LALENGUA

EL CARNAVAL Y LA PESTE

No es la primera vez que la sociedad argentina está pendiente del número de personas infectadas y de muertes producto de la expansión sin límites de una enfermedad. A fines del siglo XIX, mientras las autoridades ilustradas buscaban importar la versión civilizada del carnaval europeo, la fiebre amarilla arrasó con un porcentaje considerable de la población porteña y produjo una reconfiguración geográfica de la Ciudad de Buenos Aires. En diálogo con Lalengua, el director del Centro de Arqueología Urbana de la Facultad de Arquitectura,  Diseño y Urbanismo de la UBA, Daniel Schávelzon, explicó las causas y los motivos de la proliferación de aquella epidemia, y ayudó a reconstruir la crónica de la peste. 

Por: Marcos Príncipi  |  Imagen:Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires”, de Juan Manuel Blanes Fotos: Archivo General de la Nación

En el año 1845 un entusiasta Domingo Faustino Sarmiento, exiliado en Chile desde 1840, se propuso emprender un viaje de dos años por distintas partes del mundo y conocer así las maravillas de la modernidad.  El objetivo central era estudiar los sistemas escolares y las políticas migratorias en Europa y Estados Unidos. El punto de partida fue Valparaiso y su destinos fueron Montevideo, Río de Janeiro, Francia, España, Argélia, Italia, Alemania, Suiza, Inglaterra, Estados Unidos, Canadá y Cuba. Los aprendizajes, aventuras y desventuras de este viaje quedaron registrados en numerosas cartas y cuadernos de viaje. 

En Roma, Sarmiento participó de los carnavales donde conoció la tradición de las máscaras venecianas y quedó atraído por la idea del anonimato como forma de borrar, por un momento, la desigualdad de clases sociales. Tal fue su fascinación con los carnavales que en su primer verano como presidente argentino, en el año 1869, organizó el primer corso oficial de Buenos Aires. La ciudad se disponía a dejar en el pasado la epidemia del cólera que, dos años atrás, en 1867, había causado la muerte de 1653 personas. Entre ellos, uno de los fallecidos había sido el vicepresidente de la Nación Marcos Paz, que se encontraba a cargo del Poder Ejecutivo por la ausencia de Bartolomé Mitre, quien estaba al frente de la guerra del Paraguay.

"El día de mi llegada a Roma, la campana del capitolio empezó a tañer a golpes redoblados pasado el mediodía. Y un murmullo respondió de todos los ángulos de la ciudad a una señal impacientemente esperada como la voz del ángel del placer que llama a los muertos a una vida febril. Era la apertura del Carnaval". 

Domingo Faustino Sarmiento
Diarios de Viaje

Los carnavales ya existían hacía varias decenas de años en estas tierras. Lo celebraban las comunidades afroargentinas como un ámbito más en donde compartir su música, danzas y cantos. Pero al carnaval de Sarmiento se lo concebía a la europea, como un espacio acotado para que la aristocracia porteña se liberara de las normas opresivas, donde el desenfreno estaba permitido. De estos carnavales los negros fueron excluidos y, además, ridiculizados. En unos de sus viajes a Estados Unidos, Sarmiento había  conocido e invitado al país a algunas compañías de minstrels (género teatral-musical típicamente estadounidense). Dichas compañías estaban conformadas por blancos que se pintaban la cara de negros para caricaturizar a los afroamericanos, mostrándolos como seres inferiores, primitivos y perezosos. Estos grupos tuvieron tanta repercusión en Buenos Aires que durante los años siguientes los porteños blancos de clase alta comenzaron a imitarlos para burlarse de los negros. La estigmatización fue tomada por los afroporteños como una ofensa a sus tradiciones, por lo que decidieron retirar al candombe de la escena pública, practicándolo sólo en espacios íntimos. Pero el racismo no era la única amenaza para el pueblo porteño. Había otra que crecía de forma más silenciosa. 

Buenos Aires ya había dejado de ser la pequeña aldea para transformarse en una incipiente ciudad en constante crecimiento. Cuatro vapores por mes la conectaban con Europa fomentando su expansión. Según el primer censo realizado en Argentina en septiembre de 1869 la población de la Ciudad llegaba a los 187.346 habitantes distribuidos en un radio urbano de un poco más de 3 km. Esta cifra representaba el 70 por ciento de la población repartida por el territorio argentino. La mitad de los habitantes de la ciudad eran extranjeros y, entre ellos, 44.233 eran italianos,  14.609 españoles y 13.462  franceses. También había alemanes,  belgas, rusos, afrodecendientes y un porcentaje significativo de  latinoamericanos. “Era un ciudad que no tenía la infraestructura adecuada para ese volumen de población. No había agua corriente, red cloacal, ni ningún sistema de descarte de agua o basura” explicó el arquitecto y arqueólogo, Daniel Schávelzon, en comunicación con Lalengua. “Buenos Aires ya había vivido epidemias que daban cuenta de los problemas de salubridad de la ciudad y, sin embargo, seguía creciendo sin planificación y sin infraestructura sanitaria”, agregó el director del Centro de Arqueología Urbana de la Facultad de Arquitectura,  Diseño y Urbanismo de la UBA.

Se trataba por entonces de una ciudad ambigua, que matizaba rasgos de una moderna, parecida a las capitales europeas, pero con graves problemas de contaminación con basura acumulada y agua podrida. Una ciudad no muy grande, bastante pobre y muy extendida. De 19.000 viviendas urbanas, 2.300 eran de madera o barro y paja. Los conventillos carecían de la más elemental higiene. Era común por esa época el sistema de “Agua va!”, famosa frase que se decía al arrojar por las ventanas las bacinillas cargadas de meo y mierda.

El Riachuelo ya por esos años estaba contaminado. La ciudad lo había convertido en un receptáculo de aguas servidas y desperdicios arrojados por los mataderos, saladeros y graserias instalados en el sus costas, lo que generaba la consiguiente contaminación del agua de los pozos y del Río de la Plata, de los cuales bebía gran parte de la población. Para limpiar las aguas de los aljibes existía la costumbre de meter en ellos tortugas de río, ya que comían las hojas y los bichos que caían dentro, pero no tenían en cuenta la defecación de estos animales. Residuos de todo tipo se utilizaban para nivelar terrenos y calles. Éstas eran muy angostas y por entonces no existían las avenidas —la primera fue la Avenida de Mayo, inaugurada en el año 1894.  había pocas plazas, la mayoría casi desprovistas de vegetación. Ese ambiente insalubre fue el ideal para que se instalará y propagara por la ciudad el Aedes Aegypti, un mosquito originario de áfrica, que puede ser portador del virus del dengue y de la fiebre amarilla y que se lo reconoce por sus manchas blancas.   

En 1871, con dos años de experiencia realizando los festejos, Sarmiento prometía la realización de los mejores carnavales. La organización y los gastos corrían por cuenta de la Nación, la Provincia de Buenos Aires, gobernada por Emilio Castro, y el municipio de Buenos Aires, presidido por Narciso Martínez de Hoz. La fecha de inicio de los mismos estaba estipulada para el 24 de febrero y se extenderián durante varios días. Las expectativas de los porteños aumentaban conforme iban pasando los primero días del caluroso enero.   

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El 27 de enero, a menos de un mes de la llegada del carnaval, tres extrañas muertes tuvieron lugar en el barrio de San Telmo. En la calle Bolivar al 392, fallecieron en un pequeño conventillo de ocho cuartos el italiano Ángel Binollo, de 68 años, y su nuera Colomba de 18 años. Ambos habían sido atendidos por el doctor Juan Antonio Argerich, quien no había podido evitar sus muertes. En el certificado de defunción Argerich expresó que el deceso Binollo fue producto de una gastroenteritis y el de Colomba de una inflamación de los pulmones. El médico había expresado erróneamente el diagnóstico a propósito, para no alarmar a los inquilinos de la casa y a los vecinos del barrio, pero la notificación que le llegó al jefe de la policía de la sección 14, Enrique Gorman, consignó que ambos habían muerto por fiebre amarilla. A esta enfermedad se llamaba y se la llama así, porque a muchos infectados les da ictericia y se les pone la piel amarilla.

A partir de esa fecha se empezaron a registrar algunos casos diarios, significativos para la comisión municipal, que había decidido desoír las advertencias sobre la enfermedad y continuó con la organización del carnaval. El 22 de febrero se habían registrado diez nuevos casos y la peste ya no  pasaba desapercibida. Al día siguiente, el doctor Eduardo Wilde, quien venía atendiendo a varios pacientes que presentaban los síntomas de la fiebre amarilla, afirmó que se estaba en presencia de un brote febril. ¿Cuáles son los síntomas de esta enfermedad? Según el médico infectólogo José Carranza, “inicia con fuertes dolores de cabeza y articulaciones, cansancio y fiebre. En su fase más avanzada,  se caracteriza por atacar el hígado y, al ser este el órgano productor de los factores que producen la coagulación de la sangre, su falla genera hemorragias en  la nariz, la boca, el estómago y el recto. La sangre en el estómago se torna negra por la acción de los ácidos gástricos. De allí el particular seudónimo con el que  se conoce a la enfermedad: vómito negro. La falla hepática también produce el característico color amarillo en la piel y pupilas, además de períodos de alta fiebre,  delirios y estertores” (Carranza, 2008: 57.).

Cuando empezaron los carnavales, el número de enfermos habían aumentado exponencialmente y las muertes diarias llegaron a la decena. Los festejos entretuvieron con música, bailes y comparsa a los porteños que, en su mayoría, ignoraban el desarrollo de una epidemia que ya era incontrolable. La enfermedad que se ocultó en febrero, en marzo ya era invencible. Recién cuando la peste llegó a los barrios aristocráticos, las autoridades decidieron suspender los festejos: el 2 de marzo, cuando el carnaval llegaba a su fin, se prohibió la continuación de los festejos. Febrero había terminado con casi 300 muertes y entre el 1 y el 5 de marzo el promedio de bajas diarias ascendió a 45. A partir del 6 la epidemia adquirió una violencia inusitada causando unas cien víctimas diarias. El pánico se apoderó de la ciudad y colapsaron todos los servicios. El gobierno decretó feriado hasta fin de mes y declaró la emergencia en los hospitales, ya para entonces desbordados. Empezaron a escasear todo tipo de cosas; féretros y carpinteros que los fabricaran, sepulturas y sepultureros, y hasta carros para trasladar a los difuntos. En ese entonces había solo 40 para toda la ciudad.

“La ciudad ofrece de noche un aspecto tan sombrío que verdaderamente parece que el terrible flagelo hubiese arrasado con todos sus habitantes”

Diario la Tribuna
4 de marzo de 1871.

Con el avance de la peste se cerraron los comercio y se paralizó casi toda actividad. La  población comenzó a dedicarse casi exclusivamente a comentar y denunciar la llegada  de nuevos casos. Las manifestaciones religiosas se multiplicaban y eran habituales las celebración de misas y rezos colectivos. Los médicos tenían  conocimientos previos  de la fiebre amarilla por su aparición en menor escala durante los años anteriores y por  escritos sobre sucesos similares con la enfermedad en otras partes del mundo -principalmente de los grandes referentes culturales como  Francia o Inglaterra -, pero su experiencia en cómo tratarla era casi nula. Hasta el momento no existía cura y los tratamientos eran empíricos.

A nadie se le ocurría la posibilidad de que un mosquito pudiera ser el transmisor de esta enfermedad. Se pensaba que la fiebre amarilla provenía de una especie de transpiración o fluido que salía del cuerpo de los enfermos, que luego era respirado por el sanos. Por eso se procuraba depurar los organismos recetando pastillas purgantes y eméticos -remedios que provocan el vómito- a los pacientes. El enfermo, que por lo general ya estaba en muy mal estado, moria deshidratado por el vómito y la diarrea. Algunos recomendaban otorgar masajes para mantener caliente el cuerpo de los infectados. Se llegó a sugerir frotar con ortigas a los enfermos para  estimular su piel. También se recetaban infusiones de láudano, yerbabuena, manzanilla, cedrón, hojas de naranjo o coca, como también las “bebidas espirituosas”, vinos y coñacs. No faltaron, obviamente, los charlatanes y estafadores prometiendo santos remedios.

“Si te sientes abatido, con dolor en la cintura, con el vientre descompuesto y en la frente calentura, si ves tu dorsal espina molestarte acaso mucho, si hay pesadez en tu vista con cierta dosis de chucho, por dios no tengas miedo, es solo fiebre amarilla y aunque mata a medio mundo es una fiebre sencilla”.

Columna humoristica diario La Prensa
28 de abril de 1971

Ante el avance de la letal enfermedad se produjeron desmanes en toda la ciudad. Aumentaron los robos y se organizaron algunos saqueos y disturbios. Muerto de miedo, el sector más pudiente de la ciudad empezó a retirarse del casco histórico, para radicarse en la periferia y dando origen así al proceso de afincamiento de lo que luego serían importantes ciudades y barrios. Se estima que casi dos tercios de los habitantes abandonaron sus casas para irse al campo o a los barrios más alejados. Las casonas de San Telmo y Monserrat se transformaron en conventillos alquilados para los inmigrantes. El propio Sarmiento se subió a un tren destino al pueblo de Mercedes, donde se hospedó a la espera de que pasara la enfermedad. La conducta del primer mandatario fue imitada por su vicepresidente, Adolfo Alsina, y gran parte del gabinete, además de diputados, senadores y miembros de la Corte Suprema. 

“Los espíritus fuertes sin desfallecer en su tarea ardiente han llegado sin embargo a convenir que es necesario que Buenos Aires se despueble. Tarde desgraciadamente hemos venido a una conclusión tan dolorosa, todos los cálculos han resultado fallidos, los que hemos escrito sobre higiene hemos poetizado, lo que hemos creído que el flagelo disminuía, hemos soñado. Uir, salir de la ciudad, es el consejo que la comisión popular acaba de dar”.

Diario La Prensa
11 de marzo de 1871

El 13 de marzo, después de una convocatoria  del periodística Evaristo Carriego, se congregaron frente a la Catedral de la Plaza de la Victoria -Plaza de Mayo- miles de personas que habían permanecido en la ciudad. “Cuando tantos huyen que haya siquiera algunos que permanezcan en el lugar del peligro socorriendo a aquellos que no pueden proporcionarse una regular asistencia”, dijo Carriego frente a los que participaron de la reunión. De esa asamblea surgió la comisión popular de salubridad pública que tuvo como presidente al doctor José Roque Pérez y por vicepresidente al periodista Héctor Florencio Varela. La integraban también Adolfo Argerich, Carlos Guido Spano, Francisco López Torres y el propio Carriego.

A partir del 20 de marzo las muertes empezaron a superar el límite de las 200 diarias. Entre las víctimas estuvieron el doctor Luis de la Peña, educador y ex ministro de Justo José Urquiza, el ex diputado Juan Agustín García, el doctor Ventura Bosch, el padre Fahy y el pintor Flanklin Rawson. También murieron, días más tarde, los doctores Francisco Javier Muñiz, Carlos Keen, Adolfo Argerich y José Roque Pérez. Los dos últimos fueron los protagonistas del cuadro Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires”, del pintor Juan Manuel Blanes. Los cementerios de La Recoleta, el de Disidentes y el del Sur (donde hoy está ubicado el parque Ameghino) quedaron saturados. Ante esta situación, el entonces gobernador Emilio Castro elevó  al ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, doctor Nicolás Avellaneda, un memorial sobre la apertura de un nuevo cementerio en el campo de deportes del Colegio San Ignacio, conocido como “Chacarita de los Colegiales”: el cementerio de Chacarita. 

Para llegar hasta a este nuevo cementerio y transportar la enorme cantidad de muertos ordenaron también la construcción de un nuevo ramal del ferrocarril para facilitar la tarea de darles rápida sepultura. El nuevo trayecto nacía en una estación ubicada en Bermejo (Jean Jaurés) y Corrientes, y sería llamada posteriormente “La estación fúnebre”. El 11 de abril el ramal ya había sido terminado y quedaba a disposición de las autoridades junto con la formación y el personal que lo conduciría. La locomotora de este corto tren de dos vagones era La Porteña y su maquinista John Allan, misma máquina y mismo conductor que en aquel lejano 29 de agosto de 1857 habían dado inicio a la historia ferroviaria argentina. El 14 de abril se inauguró el cementerio y el Tranvía Fúnebre. En el primer dìa la locomotora tuvo que llevar 345 ataúdes y durantes un mes realizaría dos viajes de la muerte por dia. El 17 de abril John Allan murió infectado por la implacable enfermedad y miembros de la  comisión popular tuvieron que empezar a mover el tren.

“Porque la entraña del cementerio del sur fue saciada por la fiebre amarilla hasta decir basta; porque los conventillos hondos del sur mandaron muerte sobre la cara de Buenos Aires y porque Buenos Aires no pudo mirar esa muerte, a paladas te abrieron en la punta pérdida del oeste, detrás de las tormentas de tierra y del barrial pesado y primitivo que hizo a los cuarteadores. Allí no había más que el mundo y las costumbres de las estrellas sobre unas chacras, y el tren salía de un galón en Bermejo con los olvidos de la muerte: muertos de barba derrumbada y ojos en vela, muertas de carne desalmada y sin magia”.

Fragmento del poema La Chacarita de Jorge Luis Borges
Cuaderno de San Martín, 1929.

Abril fue el mes en que murió Buenos Aires. En los días 9, 10 y 11 se registraron más de 500 muertes diarias. La fiebre amarilla es una enfermedad tropical. El virus necesita por lo menos una temperatura ambiente superior a los 15 grados. Sin embargo, la llegada del otoño no detuvo la cantidad de muertes. Daniel Schávelzon consideró que esto pudo haber sido motivo de la poca ventilación que había en los conventillos por aquellos años y en la utilización de braseros dentro de las casas para mantener los ambientes cálidos y húmedos. Recién a mediados de mayo los decesos empezaron a menguar y la ciudad volvió a recuperar cierta normalidad. El día 20 la comisión popular da por finalizada su misión. El brote de fiebre amarilla se disipó, con un saldo de 15 mil muertos, casi el diez por ciento de los habitantes de la ciudad, en su mayoría pertenecientes a los sectores más pobres. El 60 por ciento de las víctimas no recibió ningún tipo de asistencia médica. La mitad de los muertos fueron niños; seis mil eran inmigrantes italianos, pero la peste también causó estrago en la población negra. “La epidemia puso en evidencia la falta de previsión y la necesidad  introducir obras fundamentales, pero no generó cambios estructurales en corto plazo. Al contrario, puso en evidencia la lentitud que implicaba cualquier cambio”, comentó Schavelzon. Tampoco la dirigencia pagó un costo en lo político por la inacción. Sarmiento cumplio su mandato y dejó la presidencia en 1874.

La epidemia puso en evidencia la falta de previsión e inclusión en la ciudad. Las obras tardaron en llegar. En 1872 se aprobó el proyecto presentado por la firma del ingeniero inglés john Frederick La Trobe Bateman para que se ampliaran las instalaciones de agua corriente y para encarar los desagües cloacales. Estos convenios con Bateman, despertaron las críticas del senador  Rafael Hernández quien veía negociados detrás de las licitaciones.  “Bateman un legítimo inglés, y nosotros legítimos tributarios de su patria”, decía por aquellos años el senador. En 1878 se decidió verter las aguas servidas al Río de la Plata y fue en ese contexto cuando se construyó y habilitó, en 1889, el sifón que cruza el Riachuelo rumbo a la Planta Elevadora de Pago Chico – en Wilde, Avellaneda – para su posterior vuelco en la zona de Berazategui. En 1887 comenzó la construcción del elegante Palacio de las Aguas, ubicado en avenida Córdoba y Riobamba, construido para alojar los tanques de suministro de agua corriente. Su construcción duró siete años y requirió el despliegue de una importante infraestructura con la construcción de una fábrica de cemento y otra de ladrillos, ambas de firma inglesa. 

A partir de la década del 80 la aristocracia porteña empezó a construir grandes palacetes de estilo francés, alejados de los caserones coloniales abandonados por la peste. Así fue como se desarrollaron los barrios más distinguidos: Barrio Norte, Recoleta y Palermos. Se comenzaron a construir también ostentosos edificios: la obra del teatro Colón se  inició en 1898 y se terminó en 1908. La piedra fundacional del Congreso de la Nación se puso en el año 1898 y en 1906 ya estaba inaugurado. La construcción del Correo Central – hoy Centro Cultural Kirchner – empezó en 1889 y se inauguró, después de varios contratiempos, en 1928. Al mismo tiempo seguían creciendo los conventillos y los barrios marginales; la ciudad se expandía, nuevamente sin planificación. “Nos cuesta mucho procesar y aprender de las lecciones del pasado. Parece que la historia es una más materia del colegio donde solo hablan de héroes a caballo en vez de ser un instrumento para el proceso de modernización y crecimiento”, concluyó Schavelzon.