LALENGUA
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"HASTA QUE VIVIR SEA DIGNO"

 

Lalengua participó de la movilización más grande de la historia de Chile. Más de un millón de personas se concentró el viernes en Plaza Italia para reclamar que se ponga fin al modelo neoliberal con el presidente, Sebastián Piñera, como máximo representante en la actualidad. El rechazo al gobierno en las calles fue masivo, pero, ¿podrá Chile encausar la energía popular en un proyecto alternativo?

Desde Santiago de Chile

Por: Ariadna Dacil Lanza | Fotos: Álvaro Hoppe Guiñez

El presidente chileno, Sebastián Piñera, no escucha. Tal vez por eso su cara aparecía en los carteles con los oídos tapados, otras veces representado un demonio, como Drácula o un capo mafia, o, aun peor, acompañado del último dictador chileno, Augusto Pinochet. Pese a las medidas y anuncios de los últimos días, el gobierno no pudo detener las movilizaciones. Se estima que solo en Santiago, el viernes hubo más de un millón de personas en las calles, casi el 20 por ciento de la población total de la ciudad. «La TV miente», insisten algunas pintadas callejeras, aunque los medios de comunicación no lograron obviar el fenómeno del pueblo sublevado. El presidente se quiso correr del ojo de la cámara, pero las manifestaciones lo volvieron a ubicar en el centro de la escena. En una semana dijo que estaba en guerra y sacó a las Fuerzas Armadas a las calles; propuso una opacada «Agenda Social» con reformas superficiales (Ver nota); ayer pidió que todos los miembros de su gabinete de ministros pusieran a disposición sus renuncias y levantó el toque de queda, que rigió por siete días. La masividad de las marchas y las cacerolas puede resonar al 2001 en el oído argentino, pero aquí la crítica sistémica se tradujo en la demanda por una nueva constitución que reemplace a la de 1980 y en un desarticulado pedido de renuncia de Piñera.

A las 11:35 del viernes, los pintores municipales intentaban cubrir las pintadas: «Pinocho dejó entrar a estos ladrones»; «Paco [policía] bastardo»; «Evade»; «Piñera culpa chupalo». A unos metros, frente a la Asociación Nacional de Empleados Fiscales, un cartel que cubría dos pisos del edificio, denunciaba: «No más abusos, militares a sus cuarteles». La producción de frases de la masa movilizada superaba la capacidad de los municipales. En pocos minutos, en la vereda y en el bulevar del frente, comenzaron a llegar trabajadores de diferentes sindicatos, aglutinados en la Central Unificada de Trabajaores (CUT), la más importante de Chile. Venían de una conferencia de prensa en la que exigieron, además de mejores condiciones laborales, que se terminara el estado de excepción y que se convocara a discutir una nueva Constitución. Antes del mediodía, la convocatoria no superaba las 150 personas, pero el clima era de festejo y anticipaba lo que ya todos anunciaban: ese día iba a realizarse la movilización más grande de la historia de Chile.

"Se ha demostrado que Chile es el fracaso del modelo neoliberal. Si no somos capaces de cambiar este sistema que precariza la vida, Chile va a seguir en esta movilización social. Y si el presidente no hace nada, se va a exigir su renuncia".

Valentina Miranda
Vocera nacional de la CONES

“Hay una agenda criminalizadora de la juventud que viene desde antes de este estallido que se profundiza con las fuerzas Armadas en las calles".

Malva Castro
Presidenta de la Asociación de funcionarios del Instituto Nacional de la Juventud.

En las calles, un grupo de manifestantes cantaba y bailaba; otros se turnaban en el micrófono para engrosar la lista de demandas. Mauricio de 65 años, contó que había discutido con sus cinco hijos porque había tratado de disuadirlos para que no se movilizaran, pero ellos igual quisieron hacerlo. Y lo hicieron. «Es parte de lo que les voy a dejar, no solo lo material. Estamos acá pidiendo lo mínimo», afirmó. Las pintadas callejeras y los cantos repetían la misma idea: «Hasta que vivir sea digno» y «el pueblo está en las calles exigiendo dignidad». También marchaba desde temprano Valentina Miranda, de 19 años, vocera nacional de la CONES. Días atrás había sido detenida por carabineros, durante el toque de queda, mientras caceroleaba en la calle; le tiraron gas pimienta en los ojos y la llevaron presa. Pero Valentina no se ciñó a ese episodio. Le preocupaban más los problemas de la educación que, según explicó, está a cargo de los municipios, que subsidian a las escuelas según la cantidad de alumnos, generando desigualdades entre unos y otros. Por eso volvió a salir a la calle.»Se ha demostrado que Chile es el fracaso del modelo neoliberal», dijo, y luego advirtió: «Si no somos capaces de cambiar este sistema que precariza la vida, Chile va a seguir en esta movilización social. Y si el presidente no hace nada, se va a exigir su renuncia».

Las calles desbordaban de jóvenes, enérgicos y determinados, pero también se manifestaron personas mayores y de mediana edad. Entre ellas Malva Castro, presidenta de la Asociación de funcionarios del Instituto Nacional de la juventud, quien sostuvo que el gobierno «está haciendo oídos sordos a las demandas estructurales que está pidiendo nuestro pueblo y el cambio de este modelo neoliberal que sólo hace crecer las arcas del empresariado a costas del pueblo”. La funcionaria denunció la violencia de las fuerzas de seguridad y aseguró que muchos jóvenes “han sido torturados, avisados por carabineros, otros con balines directamente apuntados a sus ojos. Hay una agenda criminalizadora de la juventud que viene desde antes de este estallido que se profundiza con las fuerzas Armadas en las calles». Junto a ella, marchaba Margarita, que llevaba un pañuelo verde por la legalización del aborto en el cuello. Contó que “le debe mucho a Argentina”, país en donde estuvo exiliada y en donde tuvo y perdió a una de sus hijas, y que es, además, “el lugar que mi hijo de 24 años eligió para estudiar”. Con ese dato expuso otro de los reclamos centrales que impulsan los jóvenes en Chile desde hace años: el derecho a una educación universitaria pública, gratuita y de calidad.

Para Javier Caballero, vicepresidente de la CUT y dirigente de los trabajadores municipales del país, la crisis que desató las puebladas “es el resultado de 30 años de acumulación de injusticia y separación entre poder y de los trabajadores”. El gremialista enumeró las bases del descontento popular: “La población exige iniciativas profundas y estructurales ante los bajos salarios, el alza del costo de vida, la privatización de derechos, y el endeudamiento exacerbado por la vía del crédito. La salida tiene que ver con una nueva Constitución y un nuevo modelo de desarrollo. La deliberación de la democracia en las bases y los plebiscito que tengan que ver con los derechos sociales y políticos frente al agotamiento del modelo neoliberal».

 

Desde la vereda del edificio en el que es encargado – lindero al Museo Violeta Parra -, Marcelo calculaba, en silencio, la magnitud de la movilización. La vereda estaba cubierta de vidrios que se fueron acumulando durante la semana, entre las vidrieras destrozadas por saqueos y las manifestaciones reprimidas por las fuerzas de seguridad, con gases y balas de plomo. Según él, la movilización del viernes, pasado el mediodía, ya era «el doble que la de los tiempos de Pinocho, que convocó a 500 mil personas». Si bien no se lo veía efusivo, dijo que para él el reclamo “está bien”, y lo justificó con su propia experiencia: “trabajo hace 54 años, pero igual no me alcanza”.

A las tres de la tarde las arterias a Plaza Italia ya estaban colmadas. La gente acompañaba sus cantos con silbatos y cacerolas, los autos tocaban bocina, algunos envueltos en banderas chilenas, en familia, con personas mayores, pero, sobre todo, jóvenes. «Yo no soy de ir a movilizaciones, pero en estos días me sumé. Creo que nadie quiere quedarse afuera», contó Felipe, de 31 años, mientras caminaba hasta el frente del Centro Cultural Gabriela Mistral, a metros de Plaza Italia, donde lo esperaban siete amigos. En la concentración se cantaba: «¡Oh… Chile despertó!, despertó, despertó… ¡Chile despertó!”, mientras llegaban más y más personas con carteles: «No hay abrazo pal que tira balazo»; «Ten cuidado con los medios de comunicación porque vas a terminar odiando al oprimido y amando al opresor».

Varias pancartas hacían alusión a la frase de la primera dama, quien se había referido a las manifestaciones como «alienigenas»: «Cecilia venimos por ti», decía una, con un extraterrestre verde de los Simpson estampado; otros carteles– eran varios a coro – versaban: «Alienigenas unides jamás serán vencides». La frase de Piñera de semanas atrás que señalaba que Chile era “un Oasis en una región convulsionada”, también se convirtió en parodia: «Saludos desde el oasis. Chile despertó». El movimiento de mujeres tuvo presencia con un gran pañuelo verde que consignaba «Aborto libre, seguro y gratuito», mientras que algunos carteles pedían «suelten el miso pal feto milico». Las banderas con más presencia eran la de Chile y la del Pueblo Mapuche (según cifras oficiales, el 9,9 por ciento de la población nacional se auto percibe como tal).

“La población exige iniciativas profundas y estructurales ante los bajos salarios, el alza del costo de vida, la privatización de derechos, y el endeudamiento exacerbado por la vía del crédito. La salida tiene que ver con una nueva Constitución y un nuevo modelo de desarrollo”.

Javier Caballero
Vicepresidente de la CUT

“El gobierno está haciendo oídos sordos a las demandas estructurales que está pidiendo nuestro pueblo y el cambio de este modelo neoliberal que sólo hace crecer las arcas del empresariado a costas del pueblo”.

Malva Castro
Presidenta de la Asociación de funcionarios del Instituto Nacional de la Juventud.

Pasaron algunos minutos hasta que la interminable columna comenzó a avanzar por la avenida Libertador Bernardo O’Higgins. En una calle paralela llamada “Carabineros de Chile” esperaba un grupo especial de esa misma fuerza. Todavía faltaba un rato para que empezaran a reprimir con gases lacrimógenos, como ya lo habían hecho los días previos. Con solo verlos, los manifestantes se cubrían el rostro; a muchos y a muchas, los gases y los perdigones les costó la vista. Cada vez que pasaba un helicóptero todos miraban al cielo y gritaba insultos.

La marcha continuó por la Universidad Católica, el cerro Santa Lucia, la Biblioteca Nacional. A medida que avanzaba la noche, se volvía más urgente cubrirse el rostro y muchos sacaban botellas con agua y bicarbonato, o gajos de limón que chupaban con ansias. Dentro de pocos minutos, los carabineros iban a justificar aquellos recaudos. La punta de lanza para desatar la represión fueron los camiones hidrantes, que ingresaron por la avenida arrojando agua y gases lacrimógenos. Sin partidos políticos, sindicatos u algún otro tipo de organización, la situación se prestaba a que cada uno definiera su suerte. Un grupo de manifestantes buscó llegar al Palacio de La Moneda – la casa de gobierno -, pero el vallado y los militares arrojando gases impedían el acercamiento. Para el regreso, con la manifestación disipada y las calles valladas, la violencia de los carabineros encontró menos resistencia. Hubo corridas y razias por calles cruzadas por barricadas prendidas fuego, entre comercios y cajeros con los vidrios destrozados.

No quedan dudas, en las calles de Santiago, de la fuerza del pueblo chileno, del rechazo generalizado a un modelo de país y de sociedad, como tampoco deja dudas el vigor de las fuerzas de seguridad y su despliegue para reprimir sin reparos. Pero tal vez lo ocurrido al final de la jornada del viernes sea sintomático: ¿Podrá Chile traducir la potencia de la movilización más grande de su historia en un proyecto político emancipador? ¿Podrá, en definitiva, construir desde las bases una sociedad dentro de la cual la vida sea digna de ser vivida?