LALENGUA
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"HAY QUE RECUPERAR EL ESTADO AL CALOR DE LA LUCHA COLECTIVA"

El ex ministro de Trabajo de la Nación y actual legislador porteño reflexionó sobre las conquistas y deudas que dejó su gestión entre 2003 y 2015,  y sobre los desafíos del sindicalismo ante el avance de la derecha y las nuevas formas de trabajo.

Por Lalengua | Fotos: Giuliana Scicolone

El despacho de Carlos Tomada en la Legislatura Porteña tiene un ventanal a través del cual se puede ver la Casa Rosada y la Plaza de Mayo casi en su totalidad. En el interior está su escritorio junto a una bandera argentina, un hogar con una foto suya junto a Estela de Carlotto y una biblioteca de la que cuelga el pañuelo verde de la Campaña Nacional por la Legalización del Aborto. En dialogo con Lalengua, Carlos Tomada – ministro de Trabajo, Empleo y Seguridad social durante los 12 años de gobiernos kirchneristas y actualmente jefe del Bloque del Frente para la Victoria (FpV) en la Legislatura porteña – analizó la situación actual del trabajo, los debates en torno a una reforma laboral y la introducción de nuevas propuestas de flexibilización en Argentina y el mundo. “Van a aparecer nuevos trabajos y otros van a desaparecer, pero es fundamental buscar nuevas regulaciones para estos fenómenos. Porque si creemos que no es posible regular estas nuevas formas, estamos diciendo que el futuro del trabajo es conformarse con un trabajo que sea horrible y eso implicaría, también, aceptar que nos toca un futuro horrible”, aseguró. Tomada repasó, además, sus logros y falencias como Ministro, entre las cuales subrayó no haber impulsado con mayor énfasis el cumplimiento del cupo sindical femenino y no haber acelerado la efectivización de los trabajadores estatales que aún no estaban regularizados.  

-En el último tiempo hubo un cambio simbólico en la concepción del trabajador ¿cómo es considerado este sujeto en un gobierno popular y en uno neoliberal?

Nestor Kirchner hablaba mucho de recuperar el autoestima de los trabajadores y de que los argentinos podíamos hacer más cosas, y al mismo tiempo estimulaba las negociaciones colectivas para mejorar el salario. Habia un dinámica discursiva, pero a la vez, una ampliación de derechos muy consistente. Lo que sentía el trabajador era que de a poco podía salir de una situación de pobreza económica, pero también de una infravaloración. Los trabajadores se demostraban a sí mismos que podían mejorar, sin diferenciar demasiado si esa mejora era producto de su esfuerzo o del contexto económico, pero sentían que era valorizados. En cambio, este gobierno nos hace sentir todo el tiempo que “gobiernan a pesar de nosotros”. El lastre que tiene el mejor equipo de los últimos 50 años es que justo les tocó gobernar con los argentinos y las argentinas adentro. Desde el lugar de los trabajadores, creo que se siente una profunda desvalorización, que están de más, y no solo lo sienten sino que se lo demuestran con las medidas que toma el gobierno. En el modelo neoliberal no sobran solamente trabajadores, sobran argentinos y argentinas. Quieren un programa económico exitoso para 20 millones de personas, no para 45.

-Esta nueva concepción del trabajador, ¿cómo repercute en el movimiento obrero organizado?

Este gobierno considera al sindicalismo como su enemigo, ve a los sindicatos como el gran obstáculo para que se instale un nuevo paradigma en la Argentina, y por lo tanto cree que hay que debilitarlos. Eso significa fragmentarlos, cooptarlos, o finalmente reprimirlos. Pero hay un gran error de diagnostico, algunos dirigentes sindicales creen que el problema no es con ellos, pero lo cierto es que el problema es con todos. Durante el periodo de nuestro gobierno las organizaciones sindicales se fortalecieron y tuvieron mayor protagonismo en la vida cotidiana e incluso en su relación con los trabajadores, y hoy eso está en un profundo retroceso.

-¿El sindicalismo accionó adecuadamente ante las medidas que fue tomando este gobierno?

Mitad y mitad. Me sorprendió el nivel de respuesta y la consistencia de la lucha de muchos actores, que pese al ninguneo mediático, estuvieron presentes en las calles casi de manera cotidiana. Pero al mismo tiempo, creo que en algunos sectores hubo un diagnostico equivocado sobre la conciencia colectiva de los trabajadores, que en parte están bastante hartos de lo que está pasando con cierta dirigencia sindical. Hubo una lectura equivocada de esa dirigencia que actuó teniendo como referencia lo que había pasado en otras etapas de derrota del movimiento nacional y popular y la comparó con esta. Pero en las otras etapas el punto de referencia era el peronismo y habían pasado 20 años desde su derrocamiento. En cambio ahora, estábamos hablando de otro momento de bienestar que había pasado hacía tres años.

"Este gobierno considera al sindicalismo como su enemigo, ve a los sindicatos como el gran obstáculo para que se instale un nuevo paradigma en la Argentina, y por lo tanto cree que hay que debilitarlos".

Carlos Tomada
Legislador porteño y ex ministro de Trabajo

-Diferentes autores franceses, como Gilles Deleuze, describen al trabajo en las sociedades actuales como cada vez más gaseoso. El sujeto social ya no sería, por ejemplo, el obrero encerrado en la fábrica sino los jóvenes monotributistas que hacen Home Office. De ser así, ¿qué rol deben cumplir los sindicatos? 

A mi las lecturas sobre “el fin del trabajo” en general me parecen apresuradas y no me parece que sean correctas. Sin lugar a dudas, está habiendo cambios, por ejemplo, hay nuevas tecnologías que van a afectar el empleo. Pero ¿hasta qué punto cambia el trabajo si las zapatillas que usamos aún las hacen en un galpón donde hay 300 mil trabajadores encerrados laburando? Todavía no han lograron la “gaseosidad” de ciertos empleos. Me parece que la individualidad total, o aquello que se tiende a ver como algo inevitable o inexorable, es algo para lo que aún falta. Estamos en tránsito, de eso no hay dudas, pero todavía no lo veo como un fenómeno que tenga solamente una dirección. Quedan terrenos en disputa. Los sindicatos tienen que buscar nuevas formas de representar, pero siguen siendo representantes de lo colectivo. La clase trabajadora tiene que buscar formas de unidad para defenderse porque de a uno se los van a llevar por delante. El mundo del que hablan los franceses no tiene tanto que ver con nuestra realidad. Resulta, por ejemplo, que Glovo, más allá de los límites que le puso el Estado Francés -que es fuerte- funciona individualmente. Pero en Argentina los trabajadores y trabajadoras de plataformas similares, como Rappi armaron un sindicato. Cada pueblo da respuestas diferentes en función de sus tradiciones. Yo sugeriría no apostar efectiva y definitivamente por un sesgo final del trabajo hacia su desaparición o hacia su total individualización, son dos fenómenos presentes y existe el riesgo de que ocurran, pero creo que en el medio “van a pasar cosas”. 

-En definitiva, cree que hay una convivencia de viejas y nuevas formas…

Si, el trabajo está mutando e incluso se está yendo de un país a otro. En el mundo actual está en discusión qué países van a trabajar y cuáles no. Quiero que mi país sea de los que trabajen, no de aquellos en los que desaparezca el trabajo porque eso trae una enorme desorganización social; guerras, migraciones y una serie de fenómenos que me hacen creer que hay que insistir con el laburo. Sobretodo en un país como el nuestro que tiene todo para hacerlo.

-Frente a la incorporación de las nuevas tecnologías en el mercado de trabajo, ¿cómo debería actuar el Estado? 

Siempre tiene que intervenir. El Estado en Latinoamérica ha cumplido claramente un rol de recuperación de derechos. Se trata del mismo Estado que se nos quitó cuando hubo gobiernos de derecha. Hay que recuperar el Estado al calor de la lucha colectiva que tiene que tener la capacidad de imponer cambios a favor de los trabajadores. En Europa tiene una connotación diferente, hubo períodos que dejaron implantada la idea de que el Estado es algo que oprime. Van a aparecer nuevos trabajos y hay otros que van a desaparecer, pero es fundamental buscar nuevas regulaciones para estos fenómenos. Porque si creemos que no es posible regular estas nuevas formas, estamos diciendo que el futuro del trabajo es conformarse con un trabajo horrible, y eso implicaría aceptar que nos toca un futuro horrible. Yo no quiero eso para mis nietos.

 

-Y más allá de las regulaciones del Estado, ¿cuál sería el rol de los sindicatos?

Los sindicatos tienen que tener la capacidad para intervenir y para no marearse en un contexto muy cambiante. Tienen que cumplir el mismo rol que cumplieron en otras etapas históricas en las que también hubo cambios tecnológicos. No nos olvidemos por ejemplo que hubo un cambio tecnológico muy grande a mediados del siglo pasado. Pero ¿qué sucedía? había gobiernos populares, socialistas, había sindicatos, estaba la Unión Soviética, es decir, había una serie de balances y de contrapesos que hacían que los Estados capitalistas dijeran: “Che pará, vamos despacito, vamos a incorporar la tecnología pero tampoco vamos a tirar trabajadores por la ventana porque sino se nos llena de comunistas el recibidor”. 

 

En referencia a la crisis europea, usted dijo una vez: “Los trabajadores festejan cuando su contrato se renueva por una semana”. Estos contratos temporales ¿tienen relación con formas precarias de contratación en el Estado argentino?

Europa conservó durante todos los años de ajuste un Estado de bienestar muy potente, que había resuelto la vida al 80% de los trabajadores formales, una parte importantísima del total de la población. Eso significaba que los ajustes en Europa se podían hacer con un colchón mayor. En cambio acá, el proceso de recuperación de derechos y del trabajo -después de por lo menos seis años de desocupación sostenida en dos dígitos- se interrumpió sin haber agotado algunas etapas básicas. Para algunas cosas 12 años fueron poco, para otras no y podemos hacer una autocritica. Un ejemplo es el del empleo público. La dirección que tomó el gobierno anterior en general fue buena, porque no hizo como sus antecesores que formaron un Estado paralelo con contratados, sino que regularizó la mayor cantidad de personal en procesos sucesivos. Estos pasaban de ser simples factureros, sin derecho al artículo 9 –personal de planta transitoria-, a tener la totalidad de los derechos –menos el de la estabilidad-, y hacíamos concurso para aquellos que seguían trabajando –no echábamos a nadie-, y a los dos años podíamos incorporarlos. El proceso fue difícil, y no lo podíamos hacer sin concurso porque los sindicatos se oponían, y tenían razón, pero nos demoramos demasiado.

 

-Entonces, ¿hubiese reformado las formas de contratación?

Seguiría con ese plan pero lo hubiera hecho a tambor batiente. En algún punto hubiera pasado por encima algunos obstáculos. La verdad es que no pensé tanto qué hubiera sucedido si nos teníamos que ir de golpe. Pero debería haberlo hecho porque hubiera acelerado los tiempos, sin lugar a dudas.

 

-¿Qué piensa acerca del cambio de Ministerio de Trabajo a Secretaría?

Es la crónica de una muerte anunciada, y a eso hay que sumarle que desde el 3 de diciembre el Ministerio de Trabajo sufrió una nueva degradación, porque dejó de ser Secretaria de Gobierno para ser Secretaría simple. Era evidente que las políticas que se desarrollaron en el ámbito laboral desde diciembre de 2015 terminaban con esa cartera degradada y ausente. Y cuando digo ausente no hablo de un vacío, sino que cuando el Estado se retira gana el mercado y cuando eso pasa gana la desigualdad. En el mundo del trabajo, la desigualdad está inscripta en su propia génesis porque de un lado existe un dueño de los medios de producción y de otro quien solamente tiene su fuerza de trabajo. Eso desequilibra la relación, y si encima el Estado se pone del lado de los empleadores, estamos frente a un enorme problema. 

 

-Pensándolo desde una perspectiva histórica, ¿cambiaria algo de su gestión? ¿Qué modificaría de lo que hizo durante 12 años como Ministro de Trabajo?

Siempre uno tiene muchas cosas para perfeccionar, como recién mencioné lo del empleo público. Es fácil hablar con el diario del lunes, pero viendo lo que después sucedió, hubiese buscado dejar mayores estabilizadores. La negociación colectiva fue algo positivo que dejamos. La están maltratando y se la quieren sacar de encima, pero no pueden tan fácilmente. En estos tres años, la negociación colectiva sirvió para que el salario por lo menos mirara de cerca a los precios y si no existiera, los aumentos de salarios hubiesen sido por decreto y la pérdida de salario tres veces mayor. Con los docentes, por ejemplo, como no pudieron ordenar el conflicto, tuvieron que sacar la actualización salarial por decreto. Pero el Consejo de Salario Mínimo, ámbito tripartito, no se animaron a liquidarlo. En retrospectiva, creo que como Ministro hubiese dejado más cosas de ese estilo, para que al menos tardaran más en destruir todo.

-¿En qué otras cosas se pudieron hacer aportes?

Se habla mucho de la pesada herencia pero en realidad la herencia fue el desendeudamiento y el activo social. Lo primero es lo que le permitió a este gobierno endeudarse. Les vino fenómeno. También dejamos un activo social muy grande: una desocupación del 6% con salarios a la par o por arriba de la inflación. La desocupación recién ahora va a llegar a dos dígitos pero con las medidas que tomaron, si no era por la herencia, eso hubiese pasado en el primer año. Mientras que el salario va a haber perdido un 12 o 15%, pero hubiera perdido un 50%. Se comieron el desendeudamiento, lo pasaron de largo y ahora se están terminando el activo social.

-¿Qué opina del Movimiento de mujeres teniendo en cuenta, por ejemplo, que impulsaron el primer paro contra el gobierno de Cambiemos?

Esto tiene que ver con algo que incorporaría y que no hice en su momento. Hay una norma -no es una ley, ni un decreto-  sobre cupo sindical femenino. No hice de eso una bandera, a pesar de que me metí mucho con el tema de género, e impulsé incluso un área social sobre violencia institucional. Hicimos muchas cosas en ese sentido pero ese tema que me hubiera implicado aumentar la tensión y el vínculo con los sindicatos, -porque tendría que haberlos obligado a que incluyeran más mujeres- creo que no lo hice con el suficiente énfasis. Hoy no tengo ninguna duda que el que venga lo va a tener que hacer. Esto es para aquellos que creen que todo da lo mismo, cualquier tiempo, cualquier lugar; es un ejemplo que da cuenta de cómo la relación de fuerzas va condicionando y marcando las prioridades. Así como hoy tengo sin ningún problema un pañuelo verde colgado en el despacho, si lo hubiese tenido siendo Ministro, seguramente no me hubiese quedado más opción que avanzar. Les hubiese dicho a los sindicalistas: “No muchachos, cueste lo que cueste hay que hacerlo, tienen que cumplir con el cupo sindical femenino”.