LALENGUA

ROMPER LA TRADICIÓN DESDE ADENTRO

“¿Cómo renovar y oxigenar esas viejas maneras de contar la violencia en Colombia? Creo que es lo que como escritor siempre he seguido: me aferro a la tradición y trato de romper con ella”. La pregunta y la respuesta pertenecen al escritor colombiano Pablo Montoya Campuzano, quien en conversación con Lalengua habló sobre sus nuevos proyectos literarios sobre la violencia en Medellín, y también sobre sus textos clásicos como Lejos de Roma, La sed del ojo y Tríptico de la infamia. “Lo que he querido hacer con esas novelas es actualizar las viejas preguntas del hombre frente al poder, frente a la muerte, frente al deseo, el sexo o la violencia y ponerlas nuevamente bajo el tapete, bajo ese recubrimiento de la relación arte-literatura. Decir cómo lo he hecho me resultaría  grandilocuente, pero sí te podría dar como esos preámbulos que te acabo de nombrar, esas inquietudes que me lanzan a escribir”, apuntó Montoya Campuzano.

Por: Nahum Villamil Gracés  | Fotos: Michell Arzuza

El Premio Rómulo Gallegos del 2015 es sin dudas el acontecimiento más relevante de la literatura colombiana reciente. El notable prestigio que acompaña al ya extinto galardón fue el detonante para que la obra de Pablo Montoya Campuzano -nacido en  1963 – cobrara la relevancia que no le había sido dada fuera de pequeños círculos y el público conociese la rica labor de un autor que ya sumaba veinte libros publicados. La ya célebre novela Tríptico de la infamia (2014) fue la merecedora del premio y la que desató el fenómeno que continuaría con el prestigioso premio José Donoso 2016 y el Premio de Narrativa José María Arguedas, de Casa de las Américas, en 2017. 

Mucho antes de los premios, Pablo Montoya fue desertor de la facultad de medicina, flautista callejero y habitante de París, donde se doctoró con una tesis sobre la música en la literatura del cubano Alejo Carpentier. Su obra es un vaivén continuo por los derroteros del arte en la historia y la inagotable potencia estética que parece manar de abrazar los distintos géneros para la construcción literaria y emplear a los artistas como personajes centrales de una poética que es, al mismo tiempo, revisión quirúrgica de la tradición y preciosa puesta en marcha de una voluptuosidad ulterior. 

Lalengua tuvo la ocasión de conversar con uno de los clásicos vivos de la literatura en lengua castellana y ver cómo su obra continúa expandiendo sus linderos y renovándose para poder dar cuenta de Medellín, su violencia y otras obsesiones que le rondan, siempre entre la tradición y su ruptura.

“Mi obsesión actual es Medellín y la pregunta mía cuando escribo sobre Medellín, sobre la violencia moderna en Medellín, es cómo contar eso de otra manera y no como la contaron Jorge Franco, Salazar o Vallejo, ni como la contó Héctor Abad en El olvido que seremos, los que han escrito sobre violencia en Medellín”.
Pablo Montoya Campuzano
Escritor colombiano

-Dentro de la lengua castellana no son pocos los escritores que escriben sobre música, pero son pocos los que seducen. En ese grupo contamos al gran Alejo Carpentier, al entrañable Felisberto Hernández y a usted mismo. ¿Cómo se escribe a un Filomeno tocando en la Europa de Vivaldi o al Mozart que se regodea con la banda de San Pelayo? 

Ese Mozart en San Pelayo que yo escribí es un Mozart muy carpenteriano, sin duda alguna, porque Alejo Carpentier es uno de los escritores que más me influenció y al que yo le dediqué mucho tiempo de estudio y una lectura rigurosa que derivó en mi tesis de pregrado, otra de maestría y una de doctorado. Estuve mucho tiempo en función de Carpentier y de su relación con la música, sobre todo ese aspecto fue el que más me interesó porque yo era músico en ese entonces y desde la música estaba pasando a la literatura y hacerlo de la mano de esos escritores me parecía muy importante. Yo creo que lo que hizo Carpentier con Concierto Barroco, con Los pasos perdidos, con tantos ensayos que él escribió sobre música, fue poner en práctica lo que él mismo conocía porque él era músico mismo. Fue pianista, leía partituras y era un hombre de una gran cultura musical, pero también estudió arquitectura y se retiró de todo eso para ser escritor. Es decir, a Carpentier no hay que seguir reduciéndolo solo al realismo maravilloso, por ejemplo, sino que Carpentier tiene una faceta musical y una prodigiosa e inagotable vinculación de la literatura con las artes. En ese sentido él es uno de los que más me ayudó a buscar ese camino hacia las artes. Antes conversábamos sobre la necesidad de salirse del mundo de García Márquez y yo lo hice, justamente, por el camino del arte y para eso fue fundamental Carpentier. Luego, cuando yo comencé a escribir mis primeros cuentos musicales, hice un ejercicio, porque siempre he sido muy disciplinado y obsesivo con las tradiciones, y empecé a leer o a investigar de dónde provenían los cuentos musicales. Eso me remitió a los cuentistas del siglo XIX, me remitió a los libretos de ópera del siglo XVIII; después me remitió a los trovadores y troveros del siglo XII para después caer en las tragedias griegas y rastrear a fondo de qué modos y en qué momentos la literatura se ha alimentado de la música. En ese sentido fue que yo escribí esos primeros cuentos musicales, La sinfónica, que van a influir mucho en el trabajo posterior que yo haría que es La escuela de música porque esta cuenta el aprendizaje musical y literario de un chico, Pedro Cadavid, que comienza a escribir unos cuentos y esos cuentos son los de La sinfónica y ahí hay un intertexto con mis textos del principio. Entonces sí, yo leí mucho a Carpentier, a Felisberto, pero también a Cortázar, a Daniel Moyano y luego me fui al siglo XIX y leí a Balzac, leí a Hoffmann, que es el de los cuentos fantásticos. Y lo musical en estos románticos está muy asociado a lo fantástico, justamente, y en Felisberto también podemos rastrear ese toque onírico fantástico, en Cortázar lo mismo, o sea: la música tiene una relación muy fuerte con lo fantástico y en ese sentido terminamos hermanados todos. Incluso podría arriesgarse que escribimos cuentos un poco parecidos a los de García Márquez y a los del realismo mágico, pero simplemente es la faceta fantástica que hay en el lado humano. 

-Sería posible emparentarlo con Stefan Zweig a partir de un texto suyo sobre una visita a la tumba de Tolstoi. Sin embargo, este no es el único rasgo que comparten, sino que ambos beben mucho del manantial de la historia y les sirve para arrojar luz sobre esta. ¿Es posible que continúe con esta veta en Medellín y se sirva de personajes históricos para su nueva novela? 

No, esta vez no voy a recurrir a personajes históricos. Pero sí me parece que la crudeza de la violencia puede manifestarse en la literatura no a partir solamente de lo real, sino que hay que agregar otros ingredientes. Yo creo que la violencia en Medellín da para volver grotesca esa realidad, porque es grotesca. La proliferación de los grupos armados en Medellín y cómo se unen para hacer la guerra es verdaderamente una cosa tan abigarrada que excede lo grotesco y para narrarla pensaría en figuras casi obscenas. Entonces estoy pensando en introducir eso que no existe en la literatura que se escribe en Medellín. Esa literatura es muy real y diríamos que es imposible que allá prolifere la ciencia ficción o la literatura fantástica. Allá impera lo real y lo estamos viendo desde Tomás Carrasquilla, pasando por Fernando Vallejo, hasta Héctor Abad Faciolince. Yo creo que hay que estremecer esa tradición introduciendo elementos grotescos, fantásticos y delirantes. El escritor más delirante de la literatura antioqueña es Fernando Vallejo, en algunos de sus libros. La virgen de los sicarios es su libro más delirante, los demás no lo son tanto, pero la virgen es un libro en el que uno dice que ese hombre está loco, el narrador, quiero decir. Y la realidad es loca. Entonces hay una compaginación muy interesante entre ese narrador loco, delirante, digámoslo así, y esa realidad delirante de la violencia. Fernando Vallejo recurre al sarcasmo y a la ironía, donde es un maestro, y por supuesto yo no acudiré ahí. Yo ahí me quemo. Yo he acudido al sarcasmo y a la ironía, pero en el formato del cuento histórico como en Adiós a los próceres donde me burlo de lo que se han burlado Vallejo o Antonio Caballero, que somos escritores muy parecidos en ese sentido porque demolemos esa tradición patriótica. Ahí yo sí he manifestado mi humor y mi sarcasmo. Me parece que el escritor tiene que cambiar en cada libro, pero los temas permanecen. Así, yo creo que una de las formas para retratar esa realidad violenta de Medellín es introduciendo lo grotesco, las coordenadas del arte, lo onírico, el inconsciente y la presencia de la noche porque en Medellín estamos hasta aquí de la eterna primavera. ¿Siempre está de día en Medellín? 

Si bien Tríptico de la infamia ha concentrado a sus lectores, una parte fundamental de su obra viene por el camino de Los derrotados y se extiende a través de su obra crítica y ensayística, pensemos en títulos como La novela histórica en Colombia: entre la pompa y el fracaso (2009), hasta llegar también a los discursos de aceptación de los premios Rómulo Gallegos y José Donoso. Esta faceta reflexiva, casi por completo alejada del discurso ficcional, se ocupa de la historia de Colombia de una forma aguda y por momentos corrosiva. ¿Veremos exploradas estas agudezas ensayísticas con Medellín?

Yo estoy en este momento con la preocupación sobre la novela de la violencia en Medellín, que es una labor eminentemente narrativa y novelística. Sin duda, ahí habrá algunos fragmentos ensayísticos como lo he hecho en casi todas las novelas, donde la reflexión ensayística entra y la escritura poética se deja palpar. Eso es parte de mi estilo y dar un viraje me parece que no es lo que yo necesitaría ahora. Y la parte ensayística que estoy trabajando ahora es, justamente, a la que tú te referías con el texto de Tolstoi. Yo hace tiempo estoy con la idea de escribir unos ensayos sobre peregrinaciones literarias que he hecho: la ida a la casa natal de Tolstoi, la ida al castillo de Aquitania de Michel de Montaigne, la visita a la tumba de Camus o la casa de Voltaire en la frontera franco-suiza. Son crónicas-ensayos que me permiten narrar mis visitas a esos sitios que yo venero, que respeto sería más preciso, y hacer una valoración de esa obra, ponerla a resonar en mi sensibilidad y en la sensibilidad de este momento. Ahora estoy trabajando en un ensayo sobre Carpentier, que ya sabes que es uno de mis maestros, así que yo estoy acudiendo a estas peregrinaciones bajo el radar de mi admiración por el escritor. O sea, no es que yo quiera escribir sobre cierto escritor porque es muy importante ahora. Yo voy a escribir sobre los autores que a mí me han formado, me han conmovido y me interesan como escritor. Es una labor muy personal y de ahí que no vaya a escribir sobre los autores que le interesan a Colombia o a determinada generación. Sin embargo, como no estoy escribiendo sobre cualquier aparecido, es posible adentrarse en la tradición literaria desde el núcleo mismo de su concepción inicial. Ahora, esos ensayos me significan mucho trabajo porque es batallar con gigantes. El ensayo de Tolstoi… (Risas) es muy complicado porque leer a Tolstoi no es leer una novelita sino leer Guerra y Paz, Ana KareninaLos cosacos,  sus diarios… Yo sí hago un ejercicio, no de releerlos completamente, pero sí de hacer una relectura en la que encuentro cosas que no había visto antes. Por ejemplo: yo no leí todo Voltaire porque es un escritor desmesurado y cuyos textos, en muchos casos, por fortuna, son ya ilegibles porque los escritores se marchitan y Voltaire sí que se ha marchitado. Pero hay unas obras de Voltaire que siguen resonando con mucha fuerza y es a partir de esas obras que yo construyo la peregrinación literaria. Entonces: estoy como metido en el centro de Medellín, en la caverna (risas), pero salgo a respirar un poco con estas peregrinaciones. 

 

“El escritor siempre que está haciendo una novela está lleno de dudas, de inquietudes, tratando de salir por el camino más ideal, que es el de terminar la obra y hacerla lo más fielmente posible, sin engañarse uno mismo”
Pablo Montoya Campuzano
Escritor colombiano

-¿Alguna biografía, en el sentido más riguroso de la palabra, le veremos escribir a Pablo Montoya? 

Biografía no y tampoco autobiografía (risas). No creo que yo tenga la capacidad o la confianza en mí mismo de hacer unas memorias, como las hizo tanta gente. Yo no sigo diarios, por ejemplo, ni me carteo con los grandes personajes de la historia. Yo carezco de esa faceta, lo cual hace que mi obra tenga unos derroteros más o menos claros. Lo que sí me gustaría mucho es hacer algo con ciertos artistas que me interesan. No sé si hacer una o novela o hacer una biografía novelada. Hay un personaje que me interesa muchísimo que es El Bosco. La primera vez que vi al Bosco tuve un remesón, como los hemos tenido muchos, porque no solo me pasa a mí, sino que estoy seguro que a ti y a muchos de los que llegamos a él por primera vez. Además porque ese mundo del Bosco me dice muchas cosas: sus pesadillas y terrores, que son el mundo del inconsciente humano, tienen que ver mucho con las mías. Quizás sobre él haría algo que no sé si es una biografía novelada, miradas de esos cuadros, ensayos sobre esas pinturas. Yo tengo en mi estudio un Jardín de las delicias grande que compré en el Museo del Prado y, en la biblioteca, cada vez que lo miro, pienso qué haré con él, pero a veces me retiene el volumen de la obra que ha nacido a partir de la suya propia, a diferencia de lo que hice con Tríptico, por ejemplo, que son artistas casi desconocidos. Con Ovidio sí se ha metido mucho la gente, con Caldas menos, y entre esos diversos grados de exposición hay personajes que me atraen mucho. Pero una biografía dedicada a alguno de ellos… si me la pagaran muy bien, de pronto (risas).

-Suele decirse que lo poco que resta de la crítica literaria es el rigor íntimo de ordenar la biblioteca, seleccionar lo que se desecha y dirimir lo poco que se adquiere. ¿Qué está leyendo Pablo Montoya?  

En español estoy leyendo sobre Medellín. He leído libros de historia, sociología, obras testimoniales, memorias de congresos académicos, tesis de doctorado sobre los sistemas punitivos hechos en Medellín, informes de Amnistía Internacional… Por supuesto que también novelas sobre Medellín y todos son escritores antioqueños. Acabo de leer a Héctor Abad, también a Salazar, las crónicas de Ricardo Aricapa, a Gilmer Meza y Miguel Rivas. Estoy leyendo a los jóvenes, además, porque es el ejercicio que siempre hago para entrar en calor y darme cuenta de qué es lo que están escribiendo mis contemporáneos. Evidentemente, he vuelto a leer a Vallejo, algunos poemas de violencia y me he sumergido nuevamente en la violencia, pero la que atañe a Medellín y que se conecta con la colombiana y  latinoamericana. Pero también, como te decía ahora, para impregnarme de lo extravagante, a los expresionistas. Estoy leyendo una novela de Elías Canetti que se llama Auto de fe y tengo ahí en la espera El tambor de hojalata, de Gunter Grass, y quiero hacerle una pesquisa, por la cuestión onírica, a Mircea Cartarescu. Ya le pegué una hojeada y no me pareció, como hablábamos antes, el rockstar que quieren vender las editoriales. Quizás le haga otro intento para ver qué pasa. Estoy haciendo esas lecturas reales de Medellín, hiperreales, y esas literaturas extravagantes y grotescas de la literatura europea porque lo latinoamericano en lo fantástico y lo grotesco, fuera de Felisberto que no es grotesco, pero que es fantástico y loco, hay muy poco. Me parece que en ese sentido hay que indagar en los europeos. Quizás vuelva a Kafka en busca de esa veta expresionista en El proceso y El castillo