LALENGUA

Juan Carlos Volnovich es médico y psicoanalista, fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Madres de Plaza de Mayo y fue seleccionado por la Unión de Mujeres de la Argentina para recibir el premio Margarita de Ponce por sus contribuciones a las teorías de género y psicoanálisis. Éstas fueron sus respuestas a Lalengua en el marco del debate sobre psicoanálisis y feminismos

-¿Cómo ve al psicoanálisis (desde Freud y Lacan) en relación al feminismo?

A esa pregunta le agregaría otras: ¿Cómo circulan las teorías del género por las instituciones psicoanalíticas? ¿Cuál es la apertura de la IPA al feminismo contemporáneo desde que ambos (IPA y feminismo) son productos dominantemente anglosajones? ¿Cómo incorpora la AMP la tarea de revisar críticamente los estereotipos patriarcales de los que quedó tributaria la teoría  lacaniana? ¿Qué política pudiera darse el feminismo con la IPA y la AMP? ¿Quién se ha puesto a reflexionar sobre la manera particular que adquiere el sexismo en las instituciones psicoanalíticas; instituciones que han sido fundadas para guardar celosamente y enaltecer la producción del “padre” y que, a la muerte de ellos, pasó a manos de sus hijas (Ana Freud- Judith Lacan) y su yerno?

Para una teoría de la subversión del sujeto, para un proyecto de emancipación que pase por la deconstrucción de las diferencias y las desigualdades entre varones y mujeres, ¿quién aporta más recursos teóricos, Freud o Lacan?

Estos -y, otros-  interrogantes nos van acercando a una sospecha crucial: ¿no será que el edificio conceptual psicoanalítico, reactualizado por el sofisticado discurso  lacaniano, no es otra cosa que un intento de restituir al padre el poder perdido en estas últimas décadas; décadas signadas por enormes cambios en la correlación de fuerzas entre hombres y mujeres que caracteriza al patriarcado?

Para instalar esta cuestión habría que comenzar recordando que Lacan sostiene -con Freud y Levy-Strauss- que la interiorización del tabú al incesto es el acto fundacional de la cultura. De ahí que reclame la intervención de una fuerza externa para intentar desgarrar la poderosa relación que une al niño con su madre.  Esa fuerza, claro está, es el padre. Dicho de esta manera, se supone que nada interno en la madre o en el hijo puede garantizar que se separen. Así, la Ley Paterna es concebida como un dispositivo que viene de afuera, viene del exterior y, al forzar al niño a romper con la simbiosis primordial materna, lo habilita, en Nombre del Padre, a  inscribirse en el Universo Simbólico. Solo que el giro lingüístico de Lacan, hace a las culturas equivalente de La Cultura y encubre, con la estructura y los efectos supuestamente universales y a-históricos de la lógica del lenguaje, la posibilidad de deconstrucción de la cultura y de las relaciones sociales de poder y de dominio que la determinan.

Decía que, para Lacan, esa Ley Paterna es una intervención que viene de afuera, viene del exterior. Es, si se quiere, “real”. Y eso real está ligado al hecho -para nada intrascendente-  de ser cultura masculina, no como efecto del lenguaje, sino como consecuencia de las relaciones del poder ejercido por los hombres sobre las mujeres. De ahí que Freud aparezca como mucho más “realista”  que Lacan, porque Freud no nos pide aceptar que nuestros hijos y nuestras hijas están castrados del mismo modo o en el mismo grado; Freud no sugiere que la lucha edípica y la iniciación en la cultura tiene las mismas consecuencias para niñas y varones.

Es cierto que Freud desvía la cuestión hacia la biología. “Anatomía es destino”, dice; y, al hacerlo, deja bien en claro que en este mundo, en esta cultura patriarcal, no da lo mismo nacer varón o nacer mujer. Freud enmascara  las cuestiones del poder bajo las diferencias anatómicas pero acepta dos circunstancias importantísimas:

A.-que los hombres tienen privilegios que les son quitados a las mujeres -que solo las mujeres están “castradas”- y

B.-que esa diferencia genera un cierto Malestar en la Cultura.   

En cambio, Lacan nos propone aceptar que tanto hombres como mujeres estamos castrados y  así circulamos, no por la cultura, sino por el lenguaje. La clave lingüística del psicoanálisis lacaniano, puede que permita concebir un avance en la decontrucción cultural de la diferencia entre los géneros pero, en realidad,  al reemplazar a la cultura, a su historia, a las relaciones de dominio que en su seno producen malestar, por la lógica universal del lenguaje, impide avanzar en la comprensión de las determinaciones que nos producen mujeres y hombres de tal o cual manera. Porque el caso es que, aunque Lacan afirme que tanto hombres como mujeres carecen de falo y están castrados, las consecuencias de esta carencia  no parecen ser las mismas para unos y para otras.

Tengo la impresión que al cambiar el eje del psicoanálisis -al proponer una teoría estructural del lenguaje y un registro simbólico supuestamente  “neutral” y universalista en reemplazo de una concepción del desarrollo psicosexual de los sujetos- Lacan ayuda poco a develar los orígenes sociales de la construcción del género y omite la génesis de las asimetrías de poder que caracterizan al patriarcado. Esto es: una vez más, con Lacan,  se afirma y oculta el poder del padre: se privilegia su lugar y se protege su dominio.

Por supuesto que no aludo solo al padre real. Por supuesto que la Ley del Padre es una metáfora, un operador estructural, y que no es lo mismo la ausencia del padre en la familia que la ausencia del padre en el Complejo de Edipo. Pero, lo que el psicoanálisis lacaniano no puede pensar, es que quede vacío el lugar de una Ley que ejerce su influencia en todas y en todos, en cada una y en cada uno de nosotras y de nosotros; ley que garantiza nuestra incorporación al universo simbólico que no es otro, claro está, que el universo del lenguaje regido por una lógica universal y a-histórica donde no cuenta la cultura patriarcal ni la historia del dominio masculino.  

Tal vez la afirmación de Jane Flax -“La obra de Lacan no puede contribuir mucho a los nuevos conceptos feministas sobre el género”(Flax, Jane: Psicoanálisis y Feminismo. Pensamientos fragmentarios. Ediciones Cátedra. Valencia. 1990)– sea un tanto taxativa pero, sin embargo, nos permite cuestionar la retórica lacaniana desde un Freud dignificado después de tantas décadas de críticas feministas.

Tal vez lo que aquí expongo pudiera resumirse en un solo interrogante ¿puede el género “trabajar” el psicoanálisis -sea este freudiano o lacaniano- dentro de las instituciones o, inevitablemente, esta será una tarea a realizarse por fuera ya que la doctrina transformada en dogma condena al fracaso cualquier otra iniciativa?

-¿Cree que el psicoanálisis es heteronormativo y/o patriarcal?

Tanto Freud como Lacan son productos de una época. Pero el psicoanálisis –en tanto disciplina científica que tiene al inconsciente como objeto de estudio– es otra cosa. El psicoanálisis dirime las  relaciones del sujeto con el Poder. Entonces, el problema reside en el Otro; en las marcas que ha dejado en el inconsciente la relación con el Otro. Si la constitución del sujeto psíquico se erige sobre la herida que dejó abierta el desamparo original del bebé frente a la mamá o a los adultos responsables de la vida o de la muerte, la situación de extrema indefensión social, no hace otra cosa que reabrir la marca que el Otro grabó en nosotros y, de esta manera, nos predispone a quedar subordinados al Poder. Así, en una sociedad como la nuestra, dominada por un proyecto heteronormativo y patriarcal (entre otras estructuras de dominación y explotación) el discurso del Otro absoluto se inscribe en el inconsciente y frecuentemente se expresa a través de acciones destinadas a la subordinación y la obediencia. También, en la propia teoría psicoanalítica.

-¿Considera que la práctica psicoanalítica tiene potencial emancipador para la mujer?

…Y para los varones, tan prisioneros de una masculinidad normativa como para las mujeres, atrapadas dentro de una femineidad convencional.

El desafío que se abre a las puertas del psicoanálisis, adquiere un valor definitivo porque lo que se juega allí es, justamente, la posibilidad de sostener un espacio de resistencia al desmantelamiento simbólico; una invitación a resistir el arrasamiento subjetivo. Hoy en día, el psicoanálisis cumple con el delicado trabajo de invitar a un sueño, de ilusionar otro universo, de proponer un juego que, desde el seno mismo del torrente mercantil, a la velocidad que los flujos imponen, pueda construir una isla, un mínimo dispositivo simbólico, un acuerdo tan sólido como flexible para, desde allí y con esos recursos, hacerle frente al dolor y al sufrimiento que la adaptación al sistema capitalista y patriarcal no sólo no ha logrado atenuar, sino que  aporta como plus, como malestar en la cultura. Hoy en día, el espacio de la clínica debería estar al servicio de reforzar la esperanza de poder transitar este mundo con valor crítico y poder transformador. En última instancia, a sostener la transferencia. Pero no sólo la transferencia del analizando y la transferencia recíproca del analista, sino la transferencia, siempre asimétrica, de ambos con el psicoanálisis.

Así, la transferencia con el psicoanálisis se presenta como esa tabla salvadora, tabla flotadora que, en parte, resiste al torrente devastador y, de esa manera, autoriza a cada uno, a cada una, a defender su lugar, a registrar y usar los propios recursos, a apropiarse de su talento.

Hace muchos años, ya, Marie Langer intentó responder a un interrogante fundamental: ¿cómo repercute en la construcción de la subjetividad femenina el trabajo invisible que realizan las mujeres?  “La invisibilidad del trabajo marcó a las mujeres los límites de su papel en la sociedad y abonó nuestra ideología patriarcal” escribía Marie Langer. Marie Langer insistía en que la igualdad entre varones y mujeres era una imposibilidad lógica del sistema porqué la explotación de las mujeres era inherente y constitutiva del capitalismo patriarcal. De modo tal que la emancipación de las mujeres descansa en la posibilidad de conseguir la liberación individual y la liberación social como una única y misma cosa.

-¿Cree que las teorías psicoanalíticas necesitan ser problematizadas y revisadas desde el feminismo?

Las teorías psicoanalíticas han sido problematizadas y revisadas desde el feminismo. Pero ese proceso que comenzó hace varias décadas atrás, no ha concluido: está en pleno desarrollo y su futuro parece interminable. El feminismo necesita una teoría acerca de la constitución del aparato psíquico y, hasta ahora, no hay propuesta más sólida y contundente que la aportada por el psicoanálisis.

-¿Qué opina sobre la postura que sostiene que el movimiento feminista es una «manifestación de masa histérica en busca de un amo», similar al modo en que Lacan calificó las movilizaciones de mayo del 68 en Francia?

Preferiría abstenerme de opinar acerca de esa opinión.