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LA BIBLIA VOLVIÓ AL PALACIO

Crónica desde las calles de La Paz sobre la semana del golpe de Estado en Bolivia. La oposición que pedía una segunda vuelta al presidente constitucional, Evo Morales, terminó siendo parte del golpe concretado por las Fuerzas Armadas. La oposición a Morales fue la fuerza de choque antes de la renuncia. Una vez consolidado el golpe, el Ejército ocupó las calles para reprimir y sofocar las movilizaciones que descendían desde El Alto para defender al gobierno constitucional. La CIDH ya registra 23 personas muertas y 715 personas heridas desde el inicio de la crisis.

Por: Diego Aitor| Foto: Rimac – Colectivo fotográfico

Desde La Paz

«Estamos ante las últimas horas de Evo», expresaba,más como un deseo que como una certeza,un grupo de manifestantes opositores, la mayoría universitarios, el viernes 8 de noviembre por la tarde. No eran tantos como para que  pareciera un presagio final. Ese día en el cementerio de La Paz se celebró la festividad aymara de las ñatitas, una especie de día de los muertos en el que se llevan ofrendas a las calaveras; se les entrega flores, velas y hojas de coca. La tradición es hacer plegarias. “Espero que se calme la situación, no puede ser que estemos todos los días con las calles cortadas y escuchando la pólvora de los enfrentamientos”, dijo Margarita, mientras le fumaba a Paulina, una de las calaveras expuestas. En las calles de La Paz la gente aprovechaba las últimas horas del viernes para comprar en los puestos callejeros. En Cochabamba, mientras tanto,se consolidaba un motín policial. Si en el cementerio se pedía por la pacificación del país, en los cuarteles se empezaba a prender la mecha. Enseguida se unieron al motín los policías de Santa Cruz, Potosí y Sucre. Siete de los nueve departamentos. Se pedía por reivindicaciones laborales, por mejoras de salario… y por la renuncia del presidente constitucional, Evo Morales. Ondear la bandera tricolor boliviana y tirar petardos era el símbolo identitario de los manifestantes opositores. El golpe de estado ya estaba en marcha. Cuatro días más tarde, ante un senado desierto, Jeanine Áñez se autoproclamaba presidenta de Bolivia. Los propios militares le colocaron la banda presidencial.

Del reclamo de segunda vuelta, al golpe de estado

El 20 de octubre Bolivia votó. A las siete de la tarde empezaron a salir los resultados preliminares. Con el 85 por ciento del voto escrutado, el conteo se detuvo. La distancia entre Evo Morales y el segundo candidato más votado, el expresidente y referente del espacio Comunidad Ciudadana, Carlos Mesa, era de ocho puntos, insuficiente para designar a Morales como presidente en la primera vuelta. Mesa se mostró como ganador. Evo también. «Seguimos siendo la fuerza más votada después de 14 años», anunció, y luego aclaró: «Todavía faltan los votos rurales y del exterior», los que más tardan en contabilizarse y los que históricamente fueron en favor del MAS. Al día siguiente se reanudó el conteo y la ventaja superó los diez puntos. La oposición salió a la calle para denunciar fraude y exigir una segunda vuelta.La Organización de Estados Americanos (OEA) manifestó ciertas dudas respecto al proceso electoral y propuso una auditoría. El gobierno la aceptó, mientras que la oposición la rechazó por considerarla una jugada de Morales.

Del reclamo por segunda vuelta, los opositores pasaron a exigir la renuncia de Evo. Ante este clivaje, también hubo un cambio en el papel protagónico reaccionario: tomó fuerza la figura de Luis Fernando Camacho, quien no había participado de las elecciones, pero se convirtió en el ícono de las protestas en Santa Cruz. Su rostro joven, su verbo fácil y directo le hicieron ganar adeptos. Calificaba al presidente de dictador y en cada una de sus intervenciones hacía coincidir la petición de renuncia de Evo con menciones a la Biblia. En ese marco, grupos como Unión Juvenil Cruceña, de corte neofascistas, empezaron a actuar en distintas ciudades, con Santa Cruz como epicentro.

A medida que pasaban los días, los enfrentamientos en las calles, la persecución a los líderes sociales y de todo aquel que huela cercano al MAS, se intensificaba. Se acumulaban denuncias de acoso y amenazas. Una representante del MAS, que había sido electa diputada, relató a Lalengua cómo los bloqueos callejeros controlaban el paso en Santa Cruz y negaban el tránsito a todas aquellas que vistiera polleras o tuvieran rasgos indígenas. A ella – de rasgos más del oriente boliviano,de tez más blanca y pelo rubio -, la señalaron en una publicación por redes sociales. Fue entonces cuando comenzaron a llegarle los insultos, las negativas a pasar las barricadas y las persecuciones. “Sientes miedo cada vez que sales a la calle”, lamentó.

Un caso similar relató un líder social campesino: “Cuando empiezan las protestas comienzo a recibir insultos de algunos de mis vecinos, viene gente por mi casa, la rodean, me gritan solo para que sienta miedo y de los insultos se pasa a las amenazas de muerte”. Decidió agarrar a su familia e irse. «Voy de provincia en provincia gracias a la ayuda de los compañeros y compañeras; he tenido que ir hasta en caballo para evitar los controles en carreteras de gente de la oposición», aseguró. Otro diputado contó que le habían destrozado su auto particular y golpearon a su hijo. Fue durante esos días que aparecieron las imágenes de la alcaldesa de Vinto, Patricia Arce, a quien un grupo de jóvenes opositores capturaron, le cortaron el pelo, le rociaron de pintura roja, le orinanaron encima, mientras la obligaban a arrodillarse y a pedir perdón.

Mientras a las protestas opositoras se les hacía seguimiento y entrevistas, y se obviaban sus muestras de racismo, su violencia, ahora se olvidan de nuestras protestas”

Carlos Macuyasa
Escritor indigenista

El viernes la noche se volvió tensa en La Paz. “Militares sí, policía no”, gritaban dos chicos jóvenes por una de las calles del centro. Se esperaban movimientos tanto de la policía paceña como del gobierno. Un señor mayor, de pantalones grises desgastados que pasaba por allí y escuchó los gritos de “Evo renuncia”,contestó a los manifestantes:“los han engañado”. “Le están haciendo la revolución a la élite de Santa Cruz”, insistió, y se perdió por una de las calles laterales ante la mirada enfadada de los jóvenes. Esa noche el gobierno anunció que no iba a lanzar el ejército contra el pueblo y denunció un intento de golpe de Estado, sin mencionar los motines policiales.

El sábado por la mañana se unió la policía de La Paz,primero bajo la consigna de «repliegue policial», después con la confirmación del motín y la voluntad de echar a Evo del poder. Fue un golpe moral muy fuerte, ya que ellos eran los encargados de proteger las barreras que se habían establecido en los accesos a la Plaza Murillo, donde está el Palacio Presidencial y la Asamblea Legislativa. La mujer de una de los oficiales explicó: “la situación es insoportable para los policías, cobran la mitad que un militar y se están jugando la vida en las protestas”. Un oficial señaló que “ya está bien de esperar unas promesas que nunca se cumplen”. Horas más tarde, la cancillería volvió a advertir sobre un intento de golpe de Estado en el que sí mencionó los motines. Morales propuso una mesa de diálogo con toda la oposición. La rechazaron. El ministro de Gobierno propuso a la policía negociar las demandas sindicales. La rechazaron. En ese marco, el Ejército anunció que no iba a reprimir al pueblo. Premisa que, una vez consolidado el golpe, se esforzaron por no cumplir.El sábado la seguridad quedó en manos de los que estaban en la calle: los opositores decidían quién transitaba y quién no.

El domingo fue el día clave, lo cual se veía desde bien temprano. A las siete ya había salido un informe preliminar de la Organización de Estados Americanos (OEA),que publicó con antelación debido a la tensión que vivía el país. Señalaba «contundentes irregularidades” en las elecciones de octubre y recomendaba la celebración de unas nuevas elecciones. Añadía, además, que Morales pudo haber sido primera fuerza, pero que las proyecciones de los expertos señalaban que era «improbable estadísticamente» que consiguiera los diez puntos de diferencia. El informe, al que Morales calificó de «político y no jurídico ni técnico», apuntaba a actas manipuladas, firmas falsificadas y llegada de resultados a la sede electrónica por dos servidores no controlados. Voceros del MAS denunciaron que la oposición había quemado actas, entorpecido y saboteado el proceso electoral.

Aun así, la respuesta de Evo Morales al informe de la OEA no tardó en llegar y fue contundente: convocó de nuevas elecciones y anunció renovación de los órganos electorales. No precisó si se presentaría o no. En las barricadas opositoras pedían más: “Lo que tiene que hacer es renunciar”, respondieron a coro las siete personas que estaban a primera hora de la mañana en torno a una hoguera que ya era ceniza. “No nos iremos de aquí hasta que no acabemos con este gobierno comunista”, gritó una mujer con un sombrero rojo. Será la línea roja, de sangre,que tendrá toda la oposición.

Las peticiones de renuncia llegaron desde sectores económicos claramente opositores, pero también desde organizaciones alguna vez aliadas al gobierno, como la Central Obrera, el principal sindicato del país. También se anunciaron las primeras renuncias de dirigentes del entorno del presidente,muchas de ellas acompañadas de un fuerte pedido de pacificación y con la denuncia ataques, acoso y amenazas, a ellos y a sus familias. El mismo domingo, el presidente de la Cámara de Diputados, Victor Borda, pidió que liberaran a su hermano que lo tenían de rehén;los opositores quemaron la casa del gobernador de Oruro y también la de la hermana de Evo Morales;por la noche,fue saqueada la del propio presidente.

La oposición, en tanto, denunciaba ataques de seguidores gubernamentales a manifestantes opositores que iban desde diferentes puntos del país camino a La Paz para unirse a las protestas. Según repetían, una caravana de jóvenes había sido emboscada con ataques a sus integrantes y una caravana de mineros atacada con balas. La violencia parecía no encontrar techo y más con la policía en los cuarteles amotinada y el Ejército decidido a dejar cada vez más de lado al gobierno. En zonas periurbanas denunciaban la falta de seguridad ante vándalos que aprovechaban el desgobierno para robar y saquear.

Fue precisamente el Ejército el que dio golpe definitivo. El momento cúlmine fue protagonizado por Williams Kaliman, quien leyó un comunicado en el que pidió la renuncia del presidente. Es el mismo Kaliman que diez meses antes, al jurar su cargo, se había declarado un «soldado del proceso de cambio». La relación entre las Fuerzas Armadas y el gobierno había sido excelente en estos años, «un matrimonio de gobierno civil y militar», explicó el politólogo Diego Ayo, quien destacó que el ejército había tenido labores políticas como el reparto de bonos o la Empresa de Construcción de la que dependían la planificación de obras públicas. «El ejército nunca ha tenido tanto poder, pero todo está supeditado a la figura de Morales.Saben que si cae, caerán con él», añadió el politólogo. Tal vez por ese motivo los militares decidieron dar un paso al costado y ser los últimos responsables de la caída de Evo, lo que les dio posibilidades de resguardar su papel en el futuro.Un futuro cercano: el martes, fue un militar el encargado de colocarle la banda presidencial a Añez, y en la primera reunión de gabinete sólo militares acompañaron a la autoproclamada presidenta.

A las 16:51 las televisiones transmitieron un mensaje grabado. Salieron al aire el presidente Morales y el vicepresidente, Álvaro García Linera. Los dos anunciaron su renuncia con la intención de pacificar el país. «Renuncio para que mis hermanos y hermanas no sigan hostigados ni amenazados», dijo Morales,y mencionó enfáticamente las casas quemadas y la amenaza a familiares. «El golpe ha triunfado», anunciaron ambos mandatarios, y pidieron ayuda a la comunidad internacional. La OEA se mantuvo en silencio. Asimismo, Evo explicó que volverá a Cochabamba, “a las bases”. Hasta ese momento todavía no se había planteado irse del país. Eso llegará a las horas, cuando considere que su vida corría peligro y aceptara la oferta de asilo de México.

La vuelta de la biblia y de la resistencia

“La Biblia ha vuelto al Palacio”. El grito salió de boca de Jeanine Áñez el martes, mientras alzaba sobre sus manos un ejemplar del libro sagrado de dimensiones desproporcionadas. La mujer que ya se había autoproclamado presidenta del senado, ahora se autoproclamaba presidenta de Bolivia, ante un recinto prácticamente desierto, luego de alegar vacío de poder tras las renuncias del presidente constitucional y su vicepresidente. Fue la misma frase que había utilizado el domingo Camacho, de rodillas en el palacio presidencial, minutos después de la renuncia del primer presidente indígena de América.

En la mañana del martes la sesión de diputados no se celebró. Los legisladores del MAS, que son más de la mitad del total, no asistieron. Denunciaron que las condiciones para su seguridad no estaban garantizadas. Algunos habían dimitido, otros estaban en la clandestinidad y otros tenían miedo a salir de sus casas. Se suspendió la sesión matinal sin votar las renuncias. Por la tarde, Áñez se saltó el reglamento y se ubicó en el sillón presidencial del Senado. Ante los aplausos de los suyos, se autoproclamó presidenta. Aseguró que se trataba de algo transitorio, hasta la convocatoria de nuevas elecciones, y destacó que asumiría todas las decisiones necesarias con tal de pacificar el país. Kaliman, «el soldado del proceso de cambio», dio el saludo protocolario y reconoció a la autoproclamada presidenta.

“Cuando empiezan las protestas comienzo a recibir insultos de algunos de mis vecinos, viene gente por mi casa, la rodean, me gritan solo para que sienta miedo y de los insultos se pasa a las amenazas de muerte”.

Líder campesino

Afuera del Palacio, la tensión en la calle se mantuvo, pero con otro signo.Esta vez fueron los seguidores de Evo los que salieron a manifestarse contra el golpe de Estado. “Los golpistas no pasarán”,era uno de los gritos que más eco encontraba en las caravanas que partían de El Alto, en La Paz. La wiphala, bandera de los pueblos originarios, empezó a ser el símbolo de resistencia que llenaba las calles, después de ver cómo grupos opositores a Evo las habíanquemado, algunos incluso frente al palacio de gobierno. Un grupo de jóvenes explicó que salían a la calle “porque no queremos volver al racismo de antes, donde nuestras abuelas sentían vergüenza por vestir de pollera (el traje clásico de las cholas)”. El escritor indigenista Carlos Macuyasa, apuntó que la quema de la wiphalahabía sido tomada como una profunda agresión. “Hay que tener en cuenta el pasado de discriminación de la derecha boliviana y que nada más consigan echar a Evo Morales del poder, quemen banderas y las quiten de algunos edificios públicos o los policías de su uniforme, es una mala señal de alarma para la igualdad. Y eso lo notamos los indígenas”, explicó.

Luego de consolidado el golpe, la policía levantó su motín sin conseguir las mejoras laborales, para intentar restablecer el orden. Alegaron que la fuerza estaba «rebasada» y pidieron ayuda al Ejército, que pasó de no reprimir a unirse a los uniformados que hasta hacía horas estaban amotinados. La Paz fue asediada por patrullas terrestres y hasta aviones durante el martes; sobrevolaban las zonas donde marchaban los masistas, las sinuosas arterias que descienden de El Alto. Varios retenes de la policía fueron quemados, hubo detenidos y saqueos. Las barricadas opositoras en torno a la Plaza Murillo ganaron dimensión con la intención de que se celebrara la sesión especial para enaltecer a Áñez. Entre la broma y la indignación, los manifestantes que denunciaban el golpe gritaban “Que renuncie Áñez, carajo”. También resonaban gritos contra Camacho, contra la policía, contra el racismo, contra la prensa boliviana. “Esto también es pueblo”, fue el slogan para denunciar la poca cobertura mediática que recibían las movilizaciones contra el golpe. “Mientras a las protestas opositoras se les hacía seguimiento y entrevistas, y se obviaban sus muestras de racismo, su violencia, ahora se olvidan de nuestras protestas”, criticó Macuyasa. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos publicó el sábado 16 de noviembre que, desde el día anterior hasta ese momento, se habían registrado 9 fallecidos y 122 heridos. Para el mismo organismo, las victiman ya totalizan 23 muertes y 715 heridos desde el inicio del conflicto. Lo cierto es que, con o sin cámaras de televisión como testigo, la resistencia del pueblo boliviano ya está en marcha.