LALENGUA
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INNOVACIÓN EN PRECARIZACION

El nuevo paradigma de trabajo, la economía de plataformas, se vincula directamente con la restructuración del capitalismo impulsada durante la década del noventa, la deslocalización del trabajo y los call centers. Las delicadas condiciones socioeconómicas de Argentina garantizaron la entrada de estas modalidades de trabajo luego de la crisis de 2001 y con la actual crisis producto de las políticas económicas del gobierno de Cambiemos. Donde hay explotación, sin embargo, hay resistencia. La Asociación de Personal de Plataformas (APP) plantea una nueva forma de enfrentar al Capital.

Por Agustín Alejandro y Juan Funes | Fotos: Sofía Solari

El pasado 13 de febrero el Juzgado de lo Social 33 de Madrid dictó una sentencia que puede sentar precedente para el mundo del trabajo del siglo XXI: reconoció que un trabajador de Glovo – la empresa de reparto que funciona por medio de una aplicación – era un “falso autónomo”, es decir, que existía una relación laboral con la empresa. Aunque lo determinado por el fallo parezca una obviedad, fue producto de una intensa lucha de los trabajadores y trabajadoras de esta empresa, y de una discusión conceptual igualmente densa, que apunta a la caracterización de la más reciente modalidad de trabajo: la que forma parte de las denominadas economías de plataforma. ¿En qué consiste esta nueva lógica de trabajo?; ¿por qué los trabajadores no son considerados como tales tanto por las empresas como por las regulaciones estatales?; ¿en qué contexto del capitalismo se integran?; ¿funcionan igual estas empresas en los países centrales que en los periféricos?; ¿cuáles son los desafíos del sindicalismo frente a estos nuevos trabajos?; ¿pueden las plataformas ser usadas más allá del mercado?

La investigadora de Conicet especialista en organización del trabajo y flexibilización laboral Andrea del Bono* delineó las respuestas a estas preguntas en conversación con Lalengua. La socióloga hizo su doctorado en la Universidad Complutense de Madrid a fines de la década del noventa y publicó su tesis titulada Trabajo degradado en la era de la información, sobre la tercerización y deslocalización de los call centers de la empresa Telefónica. En 2001 volvió a Argentina, poco tiempo antes del estallido de la crisis y del boom de los call centers, que comenzaron a radicarse en el país por las condiciones ventajosas que encontraban las empresas transnacionales en el delicado contexto socioeconómico: salarios deprimidos, trabajadores capacitados y una alta tasa de desempleo. Después de más de dos décadas investigando sobre las condiciones laborales de los trabajadores de atención al cliente, Del Bono cambió su objeto de estudio por la irrupción del fenómeno de los trabajos de plataformas. Ella ve una continuidad en este proceso: “Así como en los noventa y en los dos mil el neoliberalismo tuvo el imaginario de la globalización y la deslocalización vía call centers como paradigma de trabajo dentro del neoliberalismo, el paradigma actual es el del emprendedorismo, el trabajador freelance, el trabajador libre, el trabajador de sí mismo. La nueva ideología del managment está puesta en el trabajo de la economía colaborativa, que es la forma general que engloba a la economía de plataformas”.

En su libro Capitalismo de plataformas, Nick Srnicek define a las plataformas como “infraestructuras digitales que permiten que dos o más grupos interactúen. De esta manera, se posicionan como intermediarias que reúnen a diferentes usuarios: clientes, anunciantes, proveedores de servicios, productores, distribuidores e incluso objetos físicos”. Es en esta definición en la que se apoyan las empresas como Uber, Rappi o Glovo para desconocer la relación laboral con los trabajadores. Para Del Bono, lo fundamental para entender esta modalidad de trabajo es “la importancia de la aplicación”. “Lo que se logra como gran tendencia y paradigma de la época es que los trabajadores que trabajan para esas aplicaciones sean ‘colaboradores’ o sean ‘socios’, y que no sean considerados, paradójicamente, como trabajadores. A partir de una aplicación se deslaboraliza el espacio productivo; las empresas buscan correrse de la relación laboral y establecer una relación comercial”. El argumento esgrimido por estas firmas es que el “colaborador”, con su auto o su bicicleta, le provee un servicio a la empresa: él decide cuándo trabajar, en qué horarios, cuándo tomarse vacaciones, qué viajes tomar o dejar. De esta forma, se considera a los trabajadores como prestadores autónomos. Pero para Del Bono, otros especialistas, abogados y los propios trabajadores y trabajadoras, se trata una relación laboral encubierta. “Lo que estamos tratando de demostrar – y es lo que determinó la Justicia en España -, es que el medio de producción es la aplicación. No es ni la bicicleta ni el auto. El bien escaso que determina la relación laboral es la aplicación”, aseguró.

Lo que se logra como gran tendencia y paradigma de la época es que los trabajadores que trabajan para esas aplicaciones sean ‘colaboradores’ o sean ‘socios’, y que no sean considerados, paradójicamente, como trabajadores. A partir de una aplicación se deslaboraliza el espacio productivo".

Andrea Del Bono
Investigadora CONICET

La base del derecho laboral indica que para demostrar que existe una relación de dependencia tiene que haber algún tipo de subordinación del trabajador a la empresa. Se debe demostrar que el trabajador obedece órdenes, que la empresa le organiza las tareas y que el trabajador es sancionado cuando no las cumple. Del Bono explicó que si bien “las plataformas al decir que son proveedores de servicios sostienen que no hay ninguna subordinación entre trabajo y capital porque los trabajadores organizan sus propias tareas”, son en realidad “una forma de control que está dada por la caja negra del algoritmo”. El algoritmo recibe y procesa información acerca de cuántas horas trabajó cada persona, cuántos y qué días de la semana, cuáles pedidos o viajes se tomaron, cuáles se rechazaron.

Para ilustrar cómo funciona el algoritmo, Del Bono dio el ejemplo de Glovo, que es la empresa en la que está realizando el trabajo de campo: “Glovo organiza sus turnos dos veces a la semana. Abre la oferta de bandas horarias de turnos y al trabajador que no hizo viajes, hizo pocos o no tomó los peores pedidos, le abre la siguiente oferta a las seis de la tarde, cuando quedan las peores bandas horarias. Al que cumplió con todos los viajes, trabajó más horas y más días, en cambio, se le abre la oferta a las tres de la tarde y puede así elegir los mejores turnos”. El modo en que funciona el algoritmo de esta empresa quedó evidenciado cuando en julio de 2018 los repartidores y repartidoras hicieron una huelga. Ese día “el algoritmo promocionaba viajes con el doble de pago durante las horas del paro, que los repartidores lograron registrar con capturas de pantallas de sus celulares. El algoritmo que supuestamente se maneja solo, resolvió éso”, apuntó la investigadora.   

La subordinación entre capital y trabajo está inscrita, entonces, en el algoritmo. Este mecanismo opaco es el que determina las condiciones laborales y moldea un tipo de subjetividad del trabajador: “es lo que genera la competencia entre los trabajadores, lo que los incentiva a que autoorganizarse, a ser empresarios de sí mismos, aunque aún cumpliendo las condiciones impuestas los mantienen peor en la escala, en el ranking para que puedan seguir trabajando”, explicó Del Bono. En Estados Unidos y en Inglaterra los trabajadores de Uber lograron que se desmontara el algoritmo de Uber y confirmaron que “el algoritmo empezaba a descartar a los trabajadores con más de seis meses de antigüedad. Es decir, le dan muy buenas ofertas a los trabajadores al principio, pero al tiempo la reducen, priorizando a los nuevos”, detalló. Esta dinámica apunta, además, a quebrar la organización de los trabajadores. Del Bono pudo visualizar ésto en las entrevistas con trabajadores de Glovo en el marco de su investigación. “Ellos me contaron que en las asambleas los denunciaban situaciones laborales que los trabajadores que recién estaban empezando no vivían. A los más nuevos les llegaban buenos pedidos y buenos horarios”, precisó. Por estos motivos, cree que el principal reclamo de los trabajadores y trabajadoras de plataformas no debe ser la incorporación a las empresas, sino antes la transparencia del algoritmo.

Aunque se trata de una modalidad de trabajo reciente, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) advirtió sobre los riesgos de que esta lógica se expanda. En la publicación titulada “Organizando el trabajo on-demand: representación, voz y negociaciones colectivas en la gig economy (economía de plataformas)”, dentro de la serie condiciones de trabajo y empleo número 94, presentada en 2018, el organismo sostuvo: “El trabajo basado en las plataformas representa una de las más recientes y altamente publicitada tendencia del mercado de trabajo. Atribuído a la creciente demanda de flexibilidad por parte de los empleadores, mayor eficiencia en el mercado de trabajo y, en algunos casos el deseo de mayor flexibilidad en una parte de los trabajadores, el trabajo basado en plataformas es uno de los trabajo no estandarizados facilitado a través de la tecnología y los mercados digitales on-demand. Más allá de su relativamente pequeño tamaño, la gig economy tiene el potencial para rápidamente cambiar la forma en la que el trabajo es organizado y realizado, para alterar el contenido y la calidad de los trabajos y transformar las industrias”.

Una de las características que Srnicek le atribuye a las plataformas es que “en vez de tener que construir un mercado desde cero, una plataforma proporciona la infraestructura básica para mediar entre diferentes grupos. Esta es la clave de su ventaja sobre los modelos de negocios tradicionales en lo que se refiere a datos, ya que una plataforma se posiciona a sí misma entre usuarios, y como el terreno sobre el que tienen lugar sus actividades”. El economista canadiense destaca también como un rasgo fundamental, en relación a su potencial crecimiento, que “las plataformas digitales producen y dependen de ‘efectos de red’: mientras más numerosos sean los usuarios que hacen uso de una plataforma, más valiosa se vuelve esa plataforma”.

Por su parte, Del Bono hizo hincapié en que a las plataformas se las denomina también “economía colaborativa”. Para ella lo que ocurrió fue que se “privatizó la idea de colaboración”, que históricamente fue un concepto vinculado a lo social. “Fue Uber la primera empresa en lanzar la plataforma de ‘colaboración’. Es tan importante la aparición de Uber que hoy se habla de uberización de la economía. Otras empresas como Glovo o Rappi copiaron el modelo de Uber. Es interesante analizarlo como un paradigma más de esta nueva etapa de austeridad económica, políticas de ajuste y crisis del capitalismo, de desigualdad. Cada época tiene su fetiche. Hoy es las economía de plataformas”.

Cuando empezaron los 2000, Del Bono todavía vivía en Madrid y trabajaba en la investigación sobre la reestructuración de Telefónica. A fines de los 90 la empresa española tenía 75 mil trabajadores y se había propuesto reducir la planta a 42 mil. “Las grandes empresas se estaban reestructurando para lo que los sociólogos del trabajo llamamos ‘adelgazar la producción’, que tenía que ver con el contexto de flexibilización laboral, neoliberalismo económico, políticas de austeridad y una conquista de las relaciones laborales que tenían que ver más con el capital financiero que con el capital productivo en el mundo del trabajo en general”, explicó. Otro aspecto que destacó de aquel contexto fue “la irrupción y la aceleración de la transformación tecnológica y las nuevas Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC). Se dio una unidad de factores económicos, sociales, tecnológicos, que a finales de los noventa indicaba que las empresas competitivas y productivas eran las empresas delgadas, mientras antes primaba el modelo de empresa fordista, en donde las empresas con mayor cantidad de trabajadores eran consideradas las más exitosas”.

Fue en ese marco cuando los call centers empezaron a expandirse por distintas partes del mundo, en lo que Del Bono definió como “una lógica productiva de globalización del trabajo, deslocalización del trabajo, que es la misma lógica que hoy vemos en los trabajos de plataformas”. Cuando la socióloga volvió a Argentina en 2001, Telefónica empezaba a contratar jóvenes para los call centers en el país, a través de empresas tercerizadas. Las empresas encontraban en Argentina condiciones extraordinarias para sus fines: “una gran devaluación en 2002, salarios bajos, la altísima desocupación, la cantidad de jóvenes altamente calificados y sin trabajo, muchos de ellos con buen nivel de idiomas. Era tan barato atender desde acá los call centers, que se recargaban desde Argentina las tarjetas de los celulares de las abuelitas madrileñas. Acá pagaban a un trabajador calificado un tercio de lo que le pagaban a un trabajador que no hablaba en inglés en España”.

Basta con repasar algunos índices socioeconómicos para comprender las ventajas que encontraban las empresas en el país. Según los datos de Indec, en 2002 la tasa de desempleo llegó al 21,5 por ciento y el salario mínimo era 55 dólares. A partir de ese año la cantidad de empleados de call centers comenzó a aumentar – llegó casi a 80 mil -, hasta que en 2008 cambió la tendencia. “El aumento de call centers se detuvo y empezó a decrecer porque los salarios fueron aumentando en relación al dólar. Esto ocurrió porque el gobierno kirchnerista impulsaba su aumento y  los sindicatos comenzaron a organizarse. Entonces los call center se fueron a otros países como Colombia, Perú, Panamá, entre otros. Así fue como comenzó a bajar el número de trabajadores de call centers”, recordó Del Bono. En agosto de 2008 el salario mínimo ya era de 393 dólares y la tasa de desempleo se ubicaba en 7,8 por ciento.

La situación socioeconómica del país en la actualidad, al igual que luego de la crisis de 2001, garantiza a las empresas multinacionales un terreno allanado para instalarse con las nuevas modalidades de trabajo: “al igual que en los 2000, cuando entraron los call centers, ahora estamos en una situación de desempleo creciente y en una crisis económica constante. A ésto hay que sumarle que las condiciones para las empresas son claramente mejores en América Latina porque los estados no parecen interesados en regular la utilización de plataformas”. Los índices nuevamente ayudan a entender este contexto: siempre según Indec, mientras que en 2015 el salario mínimo había alcanzado los 601 dólares y la tasa de desempleo rondaba el 7 por ciento, los últimos datos  – de diciembre de 2018, con el dólar a 39 pesos – muestran que el salario mínimo era de 297 dólares y la tasa de desempleo estaba en 9,6 por ciento. En suma, en la franja etaria de entre 18 y 29 años el desempleo es aún mayor: el índice de desocupación es de 17,3 por ciento en varones y 21,5 en mujeres, según la última actualización de Indec de 2018. “Las empresas de plataformas están de nuevo aprovechando esta tendencia: salarios muy bajos, pérdida de empleo y jóvenes con necesidad de trabajar. Se da también el fenómeno de inmigración de jóvenes de Venezuela. Los casos que he observado como tendencia entre los trabajadores de plataformas son de jóvenes poco formados, con pocos estudios y trabajadores migrantes”, afirmó Del Bono.

“Donde hay explotación, hay resistencia, y más aún en un país con la tradición de lucha política y sindical que tiene Argentina”, opinó la socióloga. Del Bono no acepta las posturas que le otorgan al Capital un poder supremo con el empleo de las nuevas tecnologías. Sin embargo, considera que el sindicalismo se encuentra ante un desafío al que tiene que enfrentar con creatividad y herramientas nuevas. Para ella, por ejemplo, en muchos aspectos el Sindicato de Peones de Taxis no planteó bien el debate en relación a la llegada de Uber: “Lo que hubo aquí fue un intento del sindicalismo tradicional de retener el mercado. Lo que hacen estas empresas es aprovechar la ventaja y romper el mercado en pocos meses. Pero la situación es compleja, porque como sindicato no se puede proponer la prohibición y dejar a muchas personas sin su fuente de trabajo. Lo que pasa allí es que hay cierta desadaptación. Los sindicatos tradicionales no llegan a dar una respuesta adecuada, responden con políticas que no implican una solución al problema y empieza a haber resistencia de los trabajadores a perder su fuente de trabajo”.

 

"Donde hay explotación, hay resistencia, y más aún en un país con la tradición de lucha política y sindical que tiene Argentina".

Andrea Del Bono
Investigadora CONICET

En octubre de 2018 la Asociación de Personal de Plataformas (APP) pidió ser inscripta como sindicato ante la Secretaría de Trabajo de la Nación. Se convirtió así en el primer sindicato de plataformas en Argentina y en América Latina. El colectivo de trabajadores y trabajadoras de Glovo, Rappi y Uber se presentó ante la sociedad en las redes sociales con un mensaje claro: “Estamos acá y en todas partes. Queremos seguir trabajando. No nos queremos ir. Queremos que se nos reconozca como lo que somos, personas que se ganan la vida trabajando para una plataforma. Queremos nuestros derechos”. Una de sus consignas fundantes fue “si nos consideran como independientes, que no nos controlen. Si nos controlan, que nos paguen como trabajadores dependientes”. El principal reclamo del sindicato es que las empresas incorporen a los trabajadores y trabajadoras; también piden por condiciones de trabajo seguras y dignas; espacios de descanso – actualmente esperan los pedidos o descansan en la calle, frente a los locales a los que se encargan los pedidos – ; mejora en los pagos y, algo específico de esta modalidad laboral, la transparencia del algoritmo.

Lo que reclama la APP es, en definitiva, la presencia del Estado como regulador y garante de derechos. De ésto se desprende la siguiente pregunta: ¿las plataformas implican necesariamente una forma de trabajo degradada? Para Del Bono el uso de las plataformas puede ser regulado para garantizar trabajo digno y tiene, inclusive, un potencial sentido social. “Tenemos una herramienta espectacular y se pueden utilizar recursos que son de bien común como la red de internet, de fibra óptica, inversión hecha con los aportes de los ciudadanos por medio de impuestos. Estas tecnologías si fueran utilizadas desde la perspectiva de un gobierno de izquierda, progresista o socialista, podrían tener inmensas ventajas, pero hasta ahora solo fueron utilizadas por empresas para maximizar ganancias y disminuir gastos”, sostuvo. La investigadora apuntó que el objetivo de los estados en relación a las plataformas debería ser “encontrarle el valor social y regularlas”, y que muchos países ya lo han planteado: “los países nórdicos, que tienen estados de bienestar bien sólidos, lejos de correrse de la regulación la tomaron en sus manos y decidieron ponerse a la altura del desafío de la época. No solo las regularon fuertemente, sino que desarrollaron sus propios modelos de plataformas desde los estados y ciudades”.

*Andrea Del Bono es Investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) con sede en el Instituto de Ciencias Sociales y Administración (ICSyA), Universidad Arturo Jauretche (UNAJ). Directora del Programa de Estudios del Trabajo y de Análisis Críticos de la Flexibilización Laboral (PET-ICSyA-UNAJ). Profesora de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (FAHCE) de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y de la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ). Profesora de la Maestría en Ciencias Sociales del Trabajo de la UBA y de la Maestría en  Estudios y Relaciones del Trabajo de FLACSO-UMET.