LALENGUA
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GENEALOGÍA DE LA JUSTICIA CRIOLLA

El sociólogo y ex director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, conversó con Lalengua sobre el derrotero de la idea de justicia en la historia Argentina. De Alberdi a Lanata, del mito corporativo al escarnio mediático, González reflexionó sobre las figuras que intentaron evocar el fundamento último de la justicia.

Por: Juan Funes | Fotos: Melisa Molina

Horacio González fija la mirada en un punto incierto del cielorraso. El ex director de la Biblioteca Nacional no busca detalles en la pintura, ni en el revoque, ni en la mampostería. Lo que busca en su casa del barrio de Boedo – un caserón amplio en el que no se distinguen los espacios cerrados y los patios cubiertos -, lo encuentra en el filósofo napolitano Giambattista Vico: “en Vico hay una interesante observación etimológica con la palabra «ley». La palabra «ley», que viene del árbol ilex, del latín, es recogida como como «lex». Ilex es el árbol de la bellota y la bellota al caer supone un conjunto de recolectores que forman una comunidad. El acto de recolectar el fruto del ilex, un acto de supervivencia, es también un acto de forjar una comunidad que se reconoce en la capacidad de autosustento”. En conversación con Lalengua, González recupera una lectura remota de Juan Bautista Alberdi sobre aquella metáfora de Vico y emprende la traza de un significante maldito: la justicia. Se detiene en la idea de justicia que presenta Lugones como antesala de los golpes de estado del siglo XX; en la naturaleza performativa de la palabra judicial; en la idea de justicia social; en el contraste entre “justicia icónica” de los medios de comunicación concentrados y el “juicio estético” del cine; en la no-justicia del “mercado”, al que define como “un jurado invisible”, “un poder judicial no declarado y superior a las elecciones o a lo que en Argentina se llama la República”.

-En La hora de la espada, Leopoldo Lugones sostiene que la democracia fracasó y apunta que “el ejército es la última aristocracia, la última posibilidad de organización jerárquica que nos resta entre la disolución demagógica”. ¿Qué idea de justicia hay implícita en el discurso?

Supongamos que sí, que el discurso de Lugones de 1924 expresa un sentimiento que no era tan difuso y que de algún modo pertenecía al eco que había en todo el mundo luego de los acontecimientos italianos de dos años antes, lo que llamaríamos el ascenso del fascismo. La idea del fascismo contiene una crítica a la democracia por la vía de otro tipo de organización social, en este caso la organización corporativa, que se presenta como reunión comunitaria de todos los oficios, con un papel del Estado medio contractualista. La Justicia es una de las corporaciones entre varias. Es un tema fascinante porque la principal apelación del fascismo es también una apelación a las ruinas romanas y a la restauración imperial.

Lugones venía de una posición en la Primer Guerra Mundial que era la posición de los estados democráticos que habían vencido al Kaiser (Guillermo II de Alemania). Tenemos que tener en cuenta ahí la modulación de la conciencia de la vida intelectual argentina, que es, en el caso de Lugones, bastante rápida: en el ciclo de un lustro cambia su perspectiva democrática, incluso liberal, por la idea del mito de las corporaciones. Digo “mito de las corporaciones” porque hay algo que en Lugones siempre permaneció, incluso en el joven Lugones, que es la idea del mito. Por eso el mito es lo que permite la rápida circulación de una conciencia que se estaciona, aparentemente, en una convicción más permanente, se quiebra fácilmente porque hay un estrato anterior a la reflexión de la conciencia, que es el estrato mítico, que permite conservar elementos esenciales de autoridad o de jerarquía en el caso de Lugones. Son elementos en general ligados al fascismo, pero que en Lugones estuvieron siempre ligados a su escritura, incluso cuando era anarquista o socialista-anarquista.

– ¿Qué idea de justicia hay en Lugones?

La espada del Lugones tiene un vínculo con la idea de que es poseedora en su acción – en su movimiento por parte de quien la empuña – de dar veredicto de tipo judicial, pero habría que ver qué tipo de entidad judicial tiene éso. No es un aparato judicial que tiene diversas instancias y forma una red continua e incesante de instancias donde una juzga a la otra. El Poder Judicial son muchos juzgamientos no simultáneos, sino en cadena. Es un aparato complejísimo que se inventó a lo largo de los siglos y sería interesante saber de dónde proviene, seguramente de la reflexión que las sociedades más primitivas hicieron sobre los textos más primitivos: la biblia, el Corán, que son textos de justicia, formas de impartir justicia sobre los conflictos cotidianos, que se ocupan de cómo definir un conflicto y cómo quién los resuelve, de modo tal que el conflicto no arrastre a toda la vida en común. Ahí aparece la idea del soberano, del juez, del príncipe, del sacerdote, del profeta. Esas figuras me parece que están todas indiferenciadas en la idea de que alguien imparte el ius – palabra en latín que hace referencia al derecho objetivo por medio de la acción-. No sé si es una palabra de fácil identificación etimológica.

-La justicia como palabras performativas. 

En ese sentido pertenece a un campo de reflexión como el que hicieron los lingüistas ingleses, como (John Langshaw) Austin y otros, de «hacer cosas con palabras», de modo que cuando habla el juez, cuando habla el abogado, hay una rigidez que está encerrada en la palabra, la cosa que va a proceder. La Justicia es embromada y problemática en ese sentido, porque hurta del lenguaje su gratuidad. Por eso se discute por palabras. Un poco la política hereda eso, por ejemplo, cuando dos grupos que tienen diferencias tienen que hacer un manifiesto común y decidir entre palabras como «emancipación» o «liberación». Las siete noches de Borges puede durar debatir si tiene que ir una u otra, porque cada palabra tiene un valor de justicia. ¿Qué tipo de justicia? La más profunda, la que genera la ilusión de la libertad al sujeto que se asoció a la palabra que correspondía, que se sanciona con el martillazo del rematador o del juez sobre la mesa. Ese martillazo supone un golpe que tiene la función auditiva de sancionar la veracidad, la palabra congelada. Por eso el «será justicia» es algo que los juristas de la tradición liberal democrática pensaron, que efectivamente el golpe de martillo tranquilizaba a la sociedad respecto a que esa instancia que estaba en las sociedades, de algún modo separada, adentro y por encima, era la que sabía cómo era la vida social. Al mismo tiempo se daba a la tarea de emplear el lenguaje de una forma determinativa o petrificada. Se suponía que con ello estaba establecida la justicia, y no se suponía que cada instancia de la justicia reclamaba una anterior y superior que la garantizara.

– ¿Cuál sería el superior último de la justicia?

Así como hay una Corte Suprema, que es la que garantizaría que todas las demás instancias desde el juez de paz hasta la Cámara Federal, con todas las distribuciones distritales, no habría nada más. Ese «nada más» nunca se comprobó que no existiera. Ese «nada más» no sólo son los golpes de estado, es el espíritu decisionista general que está en la política en una forma inherente. También en la teología, que es una forma de justicia porque apela finalmente a la justicia divina; puede justificar guerras y tiene entidades muy poderosas: los dioses o un dios. Tanto el monoteísmo como el politeísmo reclaman una porción de justicia y tratan de suponer o imaginar que hay una distribución de roles entre la justicia divina y la justicia de los hombres, como se dice. Pero se puede mencionar, además, a la “justicia poética”, que s ería una no-justicia y que, sin embargo, en el azar, en la contingencia de las cosas, castiga al que ni los dioses ni los hombres lograron identificar como culpable de nada. Entonces la idea de justicia siempre tiene una instancia superior que alguien va a crear.

En ese sentido, el pensamiento de Carl Schmitt se roza un poco con el de Lugones. Digo un poco porque Lugones antes que nada es un gran escritor, un gran poeta y una especie de personaje sacrificial, es un suicida. En Carl Schmitt está la idea de que hay algo que quebró la justicia en lo que llama el ils Publicum Europaeum, que sería la capacidad de Europa de darse sus propias leyes, así fuera aquella que unifique todos los países como ocurrió y se están disolviendo. El derecho público europeo, aceptando la distinción entre derecho y justicia, distinción que me parece que hace a la obra de (Jaques) Derrida en una forma muy profunda, sería lo que Europa intentaría restaurar y lo que si no se restaura es porque aparecen justamente los triunfos de una no-justicia, que sería la circulación de la mercancía en el marxismo o el triunfo de la economía capitalista en el capitalismo. Por lo tanto, admitiría que sigan funcionando las viejas instituciones democráticas, de la justicia o de la política, y habría un jurado invisible, por encima de ellos, que sería la teoría de valor o de la renta, de la de ganancias, de la de inversión, del ahorro, todas las categorías económicas tendrían un poder judicial no declarado, superior a las elecciones o a lo que en Argentina se llama la República, sin definir claramente qué significaría eso.

“El estado se desdoble en su clandestinidad. A veces es un porcentaje pequeño, a veces, como en la dictadura militar, ocupa todo y es superior al estado visible. Hoy también es superior al estado visible, como se ve en la justicia”.

Horacio González
ex director de la Biblioteca Nacional

“Un banco hay que estudiarlo a la luz de la Corte Suprema y la Corte Suprema a la luz de un banco. Las finanzas a la luz de las comunicaciones y ahí aparece también el modo de justicia que se imparte en los medios de comunicación”.

Horacio González
ex director de la Biblioteca Nacional

-Rastrear el origen de esas palabras sería interesante…

Puede tener que ver con objetos como la espada o con objetos de la vida natural. En Vico hay una interesante observación etimológica. Vico se dedica a pensar que hablar es mover la historia de las palabras. La palabra «ley», que viene del árbol ilex, también del latín, es recogida como como «lex». Ilex es el árbol de la bellota y la bellota al caer supone un conjunto de recolectores que forman una comunidad. El acto de recolectar el fruto del ilex, un acto de supervivencia, es también un acto de forjar una comunidad que se reconoce en la capacidad de autosustento. 

Pensaba llevar el comienzo de la entrevista un poco más atrás debido a razones que son fáciles de explicar: en Argentina el primer tratado de filosofía del derecho, Principios elementales de la filosofía del derecho, lo escribió (Juan Bautista) Alberdi, que leyó a Vico a través de intermediarios. Con la escasa lectura que había en el Buenos Aires de 1830, existió esa lectura de Vico. En su libro sobre el derecho, que Alberdi escribe siendo muy joven, no sólo hay un jefe, (Juan Manuel de) Rosas, al que le hace ciertas críticas del uso de la fuerza militar extrema, pero al que acepta como el lugar en donde se repone la ley. Alguien, encarnado en una persona, tiene que hacer el papel de un Estado imaginario. Así como el Estado puede ser una persona en concreto versus reglamentos, dictámenes, instituciones, edificios, una persona puede ser una forma fantasmal del Estado. Y ahí Alberdi acepta la idea de ilex, del fruto que cae del árbol y de la comunidad que se reúne para sobrevivencia y al mismo tiempo es creadora de ley; éso mantenido como ordenamiento, por alguien que se caracteriza por ser una figura fuerte. Si preside una fuerza, el que la contenga una persona que haga de esa fuerza una conciencia propia para que en ese espejo se mire toda la comunidad y no se disuelva como tal. Para hacer una historia entre creación de sociedad, fuerza militar y justicia en Argentina, sin duda hay que partir de Alberdi. 

– ¿Antes de Alberdi no hay una idea elaborada de justicia?

En los militares de la época, incluyendo a San Martín, a Belgrano o a Mitre, sobre todo, que fue el que más escribió de todos ellos, no sé si hay una idea clara de si la justicia al balancín o, eventualmente, a la espada. Son dos instrumentos contrarios, pero no tan contrarios, porque la espada es rígida, cae a pico en la figura de la justicia, se posa en el suelo y queda a disposición del velo de ignorancia que tendría la justicia respecto a que antes de juzgar no sabe nada a favor de ningún contrincante. Y el balancín haría a las veces de decisión. Me parece que, si tomamos la Justicia como una forma de decisión racionalizada, pensada por la participación de muchas personas que representan a las partes, donde no está el actor real con su propia voz sino el abogado que retoma la voz del actor real de alguien en el cual se deposita la culpa o la responsabilidad, eso quiere decir que la justicia no es más que una literatura fuertemente conceptualizada en conceptos que convierten en actos.

– ¿Cuándo se habla, por ejemplo, del “humor de los mercados” se trata de una forma de juzgamiento del capital financiero internacional?

El llamado «mercado» es una entidad que a través de tráficos diversos – las llamadas cotizaciones en bolsa -, establece una forma de justicia también. Ahí tienen el balancín, los pesos y medidas, y son todos también forma del lenguaje y de la imaginación. No se puede pensar hoy la justicia sin pensar en cómo proceden los mercados: se trata de una forma de justicia despojada del veredicto final del juez, de la apelación, del fiscal o del abogado; están despojadas de la toga, son muy brutales. Al mismo tiempo, tienen refinamientos como, por ejemplo, cuando escuchás a un economista, recuerda al tipo de alegato, porque dicen “subió el dólar”, “subió el riesgo país”, que son todas mediciones hechas por tecnócratas que no sabés dónde están, que pertenecen a bancos. Un banco hay que estudiarlo a la luz de la Corte Suprema y la Corte Suprema a la luz de un banco. Las finanzas a la luz de las comunicaciones y ahí aparece también el modo de justicia que se imparte en los medios de comunicación.

– ¿Qué características tiene la justicia que pretenden impartir los medios de comunicación?

Escalaron una posición superior respecto a la Corte Suprema y lo hicieron con mucha simpleza, siempre a través de las palabras, y cuanto más toscas, mejor. Por ejemplo, el señor miembro de la Corte Suprema de la República, Jorge Lanata: ¿cómo hace justicia? Es una justicia que no tiene aquello de lo que se jactó durante mucho tiempo la justicia: «es lenta, pero llega». Acá es muy rápida. En la Facultad de Derecho, a principios de los noventa – de modo de que no podían prever en qué se convertirían los medios de comunicación -, un grupo muy progresista de abogados fundó la revista No hay derecho (el primer número se publicó en 1990), y aceptaban el tipo de justicia rápida de la televisión. ¿Por qué? Porque la otra justicia era burguesa, estaba llena de intrincados procedimientos que son todos manipulables; no hay nada en la justicia que no sea manipulable porque al ser, como dice John Rawls, algo que coloca un velo sobre el que juzga, ese velo nunca se ha colocado realmente. El que juzga usa la facultad de decir «estoy protegido de cualquier intención personal», pero no hace más que proliferar estas intenciones. Basta ver lo que ocurre hace unos años en Argentina.

-Como contraste al velo, en los medios de comunicación parecería que muchas veces las imágenes funcionan como argumento judicial. 

Es una justicia mediática icónica. Le bastan dos o tres imágenes que pueden ser perfectamente fruto de un montaje o de la isla de edición. La isla de edición es la justicia, la voz de Lanata la completa y al otro día sale en el diario La Nación que se va a investigar tal cosa, y hay un juez que forma parte de la cadena. Por lo tanto, no son los dioses los que están por encima de los jueces, sino ciertas personas que hacen el papel de una teología menor; parte de una pastoral de la televisión llena de moralismos. La idea de corrupción, que es una idea vinculada a la pudrición de la carne, es una idea teológica por excelencia que te lleva al mal, y hace que esto sea una suerte de justicia porque estás impidiendo que haya personas que te lleven al mal, que tienen que ser expulsadas del reino de la ciudad, de la polis. En ese sentido no es sólo Lanata, que lo hace con mucha ductilidad, sabiendo lo que está haciendo, sino los cientos y cientos de movileros que salen de las carreras de periodismo, y muchas veces lo reproducen sin percibirlo.

Los que dicen que no hay República, que no hay ley, todas las carencias que supuestamente corroen la democracia, en gran parte es porque efectivamente pueden hacerse esas preguntas a través de cientos de cámaras que recorren la ciudad. Hay cámaras del Estado, del gobierno, de la policía, de la AFI, del supermercado, hasta del carpintero de la esquina que puso una cámara da seguridad en su comercio, de modo que no hay ningún hecho que no pueda ser atestiguado por el antiguo testigo, heredero del narrador de las épocas más remotas, Heródoto, digamos. El narrador son las cámaras. El enjuiciamiento en vez de recolectar lo que está en el árbol del ilex es la colección de la enorme cantidad de imágenes. Todas las imágenes tienen enjuiciamiento. En el gran cine, en Eisenstein o en Godard, es un enjuiciamiento en el que participa el espectador y se llama juicio estético. En las imágenes de la televisión hay un juicio político que se encarna en el ángulo de la toma, en la edición, en captar una sonrisa diabólica o un peinado frívolo. 

-En el fondo es una discusión sobre el Estado. 

¿Hay un único Estado que viene de Mariano Moreno hasta Macri o el Estado tiene más diferencias y cortes que continuidades? Eso me parece que es un problema interesante porque, evidentemente, el de Moreno no es exactamente un Estado moderno. Es la protogénesis del estado contemporáneo. Si hacemos la historia argentina, incluso si es verdad que Moreno escribió el plan de operaciones, que no lo creo, ahí habría un servicio de inteligencia, alguien que propone acciones clandestinas. Eso hubo siempre. El estado se desdoble en su clandestinidad. A veces es un porcentaje pequeño, a veces, como en la dictadura militar, ocupa todo y es superior al estado visible, y hoy también los actos clandestinos son superiores al estado visible, como se ve en la justicia. 

El discurso de Kirchner en la ex Esma en 2004 plantea exactamente ese problema. Dijo: «pido perdón en nombre del Estado». ¿De qué Estado hablaba? Si el Estado del que hablaba era la continuidad, entonces se podía decir que el perdón se justificaba porque él se sentía parte de la historia única del Estado argentino, pero dividido en responsabilidades. Sólo pide perdón en nombre del Estado alguien que piensa que el Estado tiene ciertas continuidades. Lo que lo discontinúa es el modo en que se comportaban los militares. La otra posibilidad es refundar un Estado, que sea otro, y que haya una conciencia pública, cívica, jurídica, que es la refundación de la política. Es otro Estado que nada tiene que ver con el estado terrorista. La frase de Kirchner es muy interesante porque es una frase que no cualquiera hubiera dicho – también retiró cuadros ese día – en nombre del Estado, es decir, en nombre de la historia del Estado, no en nombre de ese Estado. En nombre de todos los Estados posibles condenaba a una de las formas del Estado que había usurpado poderes, extremado conductas de violencia y sumergido a toda la vida pública en un estado de violencia, que era un Estado de justicia clandestina. ¿Quién tomaba el papel de la justicia ahí? Existía la justicia civil, existían jueces que se declaraban o no incompetentes para tal o cual caso, había tribunales que examinaban los hábeas corpus. Existía la justicia formal del Estado y la justicia de los campos de concentración. La expresión de Kirchner «pido perdón», es una expresión religiosa porque no podía usar una expresión jurídica, tenía que ser una expresión superior a la vida del Estado que pidiera perdón desde un Estado por lo que hizo ese otro Estado clandestino, que al mismo tiempo forman parte de una historia común, pero tan enormemente compleja que admite la severidad y la importancia de ese acto que hizo Kirchner.

“Cuando habla el juez, cuando habla el abogado, hay una rigidez que está encerrada en la palabra, la cosa que va a proceder. La Justicia es embromada y problemática en ese sentido, porque hurta del lenguaje su gratuidad”.

Horacio González
ex director de la Biblioteca Nacional

– ¿Y la idea de justicia social?

La justicia social es una gran metáfora del peronismo – no sé si es un invento del peronismo – en el sentido de que la justicia burguesa, la justicia del Capital que la marcha peronista condena, es una justicia que no tiene en cuenta a las clases sociales. Mentirosamente, porque en el inconsciente judicial siempre es más culpable el pobre, el negro, la mujer, el indio y, sin embargo, actúa postulándose como si juzgara sobre valores autónomos, equivalencias, investigaciones con neutralidad valorativa, y después emite su palabra sin contaminación, sin ningún interés particular. Es universalista, es kantiana. El peronismo le agrega justicia social en el sentido de que tiene que haber algo más, que es la lucha social que lleva, según las épocas del peronismo, a que la renta fuera más hacia el lado de los trabajadores o cuando volvió en los setenta al “fifty-fifty”, un equilibrio entre los trabajadores y empresarios con el llamado «pacto social», en dos partes igualitarias. La justicia social sería una suerte de justicia colectiva que encarnaría un Estado de carácter democrático no-judicial, pero que también hace de la cuestión social algo judiciable en favor de la clase trabajadora, de «mis grasitas”, de los más desvalidos.