LALENGUA

TOTALITARISMOS SIMBÓLICOS

La psicoanalista Nora Merlín habló con Lalengua sobre la bolsonarización de la cultura argentina, la utilización del odio para la construcción política y la forma en que el neoliberalismo se instala como discurso único y natural de la mano de las neurociencias. "Hay un avance del paradigma biológico y un rechazo del sujeto como efecto del discurso, de lo familiar, de lo político, como un sujeto con memoria, con pasado. Intetan anular ese sujeto y reemplazarlo por la anatomía del cerebro. Y la consecuencia más grave de ésto es que se anulan las singularidades", advirtió Merlín.

 Por Marcos Príncipi y Sofía Solari | Fotos: Sofía Solari

“En la actualidad tenemos un sujeto que se autoconsume o se autoexplota. Ya no es como en el capitalismo industrial, donde el capitalista era quien extraía la plusvalía. El neoliberalismo ahora va por toda la subjetividad en su intento de tapar la falta estructural del sujeto con el consumo. El imperativo del goce es consume y consúmete”, reflexionó en diálogo con Lalengua Nora Merlín, psicoanalista y docente de la carrera de Psicología en la Universidad de Buenos Aires (UBA). En su tesis doctoral, Merlín comenzó a trabajar en la articulación entre política y psicoanálisis. Fue durante ese proceso que conoció los textos de Ernesto Laclau, quién luego terminó siendo su director de tesis y más tarde compañero de investigación. La autora de los libros “Populismo y Psicoanálisis” y “La colonización de la subjetividad” profundizó en la presente conversación sobre las identificaciones y las relaciones sociales en el neoliberalismo, ofreció algunas claves para entender el repliegue de las izquierdas en Latinoamérica y los desafíos que tendrá en los próximos años. Según su perspectiva, el neoliberalismo se opone al sujeto, al inconsciente y rechaza el amor, situación ante la cual los y las psicoanalistas no pueden ser neutrales: “Para que el psicoanálisis mantenga su carácter subversivo tiene que tomar posición en la cultura contra el neoliberalismo”.

-El neoliberalismo se presenta como un sistema cerrado y como único sistema posible. Sin embargo siempre hay algo que no logra ser capturado. En base a eso, ¿cómo piensa usted la construcción de una nueva subjetividad?

A fines de los años ochenta Margaret Thatcher dijo que no había salida al neoliberalismo. Al mismo tiempo, Francis Fukuyama pronosticaba «el fin de la historia», luego de la caída del campo socialista. Yo creo que, a pesar de haber tenido nuestra primavera con lo que en Argentina se conoce como la «década ganada», el neoliberalismo ganó la batalla cultural. La izquierda logró ganar los gobiernos pero no la cultura, que es en donde siguen triunfando los valores neoliberales. Ésto me parece que explica la derrota en las últimas elecciones en varios países de América Latina. Mucha gente creyó que sus logros y ascensos sociales se debían al mérito propio. Ésto es en parte cierto y en parte no. Si no hay un estado que acompañe y que tenga sus raíces en los intereses populares, no puede haber ningún tipo de mejora. Sin embargo, estoy segura de que fuimos una piedra en el zapato. La política es ese resto rebelde que no se civiliza o que no logra ser domesticado. O, en términos del psicoanálisis, decimos que no logra ser reprimido. Hay un resto que resiste.

-¿Desde qué lugares se da la batalla por la construcción de subjetividades?

Creo que la batalla política tiene que ser una batalla cultural. No alcanza con ganar los gobiernos. Eso incluye la democratización de la palabra; en otras palabras, ley de medios, porque es una de las maneras para deconstruir identificaciones que están solidificadas. No alcanza con esperar a que la gente «se de cuenta” de la crisis económica que estamos viviendo. No necesariamente la realidad conduce a que la población vote de una manera beneficiosa para ellos. Además, ésto se une a una utilización atroz del discurso del odio. El mal no es solamente el monopolio económico, sino también el simbólico,  el discurso único. Éso lleva a totalitarismos simbólicos y semióticos. Terminan siendo unos pocos los dueños de los diccionarios, de los significados de las palabras.  

-¿Cuál es el problema que generan los totalitarismos simbólicos en la subjetividad?

El problema es que la subjetividad se va colonizando. En este momento, por ejemplo, la cultura argentina se está bolsonorizando. Hay una demanda de mano dura y «justicia por mano propia». Todos los medios están hablando de eso. Y lo importante allí es que una vez que esos discursos se instalan en la subjetividad, hay que darles lugar, hay que tomarlos como una demanda como cualquier otra, a pesar de saber toda la operación que hay detrás de estos discursos.  

-¿Qué significa darle lugar?

Significa darle el lugar que se merece cualquier demanda social. En todo caso, no estaremos a favor de la mano dura, pero no sólo porque somos humanistas, sino porque sabemos que las cosas no se resuelven de ese modo. En un próximo programa de gobierno hay que plantear como tema la corrupción. Si no incluímos esas demandas, quedamos en el bando de los «malos». Si no lo tomamos como un verdadero problema, quedamos del lado de los negadores, porque lo social está pidiendo eso.   

-Otro de los discursos que se instaló es el del emprendedurismo.

Sí. Se habla, por ejemplo, de capital humano, de rendimiento y de cumplir objetivos. El neoliberalismo transforma la subjetividad en una cifra. Las neurociencias están avanzando de una manera espantosa sobre la salud mental y la educación.  Y el problema es que esta ciencia está intentando anular al sujeto. Hay un avance del paradigma biológico y un rechazo del sujeto como efecto del discurso, de lo familiar, de lo político, como un sujeto con memoria, con pasado, con política. Intentan anular ese sujeto y reemplazarlo por la anatomía del cerebro, por la neurofisiología, y transformar así a la subjetividad en un mundo feliz adaptado, homologado a la máquina donde hay un totalitarismo también de la normalidad. La consecuencia más grave de ésto es que se anulan las singularidades.

-¿Cómo afecta esa anulación del sujeto a los lazos sociales?

Si en el neoliberalismo el consumo tapa la falta estructural, ¿qué lugar queda entonces para el amor, si la condición para el amor o para las relaciones sociales es el vacío, la falta estructural? Eso conduce a un individualismo descarnado o a las relaciones virtuales, que no son relaciones carnales. Cambió la forma de la amistad y de la sexualidad. Hay un rechazo del amor, de la política, de la amistad.

-¿Qué lugar queda entonces para el sujeto?

El superyó del sujeto es el mismo que el social: consume. Tenemos un sujeto que se autoconsume o se autoexplota. Ya no es solamente como en el capitalismo industrial donde el capitalista era quien extraía la plusvalía. Ahora van por toda la subjetividad. El imperativo del goce es consume y consúmete.

-¿Cómo piensa la libertad por fuera de la que supone el neoliberalismo, que apunta a una soberanía del consumo?

Desde el psicoanálisis decimos que no hay constitución subjetiva en el individualismo. Nadie se constituye sólo y nadie puede sin el otro.  La libertad siempre está condicionada, pero el neoliberalismo nos hizo creer que la libertad es del Yo, del individuo, y que pasa más o menos por el si querés podés, y eso es una gran estafa. Sabemos que la libertad está condicionada por el inconsciente y por otros determinismos: históricos, sociales, lenguaje, familiares discursivos. 

-Una crítica que le hacían algunos sectores de la izquierda al kirchnerismo era que no puso en duda el sistema neoliberal sino que incluyó a sujetos al mercado de consumo para incluirlos en una distribución de la riqueza más justa.

Sí, es fantástico lo que plantean algunas agrupaciones de izquierda, pero lo que no dicen es cómo salir del capitalismo. Eso es todo un problema y para nosotros también. ¿Cuál es la salida al capitalismo? Creo que los populismos fueron un freno de mano – como decía Walter Benjamin – al neoliberalismo. Por eso creo que ahora los populismos están siendo demonizados en todo el mundo. Los populismos se enmarcaron dentro del capitalismo, pero le pusieron un freno al neoliberalismo, fueron una interrupción. Lo que no le perdonan a los populismos no son las fallas, sino los aciertos. Respecto al consumo, es cierto lo que plantean. En un mundo organizado por ese ideal, como es el neoliberalismo, incluir también es garantizar el derecho al consumo. En algún momento habrá que cuestionar esta categoría, pero por ahora la inclusión también pasa por garantizar ese derecho.

-En Argentina la derecha se presentó como la antítesis del kirchenirsmo, más que como un espacio político con propuestas propias. ¿Cómo cree que funciona el odio en esos procesos?

Yo creo que la metodología es igual en toda Latinoamérica. En Brasil, por ejemplo, lo demonizado en las últimas elecciones fue el Partido de los Trabajadores (PT). Antes utilizaron el significante «corrupción» e impulsaron un golpe de Estado a la entonces presidenta, Dilma Rousseff. Ésto muestra parte del proceso de la posverdad: se instalan significantes y deja de importar la verdad y la mentira; el objetivo es hacer creer determinada cosa. Luego, sobre esos significantes se instalan creencias y se actúa conforme a ellas.  Lo que creo que hay que hacer ahora, pensando más que nada en las desidentificaciones, es hacer un trabajo de memoria colectiva que diga nunca más neoliberalismo. Hay que ampliar la consigna Nunca Más terrorismo de estado, porque el neoliberalismo es esto. Es una nueva forma de totalitarismo y este poder mediático.