‘no presencia’. No es lo mismo darle la mano a alguien o abrazarlo -cuestiones que uno puede hacer cuando se encuentra con los analizantes- que no poder hacerlo”, aclaró. Como una posible respuesta, el analista esbozó que “frente a esto hay que inventar intervenciones que puedan, de alguna manera, dar lugar a cosas de ese tipo pero por medio de la palabra”. “Si somos lacanianos entenderemos que decir a alguien con la suficiente convicción ‘te mando un abrazo’ tendrá su impacto porque creemos que el significante tiene un peso”, señaló y como ejemplo mencionó el primer seminario traducido de Lacan en repartía entre sus alumnos un papel con un dibujo de un elefante, y de esa forma mostraba la preeminencia de lo simbólico. “Lacan decía: ‘he introducido el elefante en la sala’. Basta nombrar elefante para que uno pueda imaginarlo y que lo tengamos en nuestra cabeza”, respuso Salamone. “La palabra que uno emite no solamente puede tener un estatuto simbólico, sino que también puede tener un estatuto real. La presencia del analista implica un analista, si el analista está, puede estarlo en un discurso también. Se puede jugar con eso de diferentes formas”, señaló luego.

Por otra parte, comentó particularidades en el modo de adherir de sus pacientes ante la propuesta de atención virtual y la influencia que tiene la palabra del analista para que esto sea o no operativo: “Si uno dice ‘estoy atendiendo con el teléfono, si queres llámame’, no está transmitiendo una decisión. Esto implica mucho peso de acto. No estoy de acuerdo tampoco con que tenga que ser un forzamiento, por lo menos en sentido más yoico del término”. Él considera que lo mejor es “dejar la libertad para que cada uno decida, pero transmitirlo con cierta firmeza, comentando que la opción que nos queda es seguir trabajando de esta forma y si el otro dice ‘no quiero’, de acuerdo, porque se juegan resistencias. El punto es cómo tratarlas, porque el analista ya no está ahí para ‘presionar’. Habrá que ver si esperar, si relanzar la invitación, si ofrecerle hacer la sesión de alguna otra manera. Es caso a caso”, puntualizó.

La presencia del analista, desde la perspectiva de Beltrán, “tiene que ver con garantizar un lugar y eso puede darse con una presencia física o virtual”. “Hay algo de la voz y de la mirada que se juega en este dispositivo al que todos de alguna manera fuimos empujados durante la cuarentena”, opinó. Para él lo virtual “se ha vuelto el recurso pleno y no hay que renegar de eso”. “Es una herramienta que nos permite mantener viva la clínica y estar presentes, de alguna manera, para nuestros analizantes”, indicó.

Ante la pregunta acerca de qué puede aportar el psicoanálisis para pensar sobre el “imperativo de productividad” reinante durante el último tiempo, Kohan sostuvo que “el psicoanálisis es un lugar en donde se puede suspender ese imperativo y que en general va a contrapelo de la productividad. En ese punto el psicoanálisis tiene mucho para decir en relación a los efectos de rechazar la angustia de cuajo”. “Me parece que hoy en día la angustia vuelve a acomodar la espacialidad real que se perdió. Por eso, rechazarla en pos de ‘ser productivos’ va a traer efectos que son contraproducentes y que agregarían malestar al malestar existente”, remarcó. 

Sin embargo, Kohan diferenció entre distintas formas de “estar angustiado”: “estar angustiado no quiere decir estar echado y deprimido en una cama sin hacer nada, sino darle lugar a esa extrañeza, a eso más inquietante que se subraya hoy acerca de que no se sabe que va a pasar. En realidad nunca se sabe que va a pasar, solo que en la vida cotidiana tal y como estaba antes configurada, uno se olvida de esto, de que el otro no tiene garantías para nuestra existencia”. Luego agregó: “eso que neuróticamente uno vela todos los días ahora está en evidencia: nadie sabe lo que va a pasar, ni cómo vamos a pasar esto”.

Salamone, por su parte, sostuvo que “cómo actúa este imperativo en cada uno es singular, pero hay que tener cuidado y que ese mecanismo singular no sea negar lo que se está jugando en la realidad, cierta angustia, porque eso puede llevar a que uno, por ejemplo, salga a la calle a correr y romper la cuarentena”. A diferencia de ciertos sentimientos de extrañeza y temor que comentaba Kohan percibidos en sus analizantes, Salamone aportó que en su experiencia clínica singular, “salvo excepciones, no he visto gente angustiada por miedo al contagio. Sí hay, con mayor intensidad, cuestiones de negación. Creo que es un mecanismo de defensa lógico frente a una situación de peligro”.

Los tres psicoanalistas estuvieron de acuerdo con que es difícil pensar los efectos a futuro que dejará la cuarentena y el escenario planteado por la pandemia en la subjetividad, aunque en el presente ya notan ciertas particularidades. Kohan afirmó que “decir cualquier cosa sobre el futuro sería ir en contra del modo de leer que tiene el psicoanálisis, que es siempre retroactivo. Una cosa son los efectos y otra son los cambios. Podemos decir que ya estamos habitando el cambio, lo que no es seguro es que perdure o se mantenga y de qué forma. Es probable que haya efectos porque la vida cotidiana quedó trastocada y eso genera extrañeza en la percepción del tiempo, del espacio, del cuerpo y del sueño”. 

Salamone, en tanto, afirmó que hay y habrá cambios: “creo que hay cambios radicales. En aislamiento uno se enfrenta a muchas cuestiones que tienen que ver con la personalidad, la singularidad, con el tipo de reacción que tiene cada uno. Hay gente que puede tener un tinte paranoico y perseguirse, o maníaco y pasar al acto, o melancólico u obsesivo. En este último caso algunas defensas son de mucha utilidad en esta situación”. Luego indicó que “no soy muy optimista de creer que la humanidad a partir de ahora salga a aplaudir a los médicos toda la vida o sean bondadosos unos con otros. Las cosas se olvidan bastante pronto, pero creo que va a cambiar el lugar que van teniendo ciertas cosas, que cada vez van ganando más terreno como las cuestiones virtuales”. 

Beltrán opinó que “en los adultos fundamentalmente el afecto generalizable es la extrañeza. En los niños no se si caracterizarlo de la misma manera, sí hay cierto grado de sorpresa. Pero pienso que cada uno se acomoda singularmente a esta situación y al uso de estos dispositivos y lo que me resulta interesante es que la técnica no puede establecer una generalidad de comportamientos en relación al uso, sino que cada quien hace un uso particular y singular de esta experiencia”. Por otra parte, reflexionó que “más allá de esta situación, muchas veces estamos segregados del otro aunque estemos con él. En ese punto la cuarentena quizás nos haga tener más registro de ese otro porque hoy cada uno está aislado, segregado en su dispositivo electrónico y cuesta mucho sostener el lazo sin la intervención constante de toda la aparatología que nos rodea y de alguna manera ordena nuestro mundo en la actualidad”. Finalmente, el analista indicó que “me parece fundamental sostener los espacios en la modalidad que sea viable en este periodo porque más allá de la cuarentena en nuestra sociedad hay un empuje al aislamiento. Esto puede significar cierto ‘despertar’ que nos muestra la verdadera necesidad de estar con otros”.