LALENGUA

RECUPERAR LA TIERRA

A 93 años del nacimiento de Rodolfo Walsh, Lalengua visitó su casa natal en la estancia Santa Genoveva -en Lamarque, Río Negro- y reconstruyó los últimos días de su vida en San Vicente, Buenos Aires, época en la que Walsh, a los 50 años, empezó a indagar más sobre su pasado remoto.

Por: Juan Funes  | Fotos: Archivo / Lalengua

Salieron a ver la noche. Había refrescado. Entre las ramas de los eucaliptus y del viejo laurel se veía un cielo nítido, rebalsado de estrellas. Rodolfo dibujaba las constelaciones con el índice, se las enumeraba a Lilia, como tantas veces lo había hecho desde el muelle del Río Carapachay, en el Delta ya perdido. Un rato antes, a la luz de una lámpara de kerosene, había terminado de teclear en su Olympia portátil: “Sin esperanzas de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles”. Ponerle punto final a la Carta Abierta a la Junta Militar y al cuento Juan se iba por el río habían sido los desafíos que se había planteado en una apuesta sellada una noche similar, en la misma casa de San Vicente, el 9 de enero de 1977, cuando cumplió 50 años. Pasada la medianoche ya era 24 de marzo y la apuesta estaba saldada: había terminado los dos escritos el día en que se cumplía un año del comienzo de la dictadura. 

Se desató una brisa que agitó las hojas plateadas de los árboles; el sonido era el de la lluvia. En la oscuridad, Lilia y Rodolfo imaginaron el jardín y la huerta que proyectaban sobre aquel terreno amplio, a metros de una orilla seca de la laguna de San Vicente. La casa era modesta, antigua, de ladrillos a la vista y techo de chapa, emplazada en una parcela de media hectárea; en el barrio no había luz eléctrica, gas ni agua corriente. Habían llegado en diciembre, clandestinos, y se presentaron antes sus vecinos como Bety y Beto. Llevaron únicamente lo indispensable para comenzar una nueva vida: algunos libros, papeles, archivos y mapas; también una foto de Vicki Walsh que, según Lilia, después de su muerte el 29 de septiembre, Rodolfo no pudo volver a mirar. 

El laurel era el límite de la quinta; del otro lado querían dejar crecer un jardín salvaje, con arbustos y plantas y un caminito serpenteando en el medio. 

-Un jardín criollo – aclaró Rodolfo esa noche, como para sí mismo -, no me gusta el parque inglés.

La huerta ya estaba en marcha: en un extremo se estaba descomponiendo el mantillo, una capa de tierra y bosta que levantaban de las calles de ripio, entre las huellas de los caballos. En la otra punta del parque habían soltado semillas de lechuga sobre un cuadrado de tierra húmeda y removida. Planeaban también poner un gallinero y construir un túnel, disimulado por un galpón pegado a una de las paredes de la casa, que usarían para escapar en caso de ser rodeados por un grupo de tareas. En los momentos de mayor entusiasmo, Rodolfo fantaseaba con probar cultivos intensivos; producir azafrán y hasta tener un pequeño tractor japonés. 

“Hay que recuperar la cultura de la tierra”, le había dicho a Lilia, antes de iniciar la expedición hacia las lagunas del sur, señaladas en un mapa de la provincia de Buenos Aires que había desplegado sobre su escritorio del departamento de Juan María Gutiérrez, en Palermo. “Necesito estar cerca del agua”, fue la otra frase que Lilia nunca olvidó. La primera escala era San Vicente. Cuando llegaron, encontraron entre la maleza un antiguo aljibe de ladrillo, con un arco de acero oxidado. Estaba seco, pero Rodolfo confiaba en que podía recuperarlo rápido. Era como una pieza de su pasado más remoto que se había materializado en el presente: había un aljibe similar en un claro junto al casco de la estancia Santa Genoveva, en donde había nacido el 9 de enero de 1927 y vivido hasta los seis años, en Río Negro, en lo que se llamaba entonces Pueblo Nuevo de la Colonia Agrícola de Choele Choel, rebautizado Lamarque en 1942. ¿Cuánto de aquella primera infancia se habría fijado en el inconsciente de Rodolfo y lo habría acompañado durante su vida? 

***

Miguel Esteban Walsh y Dora Gill se mudaron al pueblo rionegrino en 1921, después de casarse, y al año siguiente el terrateniente y entonces ministro de Hacienda del gobierno de Marcelo T. de Alvear, el Dr. Víctor Molina, contrató al padre de Rodolfo para ser mayordomo de la estancia. Molina visitaba Santa Genoveva una vez al año, de modo que los Walsh podían sentirse dueños del campo casi todo el tiempo. El casco era un caserón grande de estilo colonial, con galerías que se abrían a la llanura infinita, poblada por ovejas, vacas y caballos, y amparado por la sombra de enormes árboles.

Desde la casa se llegaba, en menos de cinco minutos a pie, a la costa del río Negro Sur, flanqueado por cedros y sauces, y de un ancho tal que solo podía ser atravesado en una barcaza. Los pobladores más viejos de la zona advierten que el río ya no es el mismo. Desde que se construyó la represa El Chocón, obra que se finalizó en 1979, el caudal perdió vigor y no se puede comparar con aquel cause salvaje, que en las crecidas más grandes arrastraba árboles enteros. Aun así, al verlo, es imposible no reconoce el Delta en los árboles que se apoyan en el agua mansa. La fachada del casco de estancia se mantiene igual que en la década del veinte, pintada de rojo punzante, aunque el campo cambió de dueño varias veces: de Víctor Molina pasó a Diego Hall, después a Santuchi y Rodríguez Arias, luego a Rodolfo Guido Harold Cluterbuch – Nayade S.A. – y finalmente a la empresa transacional Expofrut S.A. La casa natal de Walsh, en donde hay un museo administrado por el municipio de Lamarque, es propiedad de la empresa.

Rodolfo dedicó pocas líneas a su pasado más lejano. En su cuento Trasposición de jugadas, publicado en 1961, evoco la geografía de Lamarque a principios de siglo: “Allí todavía estaba fresco el rastro sangriento de la conquista. El viento movía un arenal y parecía la cara de un indio, solemne y enjuto en su muerte; bajaba el río, se secaba el fango y era posible encontrar una lanza todavía filosa o un par de boleadoras irisadas (así fantaseaba el comisario). Pero la tierra heredada ya no era de los estancieros, y sólo el respeto se ganaba o se perdía con un gesto. Después de los coroneles bigotudos, vinieron italianos, españoles, turcos con sus carros de baratijas, muchos chilenos…”. 

Los años en Santa Genoveva – también denominada El Curundú – fueron venturosos para los Walsh. Miguel contaba con un buen ingreso; tenía seis empleados a cargo, a los que se sumaban veinte trabajadores que contrataba en la temporadas de esquila. Dora se hacía traer ropa de la tienda Harrods de Buenos Aires, leía revistas extranjeras y en las visitas de Molina se deleitaba con las compañías de alta alcurnia. El resto del año, los Walsh ocupaban varias habitaciones del caserón. El primer hijo del matrimonio, Miguel “Lito”, había nacido en 1920; Carlos Washington, el segundo, en 1922. En el documental P4R+, describió a sus padres: “Mi madre era una persona de una gran voluntad. En ese sentido, tal vez Rodolfo heredó bastante de ella. Tenía una verdadera obsesión por el problema de la educación de sus hijos. Mi padre era una persona de muy buen carácter, alegre, muy cariñoso, se llevaba muy bien con mi madre, diría mejor con ella que con nosotros. Nosotros no teníamos ningún problema con él, salvo cuando hacíamos alguna cosa muy fuera de lo normal, que nos daba unos chirlos con el rebenque. Tenía esa debilidad por el juego que era propio de los Walsh. De la familia, un hermano de él que se llamaba Alfonso, más chico, también la tuvo, el padre de él y varios ejemplares de la familia, por el lado Walsh”. De los hermanos de Rodolfo, fue Héctor, el menor, quien heredó la maldición del juego. Carlos se convirtió en aviador y participó de los bombardeos a Plaza de Mayo de junio de 1955. 

En una autobiografía escrita en 1965, Rodolfo retrató a su familia: “Mi padre era mayordomo de estancia, un transculturado al que los peones mestizos de Río Negro llamaban Huelche. Tuvo tercer grado, pero sabía bolear avestruces y dejar el molde en la cancha de bochas. Su coraje físico sigue pareciéndome casi mitológico. Hablaba con los caballos. Uno lo mató, en 1945, y otro nos dejó como única herencia. Este se llamaba ‘Mar Negro’, y marcaba dieciséis segundos en los trescientos: mucho caballo para ese campo. Pero ésta ya era zona de la desgracia, provincia de Buenos Aires. Tengo una hermana monja y dos hijas laicas. Mi madre vivió en medio de cosas que no amaba: el campo, la pobreza. En su implacable resistencia resultó más valerosa, y durable, que mi padre”. 

La descripción de la madre se relaciona a la época del declive, después de dejar Santa Genoveva. En 1932 los Walsh se mudaron a Juárez. El padre de Rodolfo invirtió sus ahorros en unos lotes con el objetivo de cultivar trigo y cebada. Pero el coletazo de la crisis del treinta primero, y un temporal después, en 1936, arrasaron con todo. Víctor Molina había muerto en 1933. Los Walsh se mudaron a Azul en 1937, el último año en que vivieron todos bajo el mismo techo. Rodolfo rememoró la debacle en su cuento El 37, publicado por Pirí Lugones en Memorias de infancia, de 1968, para la editorial Jorge Alvarez. “El 36 fue el año de la caída. Empezó con un remate y terminó con un éxodo, una secreta ola de pánico. Mi padre había tenido la poca suerte de establecerse por su cuenta en plena crisis. En 1932 dejó un puesto de mayordomo de estancia en Río Negro por una chacra arrendada en Juárez y una casa alquilada en el pueblo. La razón de esa mudanza éramos nosotros, los cuatro hijos que seríamos cinco al nacer mi hermana. Había que educarnos: la exigencia, que él aceptó sin entusiasmo, era de mi madre. En cuatro años estábamos en la ruina. Ahí fue el remate y la mudanza casi furtiva al Azul, donde acabaron con lo que quedaba, el piano, el auto.  Fue muy brusco todo eso. Apenas tuvieron tiempo de ponernos en seguridad. Mis dos hermanos mayores fueron a casa de la abuela en Buenos Aires; la más chica se quedó con ellos en una pensión de la calle Moreno; con nosotros no sabían qué hacer. Héctor tenía ocho años, yo, diez. Alguien les dijo que en Capilla del Señor había un colegio irlandés para huérfanos y pobres. Nos llevó mi padre. Recuerdo el día: 5 de abril de 1937”.

En San Vicente, su vuelta al origen se plasmó no sólo en el trabajo con la tierra, sino también en sus textos. Según Lilia, Rodolfo empezó a escribir sobre “las etapas y cambios de su vida desde una perspectiva distinta a la breve autobiografía que había publicado en 1965”, y se refería a esos textos como “Memorias”, aunque no le gustaba ese título. Al único texto que alcanzó a ponerle nombre fue Los caballos. Eran escritos que versaban sobre su relación la literatura y la política, con su vida afectiva, con las islas, con los ríos. Entre esos textos desaparecidos por un Grupo de Tareas de la Esma, se encontraba también la Carta al Coronel Roualdes, quien condujo el operativo en donde murió su hija Vicki; carpetas de borradores de una novela que había empezado a desagregar en cuentos, dentro de los cuales estaba Juan se iba por el río. Este cuento formaban parte del primer bloque dentro de un proyecto con por otras dos partes: la segunda, Mi tío Willie se fue a la guerra, que continuaba la genealogía conocida como la serie de los irlandeses, y la tercera parte eran textos en base a “una carta que Lidia Moussompes -, víctima de los despojos agrarios de 1930, escribe a Juan Domingo Perón”, como continuación de la serie de los fabulosos cuentos Fotos y Cartas. Entre los textos perdidos estaban también los cuentos Ñancahuazú, El aviador y la bomba, borradores de proyectos de otros textos literarios, textos sueltos de sus memorias, carpetas con páginas de su diario personal, carpetas para trabajos de investigación y un relato titulado El 27, del que se puede suponer que era una precuela autobiográfica del cuento El 37.

***

Entre los objetos secuestrados en San Vicente, había también un mapa del cielo nocturno. Por eso Rodolfo repasaba con precisión, aquella noche templada del 24 de marzo, las siluetas míticas que formaban las estrellas, mientras Lilia abarcaba el cielo con sus ojos verdes. La obsesión por conocer el universo había acompañado a Walsh desde joven. En 1953 la revista Fénix publicó su relato El ajedrez y los dioses, sobre una partida que se disputaba en el cosmos. También los dioses juegan al ajedrez, pero no en un plano, como nosotros, sino en las tres dimensiones del espacio. Comprendo que es una forma torpe de decir: los dioses no necesitan espacio, tableros ni piezas para su juego infinitamente sabio. No obstante, si de algún modo quisiéramos representar el mecanismo de ese juego eterno, podríamos hacerlo así: el tablero está formado por un cubo, dividido en 512 casillas cúbicas. Las piezas se mueven obedeciendo a las mismas leyes que entre nosotros, pero no sólo en superficie, sino también en profundidad”. 

Desde la oscuridad de la noche, se veía el rectángulo de luz cálida que reflejaban los faroles de kerosene en las cortinas rojas y amarillas, que habían colgado ese mismo día en las dos ventanas. El viento levantaba olor a tierra húmeda y vegetación fresca. “Lo real y lo imaginado se fundían en una placidez casi perfecta”, recordó alguna vez Lilia. Junto al laurel estaba lista una parrilla en donde el sábado 26 Rodolfo iba a hacer el asado para compartir el festejo de la apuesta exitosa, con su hija Patricia, su compañero Jorge Pinedo y sus dos hijos, María y Mariano, recién nacido. Antes de entrar a la casa, Rodolfo abrazó a Lilia.

-Al fin tenemos nuestra casa – le dijo, sumergido en ella. La tercera cláusula de la apuesta era esa: estar instalados en la casa para cuando Rodolfo terminara la carta y el cuento. 

Entraron y repitieron el ritual de cada noche, para anticiparse a un posible ataque: cargaron las armas, dejaron las dos granadas de fabricación casera sobre la mesa de luz, junto a los vasos de agua. “Como una escena de su obra La Granada, muchas veces temí quedar soldada eternamente a esa latita letal”, confesó años más tarde Lilia. 

Al día siguiente, el 25 de marzo, el Fiat 600 que tenían en San Vicente no arrancó. Caminaron por separado las calles de tierra que separaban la casa de la estación para tomar el tren que salía a las 12:30. Rodolfo tenía que pasar a ver al anterior dueño de la casa, Victoriano Matute, por su vidriería, para que le entregara el boleto firmado de las escrituras de la casa. Walsh había firmado con el nombre de Norberto Pedro Freyre. Como no tenía tiempo de volver, lo guardó en su portafolios, en donde llevaba las copias de la Carta a la Junta, para distribuir más tarde en el centro. Lilia había ido a la carnicería a encargar lo necesario para el asado. Se encontraron en la estación. Rodolfo ya había comprado los pasajes. Cuando llegaron a Constitución, se dirigió hasta el teléfono público y confirmó dos citas. A la una y media se separaron con Lilia, cuando Rodolfo cruzó la calle de la estación terminal. Se iban a reencontrar a las cinco de la tarde en el departamento de Juan María Gutiérrez, iban a tomar un café y después volver a San Vicente. Cuando Rodolfo llegó a la otra vereda, Lilia lo llamó de un grito. Después le dijo:

-¡No te olvides de regar las lechugas!

Rodolfo sonrió, levantó la mano para saludarla, se dio vuelta y siguió camino. Fue la última vez que se vieron. 

BIBLIOGRAFÍA

  • Expediente judicial megacausa ESMA. Alegato ESMA 18/05/2011 y 19/05/2011.
  • Expediente judicial mecagausa ESMA: elevación a juicio oral de la causa. 6 de noviembre de 2007. Disponible en http://www.archivoinfojus.gob.ar/nacionales/lilia-ferreyra-la-leona-suave-8042.html#_ftn1
  • “Vida de Perro”, conversaciones de Horacio Verbitsky con Diego Sztulwark. 
  • Entrevista realizada por Jorge Jaunarena a Lilia Ferreyra al cumplirse 30 años de la desaparición de Rodolfo Walsh, para la universidad de La Plata. Link: https://www.perio.unlp.edu.ar/node/5133
  • “El último verano” nota de Lilia Ferreyra 25 de marzo de 2007 para Radar, Página/12. https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-3691-2007-03-25.html
  • “Lilia Ferreyra, la leona suave”, nota de Patricia Serrano para InfojusNoticias. Link: http://www.archivoinfojus.gob.ar/nacionales/lilia-ferreyra-la-leona-suave-8042.html#_ftn1
  • “Los últimos días de Rodolfo Walsh. Entrevista a Lilia Ferreyra”, por Orcar Arias González para el número 416 de la revista Todo es Historia, marzo de 2002. 
  • “Rodolfo Walsh. La palabra y la acción”, de Eduardo Jozami. 
  • “Rodolfo Walsh. Periodista, escritor y revolucionario. 1927-1977”, de Michael McCaughan.
  • “Ese hombre y otros papeles de trabajo”, Rodolfo Walsh, compilado por Daniel Link. 
  • Visita del autor a Lamarque en julio de 2019. 
  • Documental “P4R+”, realizado por la Universidad de Lomas de Zamora en el año 2000.

Textos citados de Walsh:

  • Autobiografía (1965)
  • “Trasposición de Jugadas”, en Cuento para tahúres (1961).
  • “El 37”, en Memorias de infancia  (1968).
  • “El ajedrez y los dioses”,  en Revista Fénix (1953).