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LO VISIBLE Y LO INVISIBLE EN EL CONFLICTO DE LOS GILETS JAUNES

El aumento del precio de la nafta en Francia anunciado en noviembre del año pasado desató una serie de movilizaciones en todo el país, con la aparición de los gilets jaunes como principales protagonistas. Pero el conflicto tiene múltiples aristas, reclamos y actores que aunque no figuren en la tapa de los diarios como los chalecos amarillos, pueden convertirse en los sujetos políticos más dinámicos del escenario político francés.

Por Martín Mitidieri* | Fotos: gentileza Juan Aranguren

Desde Marsella.

En los últimos meses aparecieron chaquetas amarillas en las pantallas de cada teléfono y computadora que hay en el mundo. Los medios y las redes sociales mostraron en la lucha de los gilets jaunes una forma valerosa de defender los derechos ante el atropello del Estado. Sin embargo, aún en plena ebullición amarilla, el 8 de diciembre en Marsella hubo tres marchas simultáneas y la de los chalecos amarillos fue la menos convocante. Los gilets jaunes son la punta amarilla de un iceberg color café. Es necesario mirar un poco más de cerca el conflicto para ver el alcance de su lucha y las posibilidades de cambiar algo en la política francesa. Lo visible y lo invisible muestran una paradoja: lo que está por debajo – lo invisible – es la fuerza del movimiento y su única posibilidad de volverse emancipadora. El problema es que en cuanto se hace visible, se vuelve estéril.

¿Qué son los gilets jaunes?

Los gilets jaunes nacieron a partir de la propuesta del gobierno de Macron de subir el precio del combustible. Esto creó un rechazo generalizado en la población que veía en el aumento otra de las medidas tendientes a encarecer la vida de los trabajadores. Los medios de comunicación, y en especial BFMTV, realizaron coberturas maratónicas de los hombres con chaquetas amarillas y el mensaje rápidamente se hizo eco en los seis puntos del hexágono. Las manifestaciones se replicaron y se combinaron con otras formas de protesta que tienen como objetivo hacer un “blocaje económico”. El sábado 8 de diciembre, en Marsella, los gilets jaunes celebraban con particular efusividad cuando en algún megáfono resonaba “te vamos a parar el país Macron! Y lo vamos a hacer funcionar cuando queramos!”.

El sujeto gilets jaunes es aún algo bastante difícil de definir. En las numerosas manifestaciones que se realizaron, la gran mayoría eran asalariados, trabajadores mayores de 40 años, que estaban ahí porque no les alcanza para sostener a su familia a pesar de tener un trabajo de tiempo completo. Es decir, un trabajador no calificado, aún teniendo las mejores condiciones contractuales posibles, no puede llegar a fin de mes como le gustaría. André, un gilets jaunes que estaba ahí con su hermano, fue claro en esto: “Nos peleamos para salvar nuestro bistekc al fin del mes. Cuando llegas al 15 de mes, la mayoría de la gente no tiene más nada. No tiene para pagar las facturas, la escuela, la ropa, todo lo que necesitamos. El pueblo no tiene nada. El gobierno tendría que dejarnos recuperar un poco de plata de nuestro salario”. Luego añadió:  “Uno se dice: ¡me tengo que poder pagar la vida con el trabajo! No tenemos más nada. Tengo un CDI (Contrato a Duración Indeterminada). Incluso si gano 1300 euros por mes no me alcanza. Porque todo es caro. La vida se volvió muy cara”.

Los gilets jaunes se caracterizan por diferentes aspectos. Uno de ellos es la heterogeneidad de su base. Si bien el origen del movimiento es de trabajadores asalariados que no les alcanza para subsistir como les gustaría, se sumaron artesanos, trabajadores independientes, pequeños comerciantes y cualquier persona que independientemente de su situación laboral rechaza a la clase política y el encarecimiento de la vida. Otra característica es su autoproclamación de apolíticos. Esto queda explicitado cuando se le pregunta a los manifestantes por las ideas del movimiento; ellos, a modo individual, dicen que son de derecha. Un brasilero, se acercó exaltado y dijo que “no puede ser que este gobierno sea tan autoritario” (refiriéndose a cuando la policía arrodilló a escolares con las manos en la nuca). Después aseguró que él era de derecha pero que “esto es inadmisible”. Ante la pregunta de si en Brasil hubiera votado a Bolsonaro dijo que sí, pero que “esto es distinto”, que “acá no puede ser”.

Una tercera característica es la determinación a actuar con firmeza en el espacio público. Y lo hacen de diversas formas: huelgas, manifestaciones, intervenciones, y cortes de ruta y peajes, bloqueo de las salidas de los depósitos, saqueos a comercios. Los enfrentamientos con la policía, y las distintas reacciones de la policía son una de las cosas más interesantes que deja este movimiento y merecen un análisis aparte. Por otro lado, está el rechazo sostenido a la clase política y a los intentos (sobre todo de parte de la derecha) de acercamiento con líderes políticos. Un último aspecto a destacar, es su expresión clara de consignas vacías. Los gilets jaunes fueron incapaces de presentar hasta la fecha una plataforma de reivindicaciones. Cuando dicen “que se vaya Macron”, no proponen alternativa; cuando dicen “referéndum ya”, no se ponen de acuerdo para qué ni cómo; nacieron diciendo “no al aumento del combustible”, el gobierno dio marcha atrás con la medida y no cesaron en el reclamo.

El historiador y sociólogo francés Gerard Noiriel (para profundizar sobre su postura se puede visitar su blog), en ocasión de la presentación de su libro “La historia popular de Francia”, brindó una conferencia el sábado primero de diciembre en la Biblioteca L´Alcazar de Marsella. La Biblioteca estaba cerrada ese día porque los trabajadores adherían a lo que sucedía en la calle: los gilets jaunes y otros grupos se manifestaban enfrente de la municipalidad. El mismo día, una señora de 80 años murió cuando una granada de gas lacrimógeno de la policía impactó en su rostro mientras cerraba los postigos de su departamento. Una puerta lateral de la Biblioteca nos permitió entrar al salón en el subsuelo, donde Noiriel dio su conferencia. Noiriel se refirió a lo que sucedía en las calles. Dijo que su conferencia era parte de la lucha entre las dos clases que, según él, se enfrentaron en todas las luchas sociales francesas: “dominantes y dominados”. No quiso decir con más claridad a qué se refería con dominantes y dominados, cuando al final algún interesado le preguntó. Sí tomó postura: se alejó del concepto marxista de clase, aunque no de la lucha de clases como motor de la historia. Si se ponía a definir quiénes son los dominantes y los dominados en Francia, los gilets jaunes no hubieran encajado en ninguna categoría, y prefirió ahorrarse la polémica.   

Los gilets jaunes constituyen, entonces, un colectivo heterogéneo, anónimo, apolítico, preocupado por su bolsillo y, sobre todo, muy enojado. Cuando terminan las marchas, en los rincones de las plazas los grupos de izquierda resoplan como caballo inquieto. Es como si durante la marcha sus cuerpos estuvieran ahí, movilizado y conmovidos por la potencia de la protesta, pero adentro suyo el miedo les estrujara el hígado. Jean Pascal, un militante comunista de la organización independiente Camrade Marseille, dijo en su argentino perfecto: “no hay ninguna conciencia en todo esto; aquí falta que venga un caudillo y que toda la gente lo siga. Los gilets jaunes son gente autoritaria y movilizada, que no está representada”. Es un miedo sumamente razonable, dado que Macron fue elegido por ser la opción menos fascista contra la racista, autoritaria y anti-inmigrante Marine Le Pen en las elecciones del 2017. Por otra parte, la opción de izquierda por France Insoumise, Mélenchon, no se pronuncia sobre la situación de los inmigrantes. Esto refleja con claridad cuán derechizado está el discurso político francés. El miedo de Jean Pascal es razonable.

Los gilets jaunes son una fracción muy pequeña de quienes marchan,y también de quienes se ponen los chalecos. La masividad de la protesta, la adhesión de tantos se explica por tres factores comunes: El económico: el poder adquisitivo de los trabajadores no es suficiente para mantener o alcanzar los niveles de vida deseados. Paralelamente hay un enojo generalizado que nació de una percepción mayor de la distancia entre la clase media y los ricos. El político: hay un extrañamiento total con la clase política, en el marco de una crisis de representación que lleva décadas. En las elecciones del 2017 se dieron: la tasa de abstención más alta en una segunda vuelta desde que en 1969 se alzó con la presidencia Georges Pompidou; una tasa de participación en la segunda vuelta inferior a la de la primera vuelta (74,56% contra 77,77%), algo que no pasaba desde 1974; y la tasa más alta de votos en blanco desde que se inauguró la Quinta República en 1958. Por último, el factor emocional: la gente salió a las calles muy enojada. Ocupó masivamente el espacio público y se enfrentó a la fuerza pública de forma notable. Es la expresión del desgaste que causó la batería de políticas neoliberales que aplicó Macron, y otros conflictos también empapados de neoliberalismo que se desarrollan más adelante en esta nota.

 

Los gilets jaunes, ¿pueden ser el cambio social?

La respuesta a esta pregunta es simple: no. Las violentas escenas que se vivieron entre manifestantes y fuerzas de seguridad en Francia no indican nada sobre el potencial reformista o revolucionario del colectivo. Todo lo contrario, ante esta suerte de desobediencia civil sin cauce, la respuesta del sistema será canalizar el reclamo satisfaciendo los pedidos de la gente, y comprimir las libertades reforzando el sistema represivo, lo que acabará en un viraje hacia el autoritarismo. Francia no está exenta de la tendencia global hacia el autoritarismo, y no serán los gilets jaunes la excepción a la historia de las revueltas populares en Francia. Con incontadas diferencias pero aún pertinente de observar, la revolución francesa acabó en la figura de Napoleón Bonaparte y las revueltas de 1848 en la de Luis Bonaparte, mientras que en el mayo francés se pactó con los sindicatos para desactivar la revuelta estudiantil, y se canalizó institucionalmente con la continuidad del ala derecha del gaullismo en la figura de Pompidou.

El filósofo greco-francés Cornelius Castoriadis sostenía que el cambio social se da cuando un sector del pueblo resignifica las propias formas del poder ancladas en lo instituido y se convierte en instituyente. En Francia lo que se comparte es un cansancio con determinadas manifestaciones de las formas en que se ejerce el poder. Este elemento aglutinador –el chaleco amarillo, el reclamo salarial- esconde las fisuras de la sociedad y así es como se nutren el autoritarismo como forma de ejercer el poder, y el neoliberalismo como forma de la economía y como valor moral del individuo.

En Francia, y en el mundo globalizado, el potencial instituyente, quien puede crear nuevas representaciones de la realidad en la sociedad, no serán movimientos nacidos de trabajadores con un reclamo salarial, sino de los invisibles de las sociedades modernas: los excluidos abismales. En Marsella se suceden distintos conflictos sociales. El invisible, que viene de las orillas, no es precisamente un canto de sirenas, pero igual los tripulantes se pusieron cera en las orejas. La punta del iceberg es color amarillo, pero bajo el agua es color café.

Desidia y gentrificación en Marsella

El lunes 5 de noviembre a las 9.05 de la mañana, en el barrio de Noailles, pleno centro de Marsella, se derrumbaron los edificios 63, 65 y 67 de la Rue d´Aubagne. El incidente causó la muerte de ocho personas. Dos de los edificios, el 63 y el 67, estaban inhabilitados por el pésimo estado en que se encontraban desde hacía años. Los vecinos se organizaron y varios colectivos empezaron a trabajar juntos para manifestarse por una vivienda digna, recordar a las víctimas, concientizar sobre que se esconde detrás de lo sucedido. El sábado 10 de noviembre, el colectivo 5 de noviembre: Noailles en cólera, organizó la marcha blanca en conmemoración a las víctimas del derrumbe. Una señora de 59 y un niño de 7 años miraban el paso de los manifestantes desde un balcón en el primer piso, hasta que una parte del balcón se cayó. La señora, el niño y una mujer de 24 años resultaron heridos. El edificio, a pesar de que un experto lo determinó en buen estado, fue evacuado. No fue el primero. Desde el 5 de noviembre y hasta el día de hoy se evacuaron a más de 1500 personas que fueron relocalizadas en hoteles, pensiones y edificios en distintos puntos de Marsella, sin saber cuándo podrán volver a sus casas. Para ser más ilustrativos, es como si en el cruce porteño de avenida Callao y Mitre se cayeran tres edificios y evacuaran a 1500 personas de los edificios aledaños.

En Marsella los datos develan la falta de voluntad del gobierno de resolver el tema de la vivienda. En la ciudad hay alrededor de 33 mil departamentos vacíos mientras que son 40 mil las demandas de logements sociaux –viviendas sociales-. El Estado provee viviendas sociales a precios y con requisitos convenientes en relación a lo que un privado puede pedir para acceder a la vivienda, y hay 40 mil casos que todavía no se atendieron.

Marsella es el puerto mediterráneo de Francia. Históricamente fue –y sigue siendo- la puerta que comunica la metrópoli y las colonias francesas de África del Norte y subsaharianas. A partir de la década del ‘60, con los procesos de descolonización, empezó a recibir oleadas masivas de inmigrantes argelinos, marroquíes, tunecinos, senegaleses, chadianos, comorenses y tantos otros, que cambiaron la fisonomía de la ciudad. A muchos los ubicaron en cités –monoblocks de los años sesenta- en los barrios del norte de la ciudad. Muchos otros se instalaron, como pudieron, en barrios del centro: entre otros, el Panier, Belsunce, Saint Charles y Noailles.

Como en muchas otras ciudades europeas, en Marsella se da un proceso de gentrificación, un proceso de transplante poblacional que se da en barrios céntricos para “rehabilitarlo” mediante comercios, bares, restaurantes, centros culturales y nuevas viviendas, quitando a una población pobre e indeseada, y atrayendo a estudiantes, turistas y trabajadores con mayor poder adquisitivo. Es un negocio sumamente rentable para grandes comerciantes, inmobiliarias, los bancos y el Estado.

Los hechos de Noailles son explicables a partir de la gentrificación y la desidia del Estado de hacer caso a la crisis habitacional que vive la ciudad. Un artículo publicado en Le Monde Diplomatique en enero del 2007 (Pensar la ciudad para que los ricos vivan contentos) apunta que la gentrificación es un caso de apartheid residencial y recoge testimonios de grupos de personas que son contratadas para entrar en los departamentos vaciados y romper la canalización de agua, vidrios, puertas y baños para que nadie se aloje ahí. El mencionado artículo repone el siguiente diálogo:

“Y los alojamientos que rompen, son habitables o bien…


- ¡Ah sí! Son palacios, y yo rompo los palacios, ¡usted entiende señor! Eso no me gusta,
pero ¿qué quiere que haga? Nos pagan para hacer eso, 1212 euros bruto (…)”

La gentrificación conoció varios episodios en la historia reciente marsellesa. El enojo y las sucesivas manifestaciones masivas que se dieron a partir de lo de Noailles tuvieron un primer momento menos de un mes antes, el 11 de octubre, cuando la policía ocupó una plaza –la plaine, que está al lado de Noailles-, netamente popular y mítica de la ciudad, para hacerla parte de un paseo para turistas. Marsella recibe más de 400 mil turistas en crucero que pasan unas horas en la ciudad y la municipalidad quiere “poner en valor” los lugares a los que se puede ir a pie desde el viejo puerto. Tras el cordón policial llegaron camiones que amuraron la plaza para empezar los trabajos. La gente se organizó, derribó los muros, tomó la plaza, se hicieron asambleas, y se decidió pasar la noche allí. Al día siguiente la policía los desalojó violentamente. Se sucedieron una serie de asambleas y manifestaciones durante esas tres semanas, hasta que ocurrieron los derrumbes y la bronca tomó nuevas dimensiones. Cuando los chalecos amarillos dejaron de ser mera vestimenta de trabajo, Marsella ya estaba prendida fuego.

El carácter emancipatorio de la lucha

Los pensadores de los estudios decoloniales, las epistemologías del sur y los del grupo modernidad/colonialidad (autores como Fanon, Quijano, Santos, Maldonado Torres, Mignolo, Dussel, Grosfoguel, entre otros), conciben el nacimiento de la modernidad y de la colonialidad como dos hechos necesariamente simultáneos y que definieron dos formas de sociabilidad: la moderna y la colonial. En cualquier ciudad del mundo coexisten las dos formas de sociabilidad. La sociabilidad moderna está habitada por sujetos racionales, humanos y visibles; la sociabilidad colonial está habitada por sujetos considerados salvajes, deshumanizados e invisibles. Ante la infinita diversidad de saberes, justicias y cosmovisiones que hay en el mundo, la modernidad traza una línea abismal que indica qué es lo válido y reconocido, lo visible de las sociedades modernas, al mismo tiempo que soslaya lo no válido ni reconocido, invisibilizándolo. En ambos lados de la línea se generan asimismo exclusiones. Las que se dan en la sociabilidad moderna son exclusiones no abismales, por pertenecer al lado visible de la línea, mientras que las que se dan en la sociabilidad colonial son exclusiones abismales por estar del lado que la línea abismal marca como invisible.

Los gilets jaunes son sujetos excluidos no abismales, mientras que los perjudicados por la gentrificación, son sujetos excluidos abismales. La potencia del movimiento de gilets jaunes –a nivel nacional- reside en la infinidad de conflictos que se dan en el lado invisible de la línea. Es decir, la fuerza de los gilets jaunes reside en que son apoyados por excluidos abismales y no abismales que salen a la calle con tal efusividad por un descontento generado en la sumatoria de conflictos que suceden en el lado no visible de la línea (y por tanto invisibles). Y, sin embargo, lo que se nos muestra es lo que sucede en el lado visible. Para el sociólogo y Director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra (Portugal), Boaventura de Sousa Santos, en las exclusiones no abismales la lucha por la emancipación social es una lucha contra la forma de regulación social, con el objetivo de generar un cambio regulatorio que les convenga más. Es así que se debe entender el carácter y el alcance de la lucha de los gilets jaunes: lo que buscan es que el Estado regule mejor. En cambio, en las exclusiones abismales los sujetos están invisibilizados. La exclusión entonces se gestiona a través de una apropiación violenta de sus vidas y recursos, y la lucha no es por una regulación menos excluyente, sino por liberarse de la regulación social. He ahí la potencia del cambio social en Francia.

En la línea de Santos, es inútil pensar en la lucha de los gilets jaunes como una lucha que vaya a cambiar algo de forma profunda. Reproducirán, en términos de Castoriadis, lo instituido. Es el movimiento de los excluidos abismales el que tiene un potencial instituyente. Mientras el movimiento sea consciente de la línea que divide ambas formas de sociabilidad, podrá hacer repensar y resignificar las representaciones de la realidad con las que vivimos.

 

* Licenciado en Ciencias Políticas de la Universidad de Buenos Aires y maestrando en Clacso