LALENGUA
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¿QUÉ HAY EN MEDIO DEL OCÉANO?

¿Qué hay en el océano, más allá de la frontera del Mar Argentino? Lalengua participó de la expedición de Greenpeace hacia el Agujero Azul, una región ubicada a unos 500 kilómetros del Golfo San Jorge en la Patagonia Argentina, que por sus características geográficas es un paraíso para la pesca furtiva. Una bitácora que resume diez días en altamar, que fueron suficientes para ver la invisible y silenciosa depredación que se vive en medio del océano: trabajo esclavo con menores de edad en condiciones inhumanas; pesca industrial que arrasa con toda forma de vida; y destrucción total del fondo marino.

Por: Juan Funes  |  Foto: Cristóbal Olivares / Greenpeace

Miércoles 20 

Amanece. La mañana es transparente. El mar y el cielo coinciden en la línea del horizonte. A las 10:05 el Capitán del MV Esperanza, Sergiy -ucraniano, robusto y amable aun en su austeridad de palabras- firma el último documento de Prefectura y da la orden de zarpar. Diez minutos más tarde el barco de Greenpeace ya avanza a nueve nudos hacia el sudeste; atrás queda, cada vez más borrosa, la costa de Puerto Madryn, color ocre, que a la distancia parece la superficie lunar. El Esperanza carga 37 personas de 22 nacionalidades diferentes, con distintas tareas: el equipo encargado de la navegación, ingenieros, mecánicos, la tripulación, científicos, especialistas en radares y comunicaciones, un cocinero, un médico, los y las activistas abocadas a la campaña. 

Si existe ansiedad entre los viajeros, durante las primeras horas no se nota. Cada quien cumple con su trabajo con la naturalidad que suponen los oficios. El primer día de navegación es calmo. Al cruzar el límite de la abrazadera natural que es el Golfo Nuevo, el océano suele plegarse en olas más grandes, pero hoy la diferencia no se siente. El Esperanza encuentra un mar terso, con oscilaciones leves y casi hipnóticas. Llegar al objetivo – el Agujero Azul – va a demandar más de un día de navegación. Esta zona, según el último informe de Greenpeace sobre el Mar Argentino, es “un ejemplo relativamente poco común de un área de aguas internacionales que están ubicadas en parte en la zona nerítica (es decir, aguas menos profundas sobre la plataforma continental), se considera de muy alto valor desde un punto de vista biológico. Es vital para el ciclo de vida de muchas especies, incluidas algunas especies amenazadas”. 

Debido a la riqueza biológica y a su posición por fuera de la Zona de Explotación Exclusiva de Argentina (ZEE), el Agujero Azul es un edén para la pesca furtiva de calamar y merluza negra, entre otras especies. Los calamares se pescan de noche y se utiliza luz para atraerlos hacia los barcos. En las imágenes nocturnas tomadas por satélites se puede ver cómo el conjunto de pesqueros -que en temporada alta, entre enero y julio, superan los 400 barcos- brillan como una ciudad fantasma suspendida en medio del océano. Uno de los principales problemas para el ecosistema marítimo es la pesca por arrastre de fondo. Está técnica consiste en “una gran red de cadenas en su parte inferior que aran el fondo marino, destruyendo sin contemplación todo tipo de flora y fauna”, apunta el informe. 

Cada barco es una criatura única que los ingenieros y el equipo del capitán conocen en detalle. El Esperanza fue construido en 1984 en Gdansk, Polonia, y conserva parte de las salas de control soviéticas de la época. Mide unos 73 metros de eslora, 14 metros de ancho y alcanza una velocidad de 16 nudos. La parte interna del barco está dividida en varios pisos, que construyen un laberinto complejo dentro del que hay camarotes para alojar a 39 personas; un lavadero con lavarropas y secarropas; salas de máquinas; talleres; un gimnasio; una amplia sala de estar forrada en madera, con sillones, mesas ratonas y guitarras colgadas de las paredes; un salón comedor; cocina; un freezer del tamaño de un monoambiente; varios baños y un sauna, que se usa en caso de que en una misión los activistas fueran expuestos al frío extremo del agua. En el último piso -“el puente”- está el área de comando de navegación: un espacio rodeado de ventanas para abarcar una mejor visión del océano, con pantallas y radares, y el famoso timón, una rueda que no tiene más de diez centímetros de diámetro. 

El primer día fue para la tripulación una jornada más de trabajo. Además de su singularidad, el barco es una máquina en restauración constante y es la tripulación, junto a los ingenieros y mecánicos, quienes se encargan de que esté en condiciones de navegar. Mientras tanto, en el puente, la misión empezaba a tomar forma.

El primer día fue para la tripulación una jornada más de trabajo. Además de su singularidad, el barco es una máquina en restauración constante y es la tripulación, junto a los ingenieros y mecánicos, quienes se encargan de que esté en condiciones de navegar. Mientras tanto, en el puente, la misión empezaba a tomar forma.

Jueves 21

Después de más de treinta horas de navegación todo lo que rodea al Esperanza es mar y un horizonte limpio. La mañana del jueves resulta tan apacible como el día anterior: el barco avanza firme en sus nueve nudos. Faltan apenas unas horas para cruzar la frontera hacia aguas internacionales y, así, entrar en el Agujero Azul. 

La actividad a bordo empieza temprano. Entre las siete y media y las ocho se sirve el desayuno. La franja entre las ocho y las nueve se dedica a la limpieza del barco: todas las personas a bordo se anotan en una lista, pegada en la pared del pasillo central, justo a la salida del comedor. Las opciones son “pasillo”; “baños”; “duchas”; “comedor”; “sala de estar”. La actividad colectiva hacía que la tarea se realice de forma rápida y eficiente. 

A las diez de la mañana, comienza el entrenamiento para los recién embarcados. El ejercicio se realiza en la zona del helipuerto, en la parte superior de la popa del barco, al aire libre, y está a cargo del activista español, Vic. Consiste en trepar una escalera colgante hecha con sogas y escalones de plástico -de unos cuatro metros-, hacia una cubierta casi en el punto más alto del barco. El objetivo es emular el acceso a un barco pesquero, contemplado en los planes de la misión. Atados con arneses, subimos y bajamos la escalera varias veces, mientras Vic la sacude desde abajo. El sopor provocado por el mareo incipiente y el desayuno se disipa después de varias subidas y bajadas. 

-¿Vamos a tener arneses cuando subamos a otros barcos? – pregunta Choi, un periodista surcoreano que fue a filmar para un documental sobre pesca industrial. 

– ¡No! – contesta Vic en un inglés áspero, como cortado con navaja – En ese caso, el arnés va a ser el agua. Y no se crean que es blanda al caer desde la cubierta, es casi como caer al suelo.

-¿Cuándo vamos a poner en práctica todo ésto? -, pregunto. 

-Nunca se sabe, por eso siempre hay que estar listo – contesta Vic, esta vez, en español.

 

Son las 13:05 y el barco ya navega en aguas internacionales. La Segunda oficial –la tercera en autoridad luego del capitán y el primer oficial-, la joven finlandesa Karin, de 26 años, mantiene su mirada glacial sobre el límite visible del océano. Desde hace algunos minutos, los radares marcan un conjunto de puntos amarillos: son los primeros barcos navegando dentro del Agujero Azul. Aun antes de cruzar la frontera invisible en donde termina la Zona de Explotación Exclusiva de Argentina, a medida que avanzamos, los puntos se multiplican: primero aparecen dos, luego otros tres, después seis más. Acompañan a Karin en el puente el primer oficial alemán, Rapha, y Pablo, el radiooperador del Esperanza. 

Poco a poco las sala de navegación se va llenando. La novedad no tarda en circular por el barco y no hay mejor vista que la que regalan las amplias ventanas del puente, desde el punto más alto de la nave, desde donde el mar se ve como una alfombra infinita y azul. Pasan algunos minutos hasta que la monotonía del horizonte se rompe con una delicada figura blanca. Uno de los barcos empieza a ser visible. En menos de una hora, ya se ven otros tres. La excitación va en ascenso entre los tripulantes: juegan a descubrir nuevas naves, se reparten los binoculares. Ahora es el turno de la coordinadora de la Campaña de Océanos de Greenpeace Argentina, Luisina Vueso.

-Esto es el Agujero Azul – dice, como para sí misma -. Hay muchos más barcos de lo que esperaba.

Mientras la mayoría se agolpa contra las ventanas, Pablo mantiene la mirada fija en el radar principal. Con una pequeña esfera, manejaba el cursor del radar -una pantalla circular, azul oscuro, con una delgada línea verde que gira desde el Esperanza como eje- y lo posa sobre los triángulos blancos. 

-Tienen los AIS (sistema de posicionamiento satelital) apagados – apunta sin correr la mirada de la pantalla. El AIS es lo que brinda la información sobre los barcos: su nombre, bandera, empresa, hacia dónde se dirigen. En general, si lo tienen apagado, es porque están haciendo algo ilegal, como pescar dentro del Mar Argentino. -Por la velocidad que llevan, están arrastrando – agrega. Habla poco, solo certezas. 

 

En menos de dos horas todos los puntos amarillos que marcaba el radar ya son visibles: el Esperanza está rodeado por cinco pesqueros de origen español y dos de origen chino. A las 14:27, el capitán Sergiy intenta el primer contacto por radio con un barco español. Recibe una respuesta afirmativa y le pasa el teléfono a Pablo, para no tener que llevar la conversación en inglés. 

-Les queríamos hacer saber que vamos a acercarnos en dos embarcaciones menores – los notifica Pablo.

La respuesta tarda unos segundos. Una voz enlatada y hostil contesta:

-Espero que sea así, que no entorpezca nuestro trabajo -.  

En una breve conversación los activistas deciden preparar la primera acción del viaje. En la sala de reuniones, en la parte trasera del puente, se apuran a ultimar los detalles. 

-¿Cuánto tiempo tenemos? – pregunta Vueso.

– Veinte minutos – responde Pablo. 

Es suficiente. Parte de la tripulación se dedica a bajar los gomones de la cubierta, liderados por Andrés, el especialista en lanchas a bordo. Otro grupo baja hacia el wet room, el salón al que se accede desde afuera del barco por una escotilla ubicada en el medio del casco. 

Ya es tiempo de poner en práctica el entrenamiento de la mañana. Nos vestimos con los trajes especiales: son pesados, de una pieza, sellados para que no se filtre el agua, con balizas a la altura del pecho, gruesos y herméticos como para no congelarse al caer al agua, de color naranja para que se destaquen con el azul de fondo. Sobre los trajes nos ponemos un chaleco salvavidas delgado, que se infla en caso de quedar sumergido. El neozelandés Craig abre la escotilla. Afuera las lanchas saltan entre las olas, a pocos metros del Esperanza. Al acercarse quedaban a unos dos metros de la abertura. Craig suelta la escalera, que alguien recibe desde la lancha. De a uno vamos descendiendo, pendientes, para bajar, del ritmo del oleaje.

A la altura del agua, el mar se siente más revuelto y se puede ver la verdadera dimensión de las olas. El ritmo armonioso del barco no es el de las lanchas, aun en el mismo mar. El barco español se ve lejano. Avanzamos bajo el sol de la tarde, rodeados de petreles y albatros, aves blancas de alas negras y pico anaranjado que parecían poder abarcar todo el océano con su vuelo circular. Por la radio de la lancha se escucha, entrecortada por interferencias, música de charleston. Los españoles la activaron para imposibilitar la comunicación. Desde los botes se ve cómo queda atrás el Esperanza, con su casco verde y el arcoíris dibujado sobre la proa. Trasladarse al nivel del mar le agrega inmensidad a todo.

En unos quince minutos logramos lo que parecía imposible: estamos a pocos metros del barco español. Las lanchas son ágiles, parecen adaptarse a la fisionomía del agua y logran una velocidad sorprendente. Viajamos por la estela del barco español, que lo triplicaba en largo. Los pájaros descansan sobre la espuma que deja el pesquero. Ya se pueden ver las cadenas que cuelgan desde los dos mástiles que se erigen sobre la popa del barco español, las que sostienen la inmensa red de arrastre. Eso explica el comportamiento de los pájaros, que se alimentan de las algas y peces que levanta la pesca, al destruir el fondo marino. Desde las lanchas se siente el olor fuerte a pescado muerto, el mismo que flota en los puertos.

El objetivo de la acción es documentar la situación. Después de dar la vuelta alrededor del barco, el material recolectado por los fotógrafos ya es suficiente. Es tiempo de volver a lo más parecido a tierra firme que tenemos: el Esperanza. 

Viernes 22

Por contraste con el día anterior, se esperaba que el viernes fuera un día relajado. La mañana había sido de rutina -desayuno y limpieza-, sin sobresaltos. Aun dentro del Agujero Azul, a más de 300 kilómetros de la costa Argentina, el mar permanecía calmo y los barcos pesqueros ya eran parte del horizonte. Hasta antes de las 12:30 se estimaba que el día iba a mantenerse dentro de aquel clima de sopor de cielo, sol y océano. A las 12:35 la situación cambia, cuando se convoca a una reunión en el helipuerto. 

El encargado de explicar el nuevo escenario es Vic. Nuevamente habla en inglés para que entendieran los dos periodistas surcoreanos -Choi y Mr. Lee-  que participan del viaje y la periodista china, Lulu. 

-Apareció la posibilidad de abordar un pesquero chino, y vamos a hacerlo. Las reglas son simples y hay que respetarlas, sin falta, porque puede ser peligroso – anuncia. Por algún motivo se empieza a rascar la cabeza de manera ridícula, como si fuera un chimpancé. -Si hago así, significa que todo va bien. Wenjing (la líder de la campaña de Asia del Este de la organización) será la encargada de comunicarse con ellos. Nunca dejen de hacer contacto visual conmigo o con Fernando (el otro encargado de las acciones). Si me saco el gorro significa que we´re fuck up, estamos jodidos: nos tenemos que tirar al agua desde el barco chino. No lo piensen ni un segundo, si me saco el gorro, se tiran al agua.

El operativo había empezado a gestarse el día anterior, después de la acción en torno al barco español. El sol ya estaba recostado sobre el mar cuando Wenjing había logrado hacer contacto con uno de los pesqueros chinos. Al capitán Sergiy le había llamado la atención que un solo barco, marcado en el radar, tenía tres señales diferentes de AIS. Sergiy hizo el primer contacto y le pasó el teléfono de la radio a Wenjing. Hablaron varios minutos bajo la mirada absorta de varios activistas y tripulantes en la sala de navegación, para quienes la conversación en chino era ininteligible. El mar, con el sol casi escondido, era dorado. 

Wenjing colgó el teléfono. No había conseguido más que respuestas esquivas sobre el tipo de pesca que practicaban, y una rotunda negativa de visitar el barco. Hubo que esperar hasta la mañana siguiente para que cambiara su suerte. Y la del Esperanza. En el primer contacto con un barco de la misma compañía china, el capitán habilitó la posibilidad de ir a bordo. El radar marcaba doce embarcaciones de la misma compañía ese misma mañana navegando en los alrededores.

Repetimos la secuencia del día anterior: los trajes, la escotilla, las lanchas. Vic y Fernando van en el bote que llaman “Margarita”, con flores homónimas dibujadas en los costados del timón; desde allí vamos a intentar subir al pesquero chino. Antes, Wenjing vuelve a comunicarse con el capitán. Nuevamente dio el visto bueno.

Los tripulantes del pesquero se arraciman sobre la baranda para vernos llegar. Hay entre ellos un perro, que corretea por la cubierta como si estuviera en un parque. El casco de la nave parece desgastado, de un azul grisáceo y un rosa que alguna vez habrá sido rojo carmesí. Los pescadores sueltan sobre la borda una escalera similar a la que usamos para entrenar, aunque que más desgastada y sucia. Cuelga de la cubierta hasta unos tres o cuatro metros, sin llegar al agua. El oleaje hace difícil mantenerla quieta desde la lancha, que flota rozando el casco del pesquero. Ahora se entendía por qué Vic la había agitado con tanta saña durante las prácticas. 

La primera en trepar es Wenjing, una de las dos personas que sabía hablar chino además de Lulu, la periodista. Detrás de ellas, subimos los restantes. La recepción es amable y tensa. Wenjing entrega una serie de regalos para la tripulación, paquetes de papas fritas y snacks. Los aceptan y agradecen. El capitán chino responde con cigarrillos, nos reparte uno a cada uno. Él mismo descuelga la ropa que pende de un tender hecho de redes de pesca, acomoda asientos improvisados entre baldes y otros objetos, para armar una ronda. Invita con un gesto a acomodarnos. Vic se rascaba la cabeza como un chimpancé.

El barco está quieto, no se mueve, y no hay muestras de que estuvieran pescando. Es antiguo, con piso de madera y motor de dos tiempos. Ese último detalle se deduce por la cantidad de barriles de chapa oxidada que hay sobre la borda, que contienen aceite, utilizado en motores de ese tipo para mezclar con el combustible. Hay tal vez treinta o cuarenta barriles; ocupan la mitad de la superficie de la cubierta. El capitán le explica a Wenjing que recién cargaron nuevos, a través de otro barco que los trajo desde China, y que tienen una cantidad suficiente para hacer funcionar el motor durante un año más. 

Pero lo que más llama la atención son los tripulantes: al subir por la escaleras, quienes nos recibieron con más efusividad fue un grupo de chicos de no más de veinte años, de pieles oscuras, casi grises, y rasgos aindiados. Son de Indonesia, contestan cuando les preguntamos. Los demás, los menos, son chinos: el capitán, el cocinero y el ingeniero a bordo. Ni bien estuvimos arriba, los chicos de Indonesia sacaron sus celulares y empezaron a sacarse fotos con nosotros. Parece que es la primera vez que pasaba algo diferente en la monotonía del día a día de la pesca. Están abrigados apenas con buzos de algodón o de nylon, joggins y ojotas en los pies. Es un día casi sin nubes y el sol golpea pleno sobre la embarcación, pero la temperatura debe estar en torno a los quince grados, y el viento se mantiene firme, como siempre en altamar. Incluso con los trajes que tenemos, se percibe algo del frío exterior. Los ocho indonesios, por momentos, tiemblan. Tiemblan y fuman un cigarrillo atrás del otro. Casi enloquecen de felicidad cuando Vic les dijo que podían captar wi-fi desde el barco de Greenpeace. Estiran los brazos hacia arriba o hacia el Esperanza, buscan alguna gota de señal.

Resulta difícil hablar con ellos, pero con una mezcla de inglés y lenguaje de señas logramos algún tipo de intercambio. Preguntan de dónde venimos. Cuando contestamos “Argentina”, sonríen y contestan: “Leo Messi”. Hay uno de ellos que se hace entender con relativa claridad. Tiene veinte años y está con un hermano de 18, que se acerca a saludar. En Indonesia los esperan otros cinco hermanos más pequeños, según dice con la seña que dibuja en el aire: la palma de la mano hacia abajo, a la altura de la cintura. Cuando les preguntamos hace cuánto tiempo están en el barco, contestan “dos años”. Repiten, como excusándose y al unísono la palabra contract, es decir, contrato. Levantan los dos hombros cuando les preguntamos cuándo vuelven a sus casas. No lo saben. 

-¿Se aburren tanto tiempo en el mar?¿qué hacen en sus ratos libre?

– Dormimos. Trabajamos, dormimos y comemos. Nada más.

-¿Qué comen?

-Arroz y arroz.

Físicamente se los ve bien, delgados y enérgicos, aunque su ropa está desgajada y a muchos les faltan algunos dientes, lo cual desentona con sus caras juveniles. De una manera imprecisa, el hermano mayor me dice que extraña Indonesia. En realidad, cuenta, extraña a su familia. 

 

Mientras un grupo conversa con los indonesios, otro lo hace con el capitán y el cocinero del barco. El capitán parece un hombre sereno, de unos cincuenta años, vestido de jean, campera tipo Uniqlo y ojotas; habla como si estuviera en una reunión familiar, con un cigarrillo colgando entre los labios, gesticula mucho. Cuenta que trabaja en pesqueros desde hace trece años, y desde 2013 en la zona del Agujero Azul. Él no llevaba dos años en el barco, recién llega de Asia, y volverá a tierra después de algunos meses. La tripulación del sudeste asiático es contratada por la empresa a una agencia tercerizada que opera en Singapur, país en el que embarcaron a los indonesios. 

-La charla viene bien, por ahora – contesta Wenjing cuando Fernando le dice -Se nota que tenían ganas de conversar -. Fernando levanta la cabeza, hace contacto visual con Vic y repite la señal de que todo está bien.  

Lo primero que le explica el capitán a Wenjing, según contó ella después, es que pescaban con la técnica de arrastre de fondo. “Dice que la cantidad de peces disminuyó de manera crítica”, traduce Wenjing. La activista relata que el capitán no  usó la palabra “colapso”, pero su descripción de la pesca en los últimos años no encuentra mejor definición. “En los últimos tres años la situación empeoró muchísimo, sobre todo en relación a la pesca de calamares y una especie de pez llamado nototenia, que proviene de la Antártida. La primera vez que vino a esta zona dijo que sacaba redes y redes completas con ese pez, y ahora ya casi no encuentran”, traduce Wenjing, sin poder esconder el asombro, durante los silencios del capitán chino.

También cuenta que en esta zona solía ver desprendimientos de glaciares, que venían desde el mismo sitio, del polo sur. El capitán cree que la disminución en la cantidad de peces tiene que ver con la temperatura del agua, no con la depredación. Sin embargo, “en algún momento reconoció que tal vez existía alguna relación entre el decrecimiento de la cantidad de peces y la pesca industrial”, traduce la activista. El capitán detalla que en 2015 habían sacado 3000 toneladas de calamar entre fines de diciembre y abril. En 2018, en cambio, sacaron unas 200 toneladas en todo el año. 

-¿Por qué vienen tan lejos a pescar, al Agujero Azul? – le pregunta Wenjing. 

-Los calamares de acá son de muy buena calidad,  se venden a un precio muy alto. En esta zona no hay contaminación – contesta el capitán. 

Después recuerda el espectáculo que comienza en enero, con la apertura de la temporada de pesca del calamar:

-No llegás a contar los barcos que se ven alrededor del nuestro, y a la noche parece una ciudad por la cantidad de luces que se ven. 

Sentado en un pequeño cajón de madera, el capitán parece no tener problema en contestar cualquier pregunta. Revela, incluso, por qué la actividad del barco está suspendida: los barcos chinos tienen que mantenerse navegando en altamar para poder seguir cobrando los subsidios estatales. Incluso si no pescan nada. El subsidio equivale a 1,5 millones de dólares por año, por barco, calcula Wenjing, después de convertir la cifra que el capitán le dijo en yuanes. 

-Está basado en la cantidad de horas en el océano. No recibís la plata si estás en un puerto, tenés que navegar – precisa el capitán.

Cuando la conversación se disipa, agradece con un breve gesto y ordena a los indonesios desplegar la escalera, del otro lado de la nave, no por el que habíamos ascendido, ya que el mar allí parece más calmo. Los jóvenes responden de inmediato, entre cuatro o cinco, con agilidad y destreza. Bajamos por sobre la borda sin dificultad a las lanchas que esperan oscilando con la ondulación del mar, pegados al casco. Los tripulantes asiáticos nos saludan desde la cubierta, eufóricos, mientras nos alejamos. En menos de diez minutos ya estamos de vuelta en nuestro barco, en una realidad completamente diferente. 



Sábado 23

El amanecer encontró al Esperanza rodeado de neblina. El barco parece suspendido sobre el mar, como si no avanzara, en una nube líquida que brilla cada vez más a medida que el sol se eleva. Por primera vez el horizonte está escondido y las aves que nos rodeaban se pierden entre la bruma. 

Pasado el mediodía, el día vuelve a estar claro. Las condiciones climáticas y la tranquilidad del mar parecen dadas para concretar el último tema pendiente de la expedición: lograr captar imágenes del lecho marino con la towcam, una cámara acuática de remolque, montada dentro de una armadura para resistir golpes y con un cable de 380 metros. Después de ver, aún en temporada baja, decenas de pesqueros en actividad, después de corroborar que practican la pesca de arrastre, resta verificar cuáles son las consecuencias sobre el fondo marino. 

El encargado del experimento es el neozelandés John, Operador de Unidades de Vehículos Autónomos (UVA) de Greenpeace. Se maneja con la serenidad que suponen este tipo de trabajos: sentado frente a su notebook, cruzado de piernas y con una joystick igual al de la Xbox, maneja la inclinación de la cámara y la intensidad de las luces, mientras reparte indicaciones en su inglés llano, sin usar más que las palabras justas: slow down; go ahead; slack. Sobre la cubierta trasera del barco, en un container con una cara abierta hacia el helipuerto, armó un escritorio sobre el que está su notebook, enchufada a una pantalla gigante en la que el resto de la tripulación, los y las activistas, contemplan las imágenes en vivo. Lo acompaña Collins, inglés de unos 65 años, con el pelo blanco y compacto que se prolonga hasta una barba idéntica, inseparable de su taza de té. Al igual que John, sólo hace comentarios pertinentes, aunque de cuando en cuando desliza alguna ironía para descomprimir tensiones. Para sacar del agua al esqueleto metálico en el que está emplazada la cámara, por su peso y por el tironeo de la corriente, se necesitan todos los brazos disponibles en cubierta: nueve o diez hombres y mujeres, a fin de recoger unos 300 metros de cable. Martín Brogger, biólogo del Instituto de Biología de Organismos Marinos (Ibiomar) – Conicet, espera ansioso junto a la pantalla. Él es el único que puede terminar de entender las imágenes, el que tiene una idea esbozada sobre cómo puede ser el fondo del mar. 

Para lograr el objetivo se deben tener en cuenta un conjunto de variables: inclinación del cable vertical y horizontal, la velocidad del barco, el peso que se le agrega a la towcam, la corrientes submarina. El mar parece calmo en la superficie, pero eso no se condice con lo que ocurre en lo profundo. A más de cien metros, la corriente tensa tanto el cable que la cámara abandona su descenso y vuelve hacia arriba. Son vanos los intentos de agregarle peso: la towcam dibuja siempre la misma parábola inversa. El mejor intento deja al equipo a solo dos metros del fondo -que está exáctamente a 147 metros-, pero no logra el contacto, ni mantener el foco firme sobre el lecho marino. La causante es la Corriente de Malvinas, un flujo que corre gélido de sur a norte sobre la plataforma continental argentina. 

– Ok. Let´s call it off (vamos a cancelarlo) – anuncia John, con su tono neutro, después de siete intentos inútiles. 

Entre él, Collins y Pablo dirimen posibilidades. Hay, en el extremo norte del Agujero Azul, un punto ajeno a la Corriente de Malvinas, que se desvía hacia el este algunos kilómetros antes. Volverán a intentarlo otro día.

Lunes 25

Es el último día antes de que el Esperanza dirija la proa hacia el norte, hacia su destino final en el puerto de Buenos Aires. La mañana fue ventosa; el cielo cubierto de nubes que amenazaron con una tormenta que nunca se desató. La tarde parece dar un respiro: las nubes pasaron de gris plomo a blanco, las ráfagas son menos insistentes. En la popa se repite el escenario del sábado: John y Collins pendientes de la notebook; Martín camina de un lado a otro, ansioso por ver las imágenes, y la tripulación a disposición del experimento. 

El primer intento es fallido, pero venturoso. La situación es inversa a la del sábado: la superficie del mar se agita en un oleaje constante, pero en el fondo no hay una corriente tan fuerte. La corriente de Malvinas se desvía antes de la zona denominada Playa Norte -que está dentro de la Zona Económica Exclusiva de Argentina, en el límite septentrional del Agujero Azul-, en donde se espera concretar el experimento. Es la última posibilidad. 

-Let´s go for it – le dice John por radio a Pablo, que sostiene el dispositivo en sobre la borda junto a Rapha.

Se necesitan tres intentos fallidos para calibrar el peso, para entender cuál es la dinámica del mar ese día, a esa hora, para saber cuál es la mejor forma de tirar la cámara. En el cuarto intento la towcam baja a un ritmo acelerado; el altímetro de la pantalla, que muestra la profundidad, aumenta más de un metro por segundo. Lo que la cámara capta es una imagen azul con partículas blancas, fugaces, que pasan de largo, como si se tratara de una nave que avanza en el espacio a hipervelocidad. A los 126 metros la cámara se detiene de golpe y una nube de polvo invade la imagen. Después de chocar contra el fondo, John maniobra desde el joystick el ángulo de la cámara y puedo mantenerla durante unos cinco minutos sobrevolando a pocos centímetros del lecho: en la pantalla ve el marco azul abovedado que dejan las luces de la cámara, y sobre el fondo arenoso, muy dispersas, especies como esponjas, corales, caracoles, equinodermos – estrellas de mar-. Martín las enumera en voz alta a medida que aparecen. La enorme mayoría de ellas, están muertas.

-Está todo arrasado – es la primera conclusión a la que llega el biólogo, después de la transmisión en vivo. 

La depredación del mar es invisible. El biólogo lo explica con claridad: “Es como un bosque talado o el Amazonas incendiado, solo que abajo del agua, entonces no se ve. Es un montón de fauna que tarda mucho más tiempo que los árboles en crecer; un ecosistema que tarda mucho más en estabilizarse y en formar diversidades. Hay muchísimos animales asociados a ese entorno, arrasados, destruidos. El fondo marino no va a poder volver nunca a su estado original”. El ritmo de recuperación es incluso más lento que el de un bosque o una selva. Según Martín, se puede lograr “con miles de años”. Los corales de agua fría crecen más o menos un centímetro en diez años. Antes de la destrucción por la pesca, estos corales tenían entre diez y cuarenta metros de altura. 

En la oficina que improvisamos detrás del puente, en unos escritorios que estaban libres, Martín analiza las imágenes en su computadora. Usa programas de edición de fotografía para aumentar el contraste, el brillo, los colores, para adivinar todos los secretos de las imágenes. Lo que encuentra, en cuanto a  la biodiversidad, es muy poco:

-Los científicos sabemos que cuando se desequilibra un fondo como éste, lo que hay es una predominancia de muchos individuos de una sola especie, o de muy pocas especies, y específicamente hay mucha presencia de animales que son depredadores u oportunistas, que son beneficiados por el descarte pesquero. La proporción de animales sésiles –los que permanecen quietos en el fondo- disminuye, al igual que la proporción de estructuración vertical compleja que permite tener un ambiente hacia arriba y sirve a otros animales para esconderse; vimos peces sueltos en el fondo, sin lugar donde esconderse – explica. 

Martes 26

Por primera vez en varios días, el cielo está contaminado por la luz de la costa, de Mar del Plata. En los días previos pudimos ver cielos perfectos. Hubo una noche sin luna en que era la Vía Láctea la que iluminaba el océano de blanco; cruzaba el cielo como una cicatriz brillante, rodeada de tantas estrellas como todos los hombres y mujeres del mundo pueden imaginar. El movimiento mecedor del barco daba la sensación de que estaban cada vez más cerca, al alcance de la mano. 

Pero eso se terminó con las luces de la ciudad velando el cielo nocturno. Mirar esa bruma artificial, por momentos, me hace pensar en cuántas personas estarán desde allá mirando hacia el mar. Desde la costa, el mar se ve como el infinito, como un lugar pleno, virgen y anacrónico; un sitio despoblado, ajeno a cualquier actividad humana.