LALENGUA

Malena Lenta es licenciada y profesora en Psicología, magister en Psicología Social Comunitaria y militante feminista. Éstas fueron sus respuestas en a entrevista realizada por Lalengua en el marco del debate sobre psicoanálisis y feminismos

-¿Cómo ve al psicoanálisis (desde Freud y Lacan) en relación al feminismo?

La relación entre el psicoanálisis y el feminismo, o mejor dicho los feminismos, es conflictiva aunque también puede ser fecunda cuando desde el psicoanálisis hay apertura a romper con los dogmatismos fundantes. Uno de los aspectos del psicoanálisis (freudiano-lacaniano) más cuestionados por los feminismos es la persistencia del supuesto “enigma de lo femenino” e incluso de “la mujer” y que solo se explica en tanto tal como efecto de ocultamiento de la definición de “la mujer” y/o “lo femenino” en referencia al “varón” o a “lo masculino” como norma, ley o parámetro, aunque fuere en su versión más metafórica.

Con la persistencia de la diferencia anatómica como sustrato más o menos velado del  complejo de Edipo que deviene en paradigma falocéntrico de la posición sexuada, la elección de objeto y la introyección de las reglas básicas de socialización, Freud plantea un destino “normal” para el varón diferente del de la mujer, lo que muestra claramente cómo en la teoría psicoanalítica se naturalizan los roles de género a través de la esencialización biologicista reintroyectada sobre los cuerpos subjetivados. Así, el niño en tanto posee pene asume su posición sexuada a partir del complejo de castración (angustia por amenaza de castración). En contraposición, la niña con su carencia de pene, asume su castración que da surgimiento a la envidia del pene, por lo que desarrollará a su vez, un sentimiento de desvalorización respecto de los varones al mismo tiempo en que la empujará a la búsqueda del falo vía el deseo de un hijo (varón). Y como consecuencia se insta a consolidar el destino de la mujer en la maternidad.

Pero incluso Lacan, que releyó la teoría freudiana en clave discursiva, sostiene la posición de la mujer como un ser subordinado, es decir, como un ser para el Otro. Pues propone que el falo como significante de la falta se presta a representar la diferencia sexual y afirma que la falta fálica de la mujer la convierte en el “beneficio” de ser falo, es decir, ser objeto, ser partenaire o, en definitiva, ser para Otro.

En este marco creo que si hay algo de oscuridad -más que de “enigma”- en el psicoanálisis en cuanto a la sexualidad de las mujeres es el intento de anudar el sintagma mujer=femeneidad=madre. Frente a ello, precisamente los feminismos, en sus diferentes variantes, se ha caracterizado por desmitificar la supuesta correlación entre destino, feminidad normal y maternidad, entre deseo femenino y maternidad, entre cuerpo femenino y maternidad, entre identidad femenina y maternidad. Pero sobre todo, los feminismos han puesto en cuestión el esencialismo femenino como sustrato de la(s) mujer(es) que busca constituirla(s) subjetivamente como ser de otro y a partir del Otro. Lo que podemos visibilizar con fuerza es que estas categorizaciones psicoanalíticas, si no se cuestionan, no hacen más que operar performativamente produciendo mujeres-objetos y reduciendo los deseos de las mujeres al monolítico y patriarcal deseo de un hijo.

-¿Cree que el psicoanálisis es heteronormativo y/o patriarcal?

El énfasis en el complejo de Edipo y la lógica falocéntrica junto con la invisibilización del contexto de producción de la obra freudiana en la sociedad victoriana opera reproduciendo patrones heternormativos y patriarcales de normalización de los sujetos. Lamentablemente, se trata en general de una mirada hegemónica en las clínicas psicoanalíticas que persisten violentamente no solo en el intento de “normalización” de las mujeres que escapan a su “buen destino”, sino que insisten en la psicopatologización de las personas que asumen identidades disidentes o no binarias para las cuales las explicaciones edípicas resultan más que caducas. Lamentablemente se trata de prácticas clínicas, aunque también académicas, que no se permiten interpelar ni por el feminismo ni por el potente agenciamiento de los colectivos LGTBIQ que han puesto al descubierto los mecanismos subalternizantes de la heteronorma patriarcal presentes también en los discursos disciplinares.

-¿Considera que la práctica psicoanalítica tiene potencial emancipador para la mujer? ¿Cree que las teorías psicoanalíticas necesitan ser problematizadas y revisadas desde el feminismo? 

La práctica psicoanalítica podría tener un potencial emancipador para las mujeres y las personas que asumen identidades no binarias en la medida en que se permita ser problematizada por los feminismos y los aportes del movimiento queer. Los roles de género que han sido históricamente construidos en la lógica de familias heterosexuales, heteronormadas y, por lo tanto, patriarcales, a las que el dispositivo del complejo de Edipo refuerza y legitima, designan a los cuerpos sexuados destinos binarios jerarquizado. El destino para las personas con vagina es el de ser mujeres, lo que las ubica replegadas a la esfera privada de las tareas domésticas del cuidado, y el de los varones a estar expulsados al mundo público, a disputar lugares de poder, y volver en forma de proveedores. La posibilidad de construir un deseo desde la autonomía deviene hereje a la mujer, ofensa que la condena a ser quemada, silenciada, torturada, violada y asesinada. Peor destino aun para aquelles que se asumen más allá del binarismo y que ocupan el lugar de lo abyecto, del desecho, de lo que no tendría siquiera lugar de ser considerado.

Sin embargo, a lo largo de la historia muchas feministas desafiantes desde el propio psicoanálisis han producidos importantes críticas y aportes a la teoría que han roto con el dogma edípico cristalizado y el sistema falocéntrico de interpretación binaria del deseo, los destinos y las identidades. Jessica Benjamin, Juliet Michell, Emilce Dio Bleichmar, Mabel Burin, Martha Rosenberg, Ana María Fernández, entre muchas otras han aportado a la desesencialicación de las mujeres a partir de cuestionar la sexualidad normativa edípica, al restituir a las mujeres la condición de sujetas deseantes al mismo tiempo en que habilitan la dislocación de la diferencia sexual como fundamento de la identidad. Sin estas aportaciones, el potencial emancipador del psicoanálisis resulta casi nulo.

-¿Qué opina sobre la postura que sostiene que el movimiento feminista es una «manifestación de masa histérica en busca de un amo», similar al modo en que Lacan calificó las movilizaciones de mayo del 68 en Francia?

Justamente la figura de la mujer histérica -tan “útil” para el psicoanálisis a fines del siglo XIX por todo el material empírico que le aportó a Freud para desarrollar su teoría sobre el inconsciente-, surgió en pleno proceso de la primera gran oleada de las luchas feministas en donde las mujeres obreras y burguesas reclamaron el derecho a ser consideradas iguales, es decir, a ser sujetas políticas emancipadas. Con la figura de la histérica, esta psicopatologización del malestar de las mujeres producto del sometimiento de su cuerpo y sexualidad no fue más que el intento a favor de mantener el status quo de la época, al individualizar el padecimiento. La cura en clave de normalización de la sexualidad implicó reforzamiento de la naturalización las jerarquías patriarcales de género. Si a ello le sumamos la reinterpretación lacaniana del discurso del amo propuesto por Hegel (deseo de reconocimiento) en tanto reconocimiento del deseo a partir del Otro, solo puedo considerar a esta frase francamente como una chicana reaccionaria, que da cuenta de la persistencia de la égida patriarcal escondida en la retórica psicologista de las argumentaciones para denostar la lucha del movimiento feminista que atenta en lo real contra las prerrogativas de género y el orden patriarcal.

Esta frase es parte de los argumentos de los sectores que proponen exaltados el #NadieMenos frente a la demanda de #NiUnaMenos que denuncia los femicidios, es decir, el asesinato de mujeres por el hecho de ser mujeres puesto buscamos visibilizar hasta que extremo somos consideradas objetos-propiedad de Otro. Por supuesto, es sostenida por aquellos que comprenden la pelea por el derecho al aborto como un “mal menor” o “en determinadas circunstancias” porque se resisten a aceptar, junto con los fundamentalistas religiosos, que las mujeres queremos poder decidir sobre nuestras propias vidas y nuestros cuerpos y que nuestro deseo emancipador puede ser elegir no maternar.  Y, desde ya, es parte de los discursos de quienes se exasperan cuando reclamamos nuestros derechos con nuestros cuerpos desnudos, pintadas de colores y cuestionando las prácticas del lenguaje que nos excluyen como sujetes y sujetas políticas.

Lacan pronunció esa frase frente a la gran revolución de unidad obrero estudiantil del mayo Francés de 1968, probablemente como hoy lo haría en la Francia incendiada por los chalecos amarillos o frente a la nueva oleada de luchas feminista. Sucede que toda transformación social implica también la necesidad práxica de crear nuevas categorías de pensamiento, pero quien quiere mantener el orden establecido, ya sea éste capitalista, patriarcal y/o edípico, no tiene otra que esconderse dentro del aula, debajo del diván o repitiendo un dogma.