LALENGUA

EL HABLA DEL CAPITAL

Entrevista con el psicoanalista y docente de la UBA Marcelo Percia. “Se necesita hablar del terror del capital: intereses de deudas transforman el tiempo en dinero y alambran el porvenir con plazos, vencimientos, pagos. Sin tiempo ni porvenir, sensibilidades estallan en violencias, permanecen inmovilizadas en el miedo, practican indolencias”, dijo a Lalengua.

Por Emiliano Montelongo y Pilar Molina | Imágenes: gentileza Daniel Santoro

A Marcelo Percia lo envuelve, sobre todo, el silencio. Sentado en el sillón de su consultorio ensaya una escucha rigurosa. Prefiere no ser retratado para la entrevista; no considera que los argumentos, las ideas, los pensamientos, deban quedar amarrados a las personas. “Lo interesante sería encontrar la manera de ilustrar argumentaciones”, apunta. Psicoanalista, ensayista y docente regular de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Percia llena cada miércoles por la noche sus teóricos de oídos interesados e inquietos por escuchar su poesía, su prosa. En la sede de Hipólito Irigoyen de la facultad de Psicología dicta la materia Teoría y Técnica de Grupos desde hace más de treinta años. En un intercambio con Lalengua, desplegó algunas reflexiones ante interrogantes que atraviesan la actualidad de la Argentina; el terror del capital; los discursos de autoayuda y la culpa; el “goce del negro”; las estancias en común. Elaboró las respuestas con su particular modo de escritura fragmentada y para nada inocente, tal como lo plantea en su libro Sujeto fabulado I notas (publicado por la editorial La Cebra en 2014): “Lo fragmentario no es pereza que se niega a trabajar en la articulación de lo disperso, sino fascinación y encantamiento por lo que se esparce. Lo fragmentario ofrece también una manera del pensar en común, que practica la momentánea proximidad de lo lejano, la reunión de lo que no se une, de lo que vive desunido”.

-¿Cuáles son las implicancias de las políticas neoliberales implementadas por este gobierno sobre los cuerpos?

Antes que de neoliberalismo prefería hablar de un capitalismo anti-estatal, más financiero que productivo, tardío y declinante, que se encuentra ante la disyuntiva de tener que destruirse a sí mismo o destruir la vida.

Este capitalismo confunde la demasiada vida con excesos que suministra y distribuye para gobernar.

El habla del capital patentiza desmesuras que luego se ofrece para administrar.

Así, normalidades gozan de excesos planificados: una o dos veces por semanas, en una pequeña época del año, en fugaces aventuras, en excepciones diseñadas.

Un intento de administración de demasías se realiza a través de la medicalización.

La medicalización procura transformar asuntos del vivir en patologías que solicitan medicinas.

El poder de la medicalización debilita potencias de soledades aturdidas. Las confina a custodiar pastilleros que publicitan felicidad, voluntad, ánimo, indiferencia, olvido, descanso.

Demasías no enferman: padecen clasificaciones del habla del capital.

Normalidades no saben qué hacer con sensibilidades que no niegan, no dosifican, no disfrazan, no dejan de sentir.

Demasías resisten normalizaciones sin saber que resisten. No encajan en patrones, no ceden ante anestesias disponibles. Alojan intensidades indomesticables.

Demasías no claudican subyugadas ante promesas, esperanzas, seguridades publicitadas por el habla del capital.

Pero, ¿demasías sufren? Sí, cierto, demasías sufren, alojan sufrimientos y crueldades del mundo igual que alojan bellezas que también hieren.

-Sobre la construcción de un “nuevo” Otro  terrorista en Argentina y siguiendo tu crítica a la idea de identidad ¿Cuáles creés que son los peligros que entraña la constitución de esta nueva identidad terrorista en Argentina?

Antes que otra cosa, se necesita hablar del terror del capital: intereses de deudas (que aumentan cada segundo que pasa), transforman el tiempo en dinero y alambran el porvenir con plazos, vencimientos, pagos.

Sin tiempo ni porvenir, sensibilidades estallan en violencias, permanecen inmovilizadas en el miedo, practican indolencias.

Formas de terror se inician con el cerco de identidad que circunda la ficción de la primera persona del plural: nosotros.

El nominativo masculino o femenino de la unidad cooperativa, de la pertenencia referencial, de la celebración de alianzas; al cabo, fabrica espectros que amenazan su seguridad.

Al cabo, la expresión nosotros equivale a un juramento de fidelidad y a una declaración de guerra.

Cada vez que un colectivo, jactancioso de sí, se amuralla en el pronombre de la primera persona del singular, una matanza se vuelve verosímil.

El pronombre latino nos (yo y los que se asocian conmigo) resulta construcción fértil para grandezas morales que designan como contrincante algo que construyen como mal absoluto.

Algún día eso, que todavía se cultiva como identidad, causará pavura.

Si nos distanciamos de la complacencias de grupo que pronuncian con orgullo el nosotros, se podrían ensayar enunciados que nombren momentos solidarios o amorosos que se dan haciéndose.

Convendría tomar precauciones respecto de un nosotros terrorista antes de naturaliza el vosotros terrorista.

Las ideas podrían inspirarse en cosas que sugieren obras de Alexander Calder: sensibilidades sueltas haciendo flotar solidaridades y luchas en común, entreveros de volutas de deseos que no se solidifican como pulsión ni objeto, disparidades que esbozan movimientos (que trazan cercanías y distancias) que no se guían según un pensamiento o una única intensión.

-¿Por qué pensas que algunos sectores de la Argentina odian el “Goce del negro” que Promueve el peronismo? ¿Qué es lo que se odia?

¡Qué difícil pensar en término de goces!

Si goces se diferencian de placeres que cautivan pieles acariciadas y se diferencia de la satisfacción de necesidades como comer, beber, defecar, copular; entonces, se goza sin necesidad.

Se gozan ficciones.

El goce del negro ¿reside en participar del poder de machismos blancos enriquecidos?

Daniel Santoro ensaya, en su obra plástica, el descaro popular del goce del negro.

El habla del capital diagrama y selecciona goces apropiados para cada cual. Algunos pensamientos encuentran en el peronismo la intención de democratizar diferentes formas de goce.

Tal vez el peronismo actuó, en sus disrupciones populares, como fuerza política que trató (como sugiere Alejandro Kaufman) de reducir los daños del goce del capital.

-¿Qué lugar ocupan los discursos de las neurociencias y la autoayuda frente a la injusticia social?

No solo discursos de las neurociencias justifican injusticias.

La autoayuda despunta como empresa unipersonal que propone planes eficaces para ganar amigos, amores, dineros, prestigios.

Detrás de las fachadas del mérito, el habla del capital agita el fantasma de la culpa: si a las soledades les va mal, ello se deberá a que no han hecho lo suficiente.

Autoayudas destellan en tiempos en los que solo cuentan esfuerzos privados. Privados de lo común.

Vivimos épocas de mutaciones: la figura del trabajo deja su lugar a la de emprendimiento. No se trata de vidas que trabajan o que ofrecen su capacidad de trabajar en el mercado capitalista, sino de vidas que emprenden iniciativas inteligentes.

Si la idea de trabajo convoca cooperaciones y acuerdos en común, la de emprendimiento alienta oportunidades individuales y ventajas competitivas.

-La idea de “estancias en común” que presentas en tu libro, ¿podría pensarse como un potencial de resistencia o emancipación frente a la época que puja hacia la disolución,  y fragmentación de vínculos sociales, amorosos?

Estancias en común trata de soltar amarras de la idea de comunidad. También de los automatismos que repiten términos como vínculos, lazos, ligaduras, identidades colectivas.

Estancias en común se presenta como idea anti institucional.

Piensa en sensibilidades hablantes que acontecen como soledades que actúan cercanías y distancias, a la vez.

Soledades desasidas de las formas de propiedad. Indiferentes a las compulsiones posesivas de un sí mismo o un cuerpo propio.

Soledades desinteresadas de gramáticas que reproducen y repiten relaciones de poder.

Modos de estar en común de soledades que resisten sujeciones.

Soledades que planean fugas para no quedar capturadas por algoritmos que descifran vidas o las completan con instrucciones automatizadas.

Estancias en común se interesan por eso que Calder, a propósito de sus obras móviles, concebía no como productos, sino como eventos, como modos de vivir que acontecen haciéndose, sin planes ni controles.

Para poderes que se enseñorean en el planeta la idea de estancias en común resuena como inocencia romántica y pastoril, o como ideal anárquico e irrealizable. A lo sumo como excentricidad estética.

Sin embargo, el enunciado estancias en común se presenta como detección de modos de estar no estandarizados (ni vínculos ni lazos, ni relaciones, ni enlaces, ni alianzas).

Cercanías y distancias no institucionalizadas.

Esas estancias, a veces, se presienten en la amistad; otras (menos) en el amor; en ocasiones, en momentos de lucha y protesta; pocas, muy pocas, en la aulas. Cada tanto, en espacios clínicos.

-En “Sujeto fabulado” hablás de figuras del lenguaje que colonizan vidas. ¿Podrían pensarse estas figuras como significantes que están representando al sujeto para otros significantes?  ¿Cuáles creés que son las figuras del lenguaje que imperan hoy?

Cada época arraiga, en vidas hablantes, figuras que disciplinan sensibilidades. Esas figuras “no están en representación del sujeto”.

Ocupan un lugar sujeto: accionan gramáticas de vida.

En la proposición El rendimiento asegura una buena vida; rendimiento ocupa un lugar sujeto, asegura el de verbo núcleo del predicado y buena vida el de objeto directo.

Se necesitan desarmar automatismos de sentido común que solo asocian la idea de sujeto con la de persona, yo, sí mismo, individuo, inconsciente propio.

Urge vislumbrar figuras que gobiernan vidas.

La cuestión, ahora, reside en interrogar qué figuras impone el habla del capital.

Incluso, cómo esos hábitos incrustados en los sentimientos diseñan imperativos especializados para cada región del planeta, cada dominio nacional, cada clase social, cada construcción de género, cada edad hablante.

Entre innumerables figuras a detectar, conviene atender a la de la posesión. La posesión a cualquier precio.

El habla del capital cautiva vidas contemporáneas con ilusiones de un sí mismo, de un deseo propio, de una libertad individual, de un derecho a la diferencia concebido como privilegio y exclusividad.

Una cosa que el habla del capital adora se reconoce en el sintagma mercado de capitales.

Cuesta concebir algo así para quienes la palabra mercado evoca algarabías de voluntades que concurren con sus cosechas, artesanías, alimentos elaborados, adivinaciones, trucos con cartas.

En la proposición El capital desea capital, sujeto y objeto se aúnan en un solo deseo.