LALENGUA

"LA INESTABILIDAD NO ES UNA DISFUNCIÓN DEL CAPITALISMO: ES EL OBJETIVO MISMO"

Entrevista al psicoanalísta Marcelo Barros en la que analiza la mutación constante del capitalismo y del trabajo, la creciente agresividad vinculada al narcisismo, y el imperativo a la felicidad.

Por Pilar Molina y Emiliano Montelongo | Fotos: Melisa Molina

Marcelo Barros es psicoanalista, miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL), autor de diversos libros y profesor de la materia Psicopatología en la Universidad de Buenos Aires. En conversación con Lalengua brindó una singular perspectiva acerca de los efectos en la subjetividad que pueden causar la incertidumbre laboral, las nuevas modalidades de trabajo y el imperativo al consumo. En una despojada conversación donde se enlazaron el psicoanálisis y la política, Barros reflexionó, además, sobre la necesidad de forjar una idea de trabajo que no esté asociada ni al sacrificio ni al mero afán de lucro: “la palabra trabajo en psicoanálisis tiene un sentido que es distinto al que se le puede dar en la política, en la sociología o en la economía. Juntarnos a pensar es una instancia de trabajo. Yo vincularía principalmente el trabajo al deseo”.

¿Cómo cree que afectan a los sujetos las lógicas que operan detrás de las nuevas modalidades de trabajo?

Hay muchas variables en juego según los ámbitos, las clases sociales, pero en general lo que prima es la pérdida de la idea y del sueño de la estabilidad laboral. Eso ha caído e implica diversas cuestiones, ya que no es lo mismo la inestabilidad laboral en América Latina que en otros países del mundo, aunque uno ve que en países desarrollados también hay conflictos. No son los paraísos que uno pensaba que eran. El mundo capitalista no es un mundo inestable, es un mundo que tiene como deber serlo, lo cual es distinto. La inestabilidad no es una disfunción del capitalismo: es el objetivo mismo.

-¿Considera que esta “inestabilidad buscada” es más propia de la fase neoliberal o es fundante dentro del modo de producción capitalista?

Es fundante desde el inicio. Hay ciertos sectores críticos que tienen una imagen del capitalismo muy ingenua. Por ejemplo hay quienes confunden capitalismo con patriarcado. Cometiendo esos errores la batalla está perdida. Hay sectores críticos que no tienen mucha idea de aquello a lo que nos enfrentamos. En 1848 Karl Marx afirmó que el capitalismo era una gran fuerza revolucionaria y un nuevo paradigma de poder; una forma de poder totalmente distinta de todas las anteriores, porque  todas las anteriores siempre fueron conservadoras. El capitalismo exige el cambio, la novedad, la renovación incesante de los medios de producción y con ello la renovación incesante de todas las demás estructuras: familiares, sociales, laborales. Esa aceleración radical, que está desde el origen, se plantea como global. En 1848 lo que Marx denominaba “estado de prostitución generalizada” -es decir, que todo se vuelve mercancía- técnicamente no era viable. En aquella época el slogan de estética corporal que hoy aparece por todas partes como «trae el cuerpo que tenés llevate el que querés» era imposible de concretar.

-¿No cree que el neoliberalismo establece un nuevo orden simbólico?

No acuerdo con los colegas que plantean que estamos frente a un nuevo orden simbólico. Sí, estamos frente a un nuevo orden simbólico, pero éste nació a fines del siglo XVIII, a partir de la Revolución Industrial y la Revolución Francesa. Ya en 1776 Adam Smith, padre del liberalismo, publicó La riqueza de las naciones, en donde planteó la famosa metáfora de la mano invisible del mercado. Él afirmaba que la potenciación de las fuerzas del mercado iban a traer una serie de conflictos terribles, que había trabajos que iban a dejar de existir, gente que se iba a quedar sin empleo, veía que todo se iba a ver trastocado. Esto forma parte del sistema desde su origen. A partir de aquello surgió entonces la tentación de que el Estado quiera resolver, proteger o intervenir en esos conflictos. A esto él lo consideraba una violencia contra el libre juego del mercado porque esos conflictos, según él, se iban a ir resolviendo solos, por el poder de la mano invisible.

"La idea capitalista de que estamos en el mundo para ser felices es nueva. El sujeto de épocas anteriores de algún modo sabía que había poderes contra los cuales no se podía hacer nada. Y no estoy hablando de la autoridad del rey, del señor feudal o del Papa; estoy hablando de la autoridad de lo real, de la muerte  y la sexualidad".

Marcelo Barros
Psicoanalista

Lo interesante es que allí por primera vez se planteó la idea de un poder acéfalo, un poder sin titular. Michel Foucault acertó en la descripción de este tipo de poder que describe como pos autoritario y pos político, donde no hay alguien tomando decisiones, sino que estamos dentro de una máquina que funciona sola. Otra cosa que dijo fue que teníamos una maximización de derechos, que éramos sujetos cargados de derechos. Pero derecho no es lo mismo que justicia. Los romanos tenían un apotegma que decía summum ius, summa iniuria, es decir, el máximo derecho es la máxima injusticia. Cuando lo único que hay son reglas, no hay más justicia. La justicia supone la autoridad, una autoridad que decide. Acá todo se va rigiendo por reglas y modos «soft». La autoridad es disfuncional al capitalismo. Se muestra en que hoy ya no hacen falta militares para sostener determinado modelo económico y político.

¿Eso haría más difícil rebelarse, al no haber un Otro frente a quien hacerlo?

Por supuesto. Al comienzo de la película de Pino Solanas La hora de los hornos se ven los vietnamitas mirando los aviones en el cielo. En ciertos lugares del mundo es fácil ver dónde están los enemigos. En otros es más difícil. Si el enemigo es la mano invisible del mercado, ¿cómo luchar contra ello? Eso también tiene que ver con lo que desde el psicoanálisis podríamos llamar sociedad pos patriarcal. Hay también toda una discusión sobre la función del padre. Pero según el contexto, hoy se corre el riesgo de hablar de ésto y quedar ubicado en una posición de nostálgico y conservador.

– ¿No cree que existan cambios importantes entre la fase del capitalismo de los estados de bienes y el neoliberalismo?

Siempre hay cambio porque hablamos de que el capitalismo exige una renovación  incesante. Ésto tiene, además, un efecto en la forma en la que vivimos el tiempo. En una de las encíclicas que pronunció Francisco Bergoglio sobre el medio ambiente describió la problemática ecológica y afirmó que ella es también social. Mencionó un fenómeno que él llamó «rapidación». Hay una aceleración del tiempo, cada vez hay menos tiempo; existe una enorme precarización laboral y a la vez una exigencia de que todo tiempo sea productivo. Eso me remite también a lo que Jaques Lacan planteó en el Seminario 16, cuando sostuvo que no había más ocio en la sociedad capitalista: incluso el tiempo de las vacaciones tiene que rendir y está pensado dentro de un circuito de consumo. Se descansa durante 15 días, pero en esos días se tiene que consumir, se tiene que formar parte de la cadena, de ese circuito.

-¿Cree que predomina en la actualidad otro tipo de identificación entre los trabajadores, ya no tanto en relación a una clase subalterna, sino más bien una identificación con las empresas?

Recuerdo el caso de varios analizantes, en general ejecutivos de multinacionales. Es interesante observar cierta feminización del trabajador ligado a la empresa. Pero cuando se menciona la identidad del trabajador hay que recordar que capitalismo cuestiona la identidad, exigiendo la renovación, el cambio, la reconstrucción y conversión en otra cosa constante. Por otra parte, entre psicoanalistas la identidad es algo que está mal visto, es algo disfuncional a la hegemonía de un mercado global, que nos plantea a todos como consumidores. En cierto punto hay un aplanamiento de las diferencias culturales y este es un problema que ha llevado a todo tipo de reivindicación de una identidad cualquiera, del trabajador o una identidad nacional. Esto es visto como algo peligroso, vinculado al fanatismo, al nacionalismo, al fundamentalismo. La palabra identidad en cierto ambiente psicoanalítico es como una mala palabra. Si hablás de identidad te pueden tildar de fascista. El fascismo fue un intento de alternativa al capitalismo monstruoso, es un hijo teratológico del capitalismo o del neoliberalismo. En este momento podemos hablar del movimiento de chalecos amarillos en Francia, quienes están con el frente nacional de Marine Le Pen. Este es  un movimiento que no se sabe para dónde puede ir. Esperemos no sea hacia un camino fascistoide, pero podría pasar.

-¿Qué ocurre en la actualidad con la figura clásica del trabajador, del obrero, del proletario?

El filósofo norteamericano Richard Rorty en los años noventa hizo una crítica de la izquierda cultural.  Dijo que el neoliberalismo arrasa con los trabajadores tradicionales, sobre todo con los trabajadores rudos, los obreros de la construcción, los blue collars, que son los que utilizan el overol azul, esa gente que no tiene estudios universitarios, que siguen utilizando palabras como “negro” o “marica”, esa gente políticamente incorrecta, gente que el mercado y el capital financiero está haciendo pedazos porque los está dejando sin trabajo. Es gente a la que la izquierda cultural les ha soltado la mano. Hoy se plantean los derechos de las mujeres, del negro, pero los derechos del hombre blanco, heterosexual, viril, no. Dice Rorty que nos hemos olvidado de ellos y algún día se van a vengar votando a una figura autoritaria.

El capitalismo deshace estructuras rígidas y monolíticas, lleva a una fragmentación  constante hacia algo supuestamente plural, heterogéneo. Es cierto que hay una serie de cambios civiles positivos, el problema es que a la vez hay una homogeneización formidable a nivel global. Vos viajás, mirás la televisión y son todos los programas iguales: usan las mismas ropas, las diferencias se van anulando. Esa supuesta pluralidad es cosa para discutir. Yo veo más bien un proceso de uniformización no autoritario. No es la uniformización fascistoide. No es lo que en el nazismo  se llamaba la Gleischschaltung sino que hoy cada uno es libre de vestirse como quiera, de hacer lo que quiera, pero se observa un proceso dentro de un sistema donde es un gran problema proponer una alternativa.

– El empresario Andrew Grove en el  libro Solo los paranoides sobreviven habla de la competencia en el ámbito empresarial como un comportamiento paranoico necesario para imponerse en el mercado laboral con la lógica de la meritocracia. ¿Qué manifestaciones ve de esto en la práctica analítica?

Es lo que Freud llama narcisismo.  Es cierto que el sujeto de la modernidad es un sujeto cada vez más narcisista y ésto tiene que ver también con la declinación de la función paterna. Hay un sujeto que es cada vez más paranoide y cada vez más agresivo, lo cual no quiere decir que esa agresividad se traduzca en fenómenos de violencia como los que había antes. Desde ciertas variables podría decirse que nuestra sociedad es una sociedad menos violenta. Por ejemplo, el historiador francés Robert Muchembled hace un recorrido histórico de la violencia en Europa desde el siglo XVI hasta la actualidad y plantea un descenso de ésta. En un sentido es correcto: en el siglo XIX era normal que los hombres estuvieran armados y eso se terminó. A la vez surgieron otros fenómenos como el genocidio, fenómenos de gran condensación de violencia que fueron apareciendo, como la violencia contra la mujer. Y es una paradoja porque el patriarcado es algo que está en baja desde hace siglos. Sin embargo las cifras de la violencia crecen. Desde la primer marcha del Ni Una Menos hasta ahora hay más víctimas aún. Entonces hay algo que no está funcionando; hay una sociedad cada vez más agresiva. Esto señaló Freud: el sujeto interioriza cada vez más estas tendencias agresivas porque el comportamiento violento está mal visto. Hay que ser políticamente correcto, no perturbar al otro, cosa que no está mal, pero aparecen fenómenos paradójicos, porque lo cierto es que el racismo y la segregación no son cosas que estén decreciendo. Existen leyes que igualan al homosexual, a las personas trans, a los negros, a las minorías; existen leyes y derechos pero en la práctica, en la realidad, hay que ver en qué medida existe la tolerancia. Ésto tiene que ver con el narcisismo. El narcisismo no tolera lo Otro, éste es el gran problema.

-¿Hay un creciente narcisismo en este sentido?

Sí, totalmente. La idea capitalista de que estamos en el mundo para ser felices es nueva. El sujeto de épocas anteriores de algún modo sabía que había poderes contra los cuales no se podía hacer nada. Y no estoy hablando de la autoridad del rey, del señor feudal o del Papa; estoy hablando de la autoridad de lo real, de la muerte  y la sexualidad. Estas dos cosas que Freud decía que le hacen agachar la cabeza al yo. Dos cosas que existen: hay muerte y hay sexualidad. Esto se expresaba como el temor a Dios. Pero esto comienza a modificarse. Hay una promesa de que si vos producís, tenés ganada la felicidad. Una cosa es la búsqueda de la felicidad, otra que plantees a la felicidad como un derecho, como una demanda y otra que lo plantees como un imperativo: si no sos feliz en tu vida, sos un fracasado.

-¿Qué opina sobre idea de la “cultura del trabajo” y del trabajo como sacrificio?

La palabra trabajo en psicoanálisis tiene un sentido que es distinto al que se le puede dar en la política, en la sociología o en la economía. Ésto es una instancia de trabajo: juntarnos a pensar es una instancia de trabajo. Si ésto fuese una reunión de amigos donde se están pensando temáticas, sería una instancia de trabajo. El trabajo analítico es una instancia de trabajo. Yo vincularía principalmente el trabajo al deseo. Cuando los padres están angustiados porque ven que el hijo adolescente no hace cosas más que jugar videojuegos o hablar con amigos, en realidad si ese sujeto está interesado por algo, está trabajando. Trabajar es siempre ceder algo, tratar de ir generando y elaborando algo. El objeto de todo trabajo es el duelo y la separación de lo que uno ha sido. El trabajo es de elaboración. Lacan citaba a Tien Gilson, quien decía «la vida es una sucesión de activas y trabajosas separaciones». Podría pensarse que uno se va pariendo muchas veces, es el trabajo de uno mismo. El trabajo no necesariamente tiene que ver con una producción de dinero. Eso es importante, obviamente, pero yo centraría la cuestión en el deseo. Freud dijo «amar y trabajar» y opondría un poco cuando el trabajo y el amor queda del lado del consumo o del goce, porque por más trabajo que el sujeto hace en la oficina, depende del tipo de relación que tenga con ese trabajo. Ese trabajo puede convertirse en una actividad masturbatoria que puede tener un circuito muy complejo, puede parecerse mucho a una socialización, pero es todo lo contrario a ello; te desconecta del otro, de lo otro y de vos mismo, es un embotamiento.

Es bien conocido el lema que dice «al pueblo hay que darle pan y circo», y cuanto menos pan más circo. Hoy en día éso está elevado a la máxima potencia: con pan o sin pan, pero que hay circo no hay dudas, dispositivos estupefacientes de distracción por donde mires, es tremendo. Vuelvo a Marx, quien decía “la religión es el opio de los pueblos”. Hoy vos tenes un opio sin autoridad religiosa. En base a ésto, se puede pensar que es un progreso y en un sentido es cierto, pero también hay una masa uniformizada y adormecida en donde cada vez se hace más difícil despertar

-Mencionó que el trabajo debería estar vinculado al deseo. Pero, ¿cómo opera el capitalismo sobre el deseo?, ¿qué complejidades acarrea este concepto?

Hay una diferencia enorme entre el sujeto de la sociedad liberal y el sujeto tal cual lo plantea el psicoanálisis en relación al deseo. En la sociedad liberal, más allá del poder adquisitivo que tengas, lo que se plantea es que vos entrás al shopping y podés llevarte lo que quieras, que está todo lo que vos deseas. Ahí vemos el deseo planteado como tus ganas y en base a eso tenés mil opciones para elegir, mil sitios en la pantalla del televisor, doscientos canales para elegir. El psicoanálisis viene a plantear que no tenés doscientos canales para elegir, que no tenés tantas opciones, que tu deseo no es infinito, sino que está acotado a ciertas cosas y que por no hacerle caso a eso se paga un precio muy serio.

-Hay, por otro lado, una enorme contradicción entre la “cultura del trabajo” y la producción de renta del capital financiero, en donde el trabajo humano no existe.

El capital financiero es la verdadera encarnación, de eso se trata. Rorty decía que lo que la gente sentía era que los bancos se habían beneficiado y ellos estaban en el fondo de todo. Es lo que pasó acá con el corralito. Acá se salvaron las entidades financieras y se hundió a toda la clase media. Fue la primer vez que el Estado incautó los fondos de la clase media. Y eso no lo hizo ni Hugo Chávez ni Fidel Castro ni Marx. Lo hizo el ministro de Economía Domingo Cavallo, ligado a la ortodoxia neoliberal más furibunda.